lunes, 30 de diciembre de 2013

El tipo de gente que

-¿Sabes lo que estaría bien ahora?

-¿Qué?

-Fuegos artificiales.

-Sí. Pero ya los han tirado todos.

-Ya. No nos han esperado. Deberían saber que siempre hay que guardar algunos para este tipo de situaciones.

-No iban a esperar por nosotros. Teníamos que haber llegado a tiempo.

-Ya, pero hubiera estado bien. Siempre hacen sentir feliz a la gente.

-Quiero besarte.

-Y luego qué.


-Luego nada.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Náusea.

Eres la náusea,
lo sé porque también eres la calada
después de comer
y el estómago a punto de estallar.
Me he imaginado un millón
de asesinatos
desde que no follo
y no me parece mal,
sobre todo
que la gente muera.
Es una forma triste de naturaleza.

Lo que no quiero,
por culpa de todo esto,
es quedarme con lo primero
que se aproxime a
salvajismo
ilustrado.
Sé que no lo haré,
pero por si acaso,
lo escribo en papeles todo el rato.
No te folles lo que sabes
que no te va a follar a ti,
y no solo hablo de mentes,
por supuesto.

Eres la náusea porque
te necesito fuera,
marchándote por el váter,
estrellándote contra el asfalto,
no sin antes quemarme las entrañas,
el esófago,
los dientes.
Lo sé porque te traía conmigo
en cada borrachera
y
maldita sea,
no podía parar.

Me he convertido,
sin querer,
en la cerveza sin alcohol
que nunca me beberé
porque es como conformarse
con sucedáneos
y la vida,
me dijeron,
debía ser mucho más que eso.
Te escucho en cada canción
porque siempre te imaginaba
bailando conmigo
en mitad del mar,
a medio camino de todo,
literalmente.
Admito,
y no será la primera vez en mi vida,
mucho menos la última,
que te busco,
por supuesto,
para no encontrarte,
pero pareces escurrir
por las húmedas paredes
de esta ciudad.

Me he conformado,
está claro,
y por eso soy la chica buena
que busca en ti cosas malas
con las que poder defenderme
cuando ya no quede nada.
Por eso eres la náusea.
Mí náusea.

Tiraría de ti
con mis dedos
hasta arrancarte de mis tripas,
pero no puedo.
Hace falta estar muy pedo
para no sentir lástima de una misma
en esos momento,
o al menos,
que no te importe demasiado.
Estaba orgullosa
de tragarte cada noche
porque sabía que ibas a aparecer
en cada resaca
y eso me iba a matar.

Es normal que te necesite,
¿sabes?
La poesía siempre necesita
algo de muerte
para vivir
y ahí estabas tú,
impregnando mis dedos
con poemas que jamás escribiría.

Eres la náusea.
El estómago lleno de navidades
inconclusas.
No quiero que se acabe todo este plato
de “amaneceres-que-jamás-veremos-juntas”
pero tampoco puedo hacer más hueco
para el siguiente.
Te tengo como la persona triste
que debe alegrarme el día,
como la tormenta a punto de romperse,
como el sol a las tres de la tarde en mi jardín
un invierno
cualquiera,
pero contigo.
Te tengo como el gemido
antes de corrernos,
un recuerdo intruso
en mitad de un beso,
las canciones que solo encuentro
en mala calidad.

Eres la náusea.
Podrías ser mucho más.
Una enfermedad,
la noche entera vomitando,
esparciendo madrugadas por las baldosas
de mi habitación.
He encontrado varias formas
en los azulejos del baño,
llevo tanto rato esperando a que aparezcas
que creo que me voy a guardar
todas estas palabras
para la próxima resaca.

Tanto rato ya
que
no recuerdo
cómo era,
ni de qué color,
ni a qué sabía,
ni cómo olía,
tu absurdo y escurridizo
recuerdo.

Húmedo como las paredes
de
esta,
nuestra

ciudad.

martes, 17 de diciembre de 2013

Huesos XI

He pasado mucho tiempo creyendo
que el secreto estaba en la piel
que nos cubría
a modo de abrigo casi impermeable,
o en la carne húmeda que nos mojaba
las entrañas.
He pensado en todos nuestros dientes
como la forma más animal que tiene
el ser humano
de luchar:
a veces las sonrisas pueden desgarrar
más que cualquier pelea con osos.
Me había olvidado de todos los huesos
que aun me quedan por coleccionar.
Me empeñé en construir un mundo
de clavículas
y ahora ya no queda nada.

