miércoles, 12 de diciembre de 2012

Nacer.



El plan al final era no tener ningún plan.
Abrir los ojos cada mañana
como recién nacidos
con barbas y ojeras,
pero recién salidos del útero materno.
Imagina los ojos de un bebé,
grandes, negros o grises.
Brillantes como ojos de pájaro,
húmedos como si la muerte aun
nos estuviera buscando.

Pasa con los monstruos
que construimos en cada
encuentro.
Ninguno de mis viejos compañeros
de viaje
serán los mismos
ni cabrán en esta nueva maleta
conmigo.
Piensa que ellos quedan a buen recaudo
en el recuerdo,
y esperan en alguna estación
el tren de vuelta a casa
junto con otros viejos monstruos,
que también fueron nuestros.

Se le llama
“La estación de los monstruos”
aunque no da miedo,
solo a veces,
cuando las tripas rugen.
Cada uno de ellos,
más o menos feos,
más o menos guapos,
son el instante preciso
en el que decidiste
sacar lo mejor y lo peor de ti
al mismo tiempo.

Pueden llevar una sonrisa
encima
o pueden estar empapados,
o pueden temblar
o pueden ser del color del atardecer.
Lo importante es recordar
el momento justo
en el que supiste que dentro de ti
había un monstruo
con su nombre
y tus tripas.

Y comer cada día
como si fuésemos pájaros
y desgarrar la carne con
nuestros picos,
naranjas, negros o amarillos,
y hurgar hasta encontrarnos
rodeados de huesos.

El plan era seguir sin plan
y salir volando,
cada mañana
del útero de nuestras madres.
Llenando las paredes de sangre
y vísceras,
siendo el dolor del parto
y la alegría del parto
y siendo el parto.

Con los ojos bien abiertos
dispuestos a no convertirnos
bajo ningún concepto
en nuestros propios monstruos,
ni en la estación,
ni en el tren de vuelta a casa.

Solo enormes críos
con barba y ojeras
que ven el mundo por primera vez
como si no hubiese nada mejor,
nada más real, lúcido y espectacular.

No hay comentarios:


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.