jueves, 29 de noviembre de 2012

Leche condensada


Lo traemos puesto
y corremos pegajosamente
como la leche condensada
que se derrama por el costado
del bote
y nos pringamos las manos
y nos chupamos los dedos
y nos los lavamos luego.

Eran todas las alergias cutáneas
que excusamos diciendo
que nos habían mordido
y la puerta cerrada
porque preparamos una sorpresa
que va a ser espectacular.
Pero de verdad.

Y se hará realidad lo del vaho
en las paredes.
Como ir a las termas
y encontrarlo todo húmedo
y mezclarse con el vapor
y respirar el oxígeno antes
de que otra persona venga a robártelo.

Sobrevivir concursando
y llegar a la meta sin saber muy bien
cual es el premio
y con qué te quedas de la experiencia.
Entonces la vida contemplativa
empieza a parecerte
la mejor de las retiradas.
Ni siquiera pelear por el
trozo más jugoso de carne,
ni el pedazo de tarta más grande.
Ni siquiera todo eso puede compensar
el haber dejado de jugar,
despreocupándote de la liga en la que
te habías metido
por casualidad.

Siempre por casualidad.

Acabas viéndola en la gota
de leche condensada
que se derrama del bote imaginario
que sostienes en la mano.
Ya no te importa el café,
ni las galletas,
ni el tabaco a medio liar.

Lo que quieres es no tener que limpiarte
los dedos,
que, imaginariamente,
saboreas,
como si fuese la primera vez.

Siempre la primera vez.

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.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.