Una vez intenté escribir sobre
la geometría de su cuello.
Cuando me miraba se le formaban triángulos
perfectos en los hombros.
Lo sé porque cada vez que intento superarlo,
aparecen,
tragándoselo todo,
a modo de Triángulos de las Bermudas.
Me acostumbré al “ver pero no tocar”
de sus infinitos escaparates,
que aunque ella no lo crea,
para mí eran los más lujosos de aquella ciudad.

Podía sentir cada uno de sus huesos
cuando me abrazaba
y quedaba escondida entre mis brazos
y entonces yo era la piel que los cubría
y ella era la carne que me empapaba.

No me voy a engañar más:
me duele como lo hacen las articulaciones
cada invierno.
Como si estuvieran saludándonos
para irse de nuevo a la cama.

Intento no pensar que
todo el mundo tiene huesos como
los de ella
porque no sería justo
para ninguna de las dos.
Los he intentado enterrar
muy lejos de mí,
en algún lugar donde no los pueda rescatar
porque sé que este dolor
solo es por el invierno,
y el frío,
y el saludo de antes de irnos a dormir.

He pensado en sus dientes también,
en su forma de arrancar
todo lo malo que nos esté pasando,
y crear de la nada un coma de
apenas 200 milisegundos
en el que de pronto soy feliz.

Lo soy porque ella está sonriente
y sus triángulos de las Bermudas también
parecen estarlo,
y sus hombros me miran,
y a mí me entran ganas de hacer equilibrios
en sus clavículas
y en el resto de su cuerpo también.
Lo soy porque sé que un día existí
en sus rodillas,
y aquello era como llegar a la cima más alta
de la tierra
y oler el silencio.
Olerlo de verdad.

Los he enterrado.
Incluso cuando escribo esto
sé que están lejos de mí,
bajo tierra,
donde no los pueda encontrar.

Ahora pienso
que igual estoy en medio del océano,
en una dimensión desconocida,
que su geometría me ha tragado por completo
y que si sigo buscando huesos
como los suyos
voy a sentirme tan perdida
como la primera vez
que desapareció.

Es verdad.
He estado muchísimo tiempo
buscando pieles con las que abrigarme,
tripas donde anidar esta vez,
sin darme cuenta
de que lo que queda al final de todo,
después del amor,
el sudor,
las lágrimas,
la sangre,
la saliva.
Después de todo eso
lo único que persiste,
durables e inflexibles,
solo son sus huesos.
Sus blancos, pequeños,
largos, fuertes y delgados huesos.
Y no hay nadie que pueda luchar
contra algo así.

Ni siquiera su sonrisa
puede salvarme de esta
pelea de osos
que es tenerla tan dentro
que hasta sea el propio invierno
el que nos saluda y se va a la cama
a dormir.

A mí ya no me quedan más huesos
que rescatar.
Los míos han dejado de hacer música
y los suyos siguen estando lejos.
Muy, muy lejos
de aquella felicidad de la que siempre
intento hablar
y nunca lo consigo.
Hasta que ella aparece
y me engulle
y consigue llevarme a otra dimensión
y entonces
todo deja de existir
durante 200 milisegundos
en los que vuelvo a ser feliz.

Soy feliz.


Solo eso.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Productos químicos

Existe un proceso lento y degenerativo en las relaciones que me hace sentir terriblemente triste, indefensa y en algunas ocasiones, indiferente.
Es como construir un recipiente gigante, llenarlo de agua, gota a gota, y cuando por fin esté lleno, tirar una pastilla efervescente enorme. Hay algunas amistades que son así. Ver cómo una pastilla se deshace lentamente delante de tus narices. Y mientras esto ocurre, tú puedes acercarte el vaso gigante y ver como millones de chispas salpican en tu cara manchando tus gafas con los restos de esa reacción química.
Al principio, el crepitar de dicha reacción parece divertido y te quedas un rato mirando cómo, poco a poco, la pastilla va empequeñeciendo; pero tarda bastante tiempo, así que decides prepararte la cena, ir al baño, ver la tele mientras tanto. Ya casi no eres capaz de escuchar como cientos de burbujas buscan la manera de explotar. Estás tan absorta viendo como comienza a hervir el agua de los espaguetis que te has olvidado de aquel vaso gigante lleno de agua y productos químicos.
Al final, después de cenar, de ducharte o de ver algún programa de televisión, vuelves a la cocina y descubres que ya no hay pastilla, sino un recipiente enorme lleno de agua turbia a causa de los restos del desastre químico que has provocado. Y te lo bebes, cada día un sorbito, suponiendo que eso será suficiente, necesario o útil.
Pero lo cierto es que hubieras preferido atragantarte antes con una píldora, o haber tirado el vaso contra el suelo que ver cómo el tiempo ha conseguido disminuir tantos recuerdos a un concentrado diluido de lo que fue y nunca más será.

Y es triste sobre todo porque cuando te das cuenta ya no puedes hacer nada. Se van acumulando otras cosas que hacer, otras pastillas que asesinar lentamente, y no hay tiempo. Ya no lo hay.


Te lo terminas de beber. Sabe a medicina aunque dudas mucho que te cure de algo. Pones el vaso en el fregadero. Ya lo limpiarás mañana, cuando necesites volver a comprobar de qué clase de personas te encariñas.  

martes, 10 de diciembre de 2013

Equipajes.

Nos hemos olvidado de todo
eso que proclamábamos nuestro,
porque ardía dentro un sentimiento
de pertenencia que no nos gustaba nada,
y nos daba la sensación de ser
como equipaje
en mitad de una cinta transportadora
de un aeropuerto cualquiera.

El destino, casi siempre, daba igual.
Nadie iba a esperarnos allí
donde decidiéramos anidar esta vez.
Saludamos a nuestros vecinos
del edificio de enfrente
pensando en la despedida,
que no sería dolorosa
ni habría lágrimas,
ni saldríamos a la calle
a conocernos por fin
pero nos iba a dar la misma pena
que nuestro penúltimo beso.

Los medios de transporte
no perdonan una despedida,
por muy cruel que sea el amor
que se narre esta vez,
en esta estación de autobuses.

Ellos engullen gente,
se la tragan sin importarles
procedencia o historia.
Todos somos números,
casi siempre impares,
llenos de ropas y vinos y quesos,
provisiones para el invierno.
Será duro, escriben algunos
en sus cristales.
A esa velocidad uno parece no llegar nunca.

Pero llegas.

De nuevo eres el equipaje
número ochenta y nueve,
treinta y dos,
veintisiete.
Te preguntas,
mientras ruedas
por la cinta transportadora,
qué manos te agarrarán esta vez.
Si se equivocarán y te volverán a dejar
donde te encontraron,
o si te llevarán de vuelta a casa,
o si te encerrarán en una habitación
fría y oscura
sin vistas a ningún vecino
del que poder despedirte esta vez.

Otra vez.

Nos hemos olvidado de todo
lo que aprendimos que no debíamos hacer.
Se nos olvidó cerrar las cortinas
las últimas veces que follamos:
mientras yo te quitaba las bragas
tú pensabas en quévergüenzapordios
y a mí me daba tan igual las despedidas
a esas alturas
que casi llego tarde a la nuestra.

Y ya ves.
He tenido que tirar del invierno
para seguir escribiendo.
Que probablemente la culpa no sea
de los medios de transporte,
ni de las estaciones de autobuses,
ni de los aeropuertos,
ni de los taxistas, que qué cabrones,
lo caros que son, joder.

Que probablemente la culpa no sea de nadie,
pero duele igual
y parece como si lo hiciera menos
el señalar a alguien antes
de mirarnos al espejo.

Y admitir
de una puta vez
que me muero por volver
a ser
el equipaje de alguien.
Las provisiones para el invierno.
El trayecto en taxi más cómodo
de la historia.

Admitir por fin,
que me empiezan a gustar los aviones,
ahora que no tengo a nadie por quien
morir.


Aunque solo sea en el intento.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Todo lo contrario.

Para saber que no es amor,
sino otra cosa,
(normalmente peor y más peligrosa),
primero hay que enamorarse.

Es necesario pasar
por todo tipo de situaciones
inverosímiles para darse cuenta
de que el amor debe ser algo distinto
a lo que los poetas escriben,
como justificándose.
Eso que ellos hacen.
Eso que yo hago,
no es más que una estúpida fórmula
para que todo tenga sentido.
Una excusa válida
para convencernos de que lo bonito
es el dolor.

El error.

Si te has enamorado:
enhorabuena,
ya sabes lo que no es el amor.
Si aun no lo has conseguido,
no seré yo quien te advierta.
Considero que pasar por este trance
debe ser una especie de
ritual de iniciación,
por el cual todas las personas
aprenden la diferencia entre
lo que es el amor y lo que no.

Obviamente, no siempre sucede esto.
Muchos nos quedamos absortos
con la idea de que un sentimiento
pueda mover tantas cosas dentro
y preferimos
etiquetar cualquier forma de autodestrucción
dentro del concepto amor,
porque es una manera como otra cualquiera
de no sentirnos como putos subnormales.

Lo entiendo.
Muchos de nosotros necesitamos
esta especie de sucedáneo de mierda
para creer que las cosas tienen sentido.
Aun así, reconozco mi incapacidad
para escribir desde el amor
y no desde lo contrario,
que sería el pasarlo mal,
el recuerdo inevitable de una escena idílica,
el vaso contra el suelo,
las ganas de matar
(sea cual sea la manera que elijas de hacerlo).

Sé que no lo es
porque puedo escribir
sobre mí
desde ese espejo deformado
que todos se empeñan en llamar
amor,
pero que no lo es.
No lo es.
De verdad que no.

De pronto salen a la luz
partes de ti que nunca habías imaginado
tener tan adentro,
y te avergüenzas.
Luego dices conocerte mejor después
de tal y tal historia
y no entiendes
que del amor solo hay que aprender a mejorar,
y no a hacerte íntimo de tus monstruos.

La gente no entiende
que convertirse en la persona
que nadie desea a su lado
no es amor.
Que la culpa es de los poetas
que escriben libros a mujeres
que pudieron ayudarlos a mejorar,
sin entender que muchos de nosotros
lo que necesitamos es el reflejo continuo
de todo lo que tenemos por ganar,
para escribir sobre todo lo que vamos a perder.

Somos unos putos pesimistas,
embaucadores,
ególatras presuntuosos
escupetintas, chupasonrisas.

Nos merecemos las escabechinas
sobre las que escribimos
porque no paramos de enamorarnos
y todo el mundo sabe ya
que eso no es amor,
sino otra cosa,
mucho más fea
y

peligrosa.

martes, 3 de diciembre de 2013

Rojo (piedras)

Dijo rojo. Eligió el rojo.
Lo siguiente que recuerdo: las luces brillaban más en el agua que en las mismas farolas. Pensé en un verano. Saltar de azotea en azotea.
Eligió el color rojo por encima de todos los demás.
Obviamente nunca me atreví a preguntarle por qué. Me había acostumbrado a cerrar el pico más de vez en cuando, sobre todo si la verdadera intención era almacenar información ajena.
No más preguntas, me dijo. Era el segundo día. Casi no recordaba su nombre y ya me había impuesto la primera norma.
La segunda era bailar siempre que sonara música. Bailar hasta morir.
Yo seguía siendo una borracha empedernida. Perdía el ritmo cada tres pasos y resoplaba nerviosa mientras toda aquella gente parecía pasárselo bien.

ROJO, gritó. Elige el rojo tú también, estemos en el mismo equipo.
Yo le dije que aquello era demasiado arrogante para mí. Haz tu propio equipo, no te preocupes por mí. Pero seguía obcecada con la idea de pertenecer al mismo equipo y sin ninguna intención de dar su brazo a torcer. Ven conmigo. Yo te he enseñado a bailar. También puedo enseñarte a disparar.
Tenía dentro de sí un nervio rabioso que mordía e infectaba a quien estuviese cerca. Esta vez me tocó a mí. Me agarraba del brazo, tironeaba por mí mientras seguía intentando convencerme de quedarme con ella, porque por supuesto, era la mejor opción. VEN, TENEMOS EL ROJO, SOMOS EL ROJO.

Cerré los ojos. Partí a correr.
Lo siguiente que recuerdo es estar en el bando contrario. Todos los de mi equipo habían sido acribillados por un rojo furioso y alguien gritaba a lo lejos TE HE DEJADO PARA EL FINAL PORQUE ERES MI PREMIO. Corrí tan rápido como pude. Más de lo que nunca hubiera imaginado poder hacer. Corrí hasta quedar sin aliento. Corrí hasta escapar del juego.

En mi cabeza solo podía ver manchas rojas. Casi sin respiración. Ella eligió la sangre de mis venas porque sabía que no iba a ser capaz de escapar jamás.

Lo siguiente que recuerdo: ahora entiendo a la gente que se tira a los ríos. Malditos suicidas. Ellos también dejaron de pensar en colores. Ahora todo era rojo y daba miedo, y queríamos salir corriendo, y lo único que se nos ocurrió fue saltar.


Adivina de qué color era el salto. El agua. La asfixia. La muerte.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Esto.

No encuentro nada más cruel
que una despedida entre dos desconocidos.
Ellos se miran, sujetan el marco de la puerta,
lo abrazan,
lo estrujan, incluso.
Se apoyan en paredes que son capaces
de tragarles.

Luego intentas que todo sea normal
y besas unos labios que desconoces
como si eso pudiera sustituir
a un beso en el hombro,
círculos con la nariz,
EL PUTO OLOR A BESO
que siempre tengo que explicar
y al que nadie le hace caso.

Menos yo.
Menos mal.

Nada más cruel, en serio
que volver a casa
sabiendo que no regresarás.
Una forma de cavar tu propia tumba
a modo de trinchera.
Una forma de ganar la guerra
cobardemente.
Qué tú lo que querías era
arrancar aquella puerta,
gritarle sobre el dolor y el amor,
que para el caso eran lo mismo
y derruir cualquier ápice de incapacidad
emocional.

Ser otras personas,
en otro tipo de despedidas,
al fin y al cabo.

No haber pensado en que el café
se nos enfriaba sobre la mesa,
que nunca debías poner más de dos
cucharadas de azúcar,
pero no sabías como controlarlo,
y tener la memoria justa
para llegar hasta el punto de inicio
de la cuenta atrás.

El beso.

No encuentro nada más cruel
que decirte que te des por aludida
ahora que hablo de personas desconocidas
que se despiden,
mientras el café se enfría,
la temperatura máxima roza los
cuatro grados,
llegan libros nuevos a la librería,
la gente sigue sin saber caminar
civilizadamente por las aceras,
y nuestro beso-bengala
se ha disparado solo.

Yo siempre sabré cómo llegar.
Sigo cavando mi propia trinchera.
Que por lo menos la guerra haya servido de algo.

Y tú no.
Tú siempre no.

lunes, 25 de noviembre de 2013

24 nov 13

Tú 
eres 
como 
este
frío.

Eres 
como
este
río.

Como
esta
casa.

Tú eres tanto en cuanto 
yo soy.

jueves, 21 de noviembre de 2013

La respuesta correcta

Éramos los que siempre
levantaban la mano en clase
para dar la respuesta equivocada.
Enseñábamos a los demás
con nuestros errores,
aunque ellos siempre
nos pisaban los talones.

Íbamos un par de pasos por delante
de todos
aunque eso no fuera bueno,
sino,
todo lo contrario.

Lo mejor es que nos daba
bastante igual.
Nosotros seguíamos dando
las respuestas equivocadas
porque creo que las de verdad
o bien no existían,
o preferíamos quedárnoslas
para nosotros solos.

Fuimos egoístas hasta el extremo.
Nos sumergíamos en batallas de egos
descuartizados.
Era como vivir siempre en la
enfermería de un campamento de guerra.
Muchos lisiados tirándose almohadas,
a falta de balas o piedras.

No fuimos capaces de curarnos solos
porque allí nadie
tenía las respuestas adecuadas.
Allí, los que no se apellidaban
Inoportunos,
se apellidaban Desterrados
y claro.
Es difícil triunfar en la vida
teniendo mal hasta el DNI.

Tampoco nadie nos dijo
que nos estábamos equivocando
y en ese sentido
reconozco que éramos buenos
investigadores del fallo
como forma de vida.

Las cosas que hacíamos bien
eran todas las que socialmente
estaban mal consideradas,
y aunque merecíamos todas aquellas medallas,
nos dijeron que nos fuéramos a casa.
Que no nos necesitaban.
Que dejásemos de luchar
porque siempre era contra ellos.

Así fue cuando descubrí
que toda la vida habíamos vivido
dentro de un espejo.
Y ahora que empezábamos a darnos cuenta de ello,
se oían romper los cristales desde lejos.

Las respuestas ya no eran las equivocadas
porque fuera del espejo
todas las preguntas habían cambiado.
Ahora sus respuestas acertadas
eran los errores
que habían roto nuestros cristales.

Y por fin
empezamos a ser libres.

O al menos,

nadie nos pisaba los talones.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Se me había olvidado que hoy era domingo

Te mereces un balazo
entre ceja y ceja,
ese pensamiento intruso,
alguien agarrándote las tripas,
alguien tatuándote un
infeliz en la frente.

Te mereces la sonrisa más triste
de toda la fiesta,
los ojos de corderito degollado,
te mereces ser ese corderito.

Hagas lo que hagas
mereces que nadie te salve,
el abandono de las tres de la mañana,
la cama vacía
llena de piernas.

Recuerdas llorar contra la pared
y esconderte
y oír dormir
cuando podías haber escapado,
correr.

Mereces no dejar de pensar
ni un solo instante,
ser un ciudadano del mundo,
captar la belleza del mundo
y destruirla.

Cómo se nos ocurre
querer en cubículos de dos por dos,
llenar de humo los pulmones,
respirar,
cómo se nos ocurre, en serio,
no abrazarnos de más,
besarnos de más,
sobrarnos por completo.

Qué hacemos en este mundo
tan cutre
que nos obliga al suicidio
diario,
muertes creativas,
yo también quiero morir
abrazada al retrato de alguien
antes de lanzarme al vacío
más
sordo
y
absoluto.

Absurdo.

Mereces jirones en el alma,
vivir en una poesía que nunca fue
para ti
y que ya te gustaría, ya.

Sigue sin ser tristeza,
ni rabia.
Sigo sin saber por qué nos merecemos
estas cosas,
un millón de moscas acampando
en mi habitación.

Aquella chica que nunca te respondió,
los ojos de mujeres
que te daban igual,
las personas que más quieres
son a las que menos
deberías necesitar.

Te mereces tu puta autocensura,
coserte los labios sin anestesia,
un predicador
veinticuatro siete
gritando en tu oído
cómo salvar al mundo,
salvándote.

Cómo se nos ocurre creernos.
A nosotros que eramos los
reyes del engaño.
Con qué ojos,
con qué bocas,
iremos a comernos.

Y tú no lo sabes
pero consigues destruirlo todo
en un instante.
Mereces este enfado,
y todos los demás también.
Mereces este insomnio
y las horas dormidas sin soñar.
Mereces todo el tiempo perdido
de la gente que espera en algún lugar.

Y ser inmortal.
Cansarte de no morir.
No poder abrazar el retrato de nadie
antes del gran salto final.

Cómo se nos ocurre,
en serio,
de verdad.

Con qué puta finalidad.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Prop. I

La línea no estaba en escribirle poemas de amor a todas horas. La línea era imaginarla en poemas de otros desde entonces.

Y para siempre.

Una nunca sabe cuándo se enamora, hasta que ya no hay vuelta atrás, y negarlo te parece más una broma absurda, un chiste malo, que una necesidad.
Es como querer parar la manada de pájaros cantantes y sonantes de nuestro pecho, con una red, quizás, un muro, tal vez. Es lo imposible.

Hace mucho, cuando pensaba que los imposibles eran las mujeres de las que me enamoraba, y no el enamorarse en sí, no sabía de lo que hablaba, aunque fuera bonito. Hermoso. Aunque aquellas mujeres quisieran saber de mí, o abandonarme, o pensar en el tiempo que necesitaban poner de por medio entre una intensidad que desborda desde que nació, y el vacío más absoluto.

Por eso la línea nunca fueron los mil poemas que dediqué de puño y tecla a las mujeres de mi vida, que han sido muchas y encima se lo merecían. La línea no era el amor en verso, los besos en mitad de un discurso, más etílico que consciente, no era amanecer despiertas, abrazadas, follando. Fallando.
La línea, traspasarla, era la estampida. La manada en calma esperando el mínimo ruido, el mínimo roce. El mínimo movimiento de la bestia.

La línea también era la bestia.

Aquello que pasaba mientras no te dabas cuenta de nada. El amor, sus consecuencias. Eso ni siquiera era el principio. Pero verla. Oírla. Saberse con ella aunque no estuviera, ni de lejos, cerca.
Lo más parecido a un virus que conozco. Una epidemia interna. Extendiéndose sin frenos por todas las venas de tu cerebro. Y ya no valían los poemas de amor desesperado a las dos de la mañana, ni llorar contra la almohada, ni verla en todos lados aunque fuera una puta mentira barata, una jugarreta sucia del inconsciente. Ella estaba en los poemas de otros. En las experiencias de otros. Y tú solo formabas parte de esos versos ajenos, como una inquilina. Y lo único que querías era que no acabase jamás aquel poema.

Que lo imposible fuera también lo inevitable.

La línea era, en definitiva, saber que no había vuelta atrás. Que lo siguiente solo sería hermoso y doloroso a partes iguales, y que el “me suda la polla” de todos los día, ya no te drogaba como antes. Es lo que pasa cuando aceptas que el amor existe, que no es una mierda, y que hay que vivirlo de la única manera que sabes.

Dejando que vuelen
todos
todos
todos
los pájaros de tu pecho.

Siendo el animal salvaje
que aprendiste no hace mucho
que no deberías dejar de ser nunca.
Bajo ningún concepto.

Y reconocer también, que estás apunto, pero que aún te hace gracia este chiste malo, esta broma absurda, este nosesabequé, pero me apetece un montón.
Y que nos sigue pareciendo una necesidad (y una barbaridad también) el de a poquito, el ir siempre al límite, el saltarnos nuestras propias normas éticomorales porque somos como putos adolescentes
y nos la suda, y nos da igual, y esto no es amor.


Pero se le parece bastante.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Buen viaje.


Ni rastro de la camomila. Nunca supe a qué olía su pelo.
Sé que era largo, casi infinito y que brillaba a la luz del sol como si fuera oro puro.
El chico nunca pudo tener el pelo negro azabache porque sus padres eran caucásicos. Europeos.
Del sur pero lejos del mestizaje.
Nunca pudo desvirgarse con la chica que limpiaba la casa, porque, aparte de caucásicos, sus padres eran pobres. No lo suficiente, pero sí lo justo como para tener que limpiar los baños con sus propias manos.
No soñó con ella ni un solo día. No iba a la playa solo. No le gustaba la playa. Le hacía daño en los pies ir en chanclas. Le quemaba el sol la piel.
No pudo salir de la isla en varios años porque quizás no viviera en una isla. Hace tiempo que no leo aquella historia, pero estoy segura de que su pelo no olía a camomila y de haberlo hecho, no lo hubiera sabido distinguir.
Como tampoco sabía si le gustaba. No la había visto jamás. Y probablemente nunca coincidieran en la entrada de ningún hotel.

Pero podría haberse enamorado de ella. Nunca al instante. El chico era listo. No lo suficiente, pero sí lo justo para no mancharse las manos limpiando baños.

La vez que me inventé aquella historia fue por amor. Hoy también.
Quiero a ese chico, y no a esa chica de pelo infinito. Quiero al moreno de ojos claros. Una especie de alter ego en pleno apogeo hormonal. Quería su fuerza y su personalidad y los quería para ella.
Ahora solo lo quiero para mí. Como recuerdo.

Y quiero aquella idílica playa donde todo parecía oler a camomila. Y quiero una chica de espaldas. Pero no quiero saber cómo es. Ni de lejos. Que la próxima vez que nos veamos sea porque nos estemos comiendo la vida. Y nunca en verso. Quiero decir. Que hay que besar siempre como si no hubiese un mañana. Y demostrar que no perdimos la virginidad con una empleada del hogar de bastante buen ver. Que igual morimos a pajas todas nuestra adolescencia pero sabíamos lo que era quererse hasta doler. Hasta desgastar. Hasta perdernos. Hasta no encontrar una puta mierda pero terminar corriéndonos igual porque el hambre agudiza el ingenio. Y joder que si teníamos hambre.

Los pájaros nunca han cantado ahí fuera. Hace bastante tiempo que no aparecen las golondrinas de las que un día empecé a hablar. Como queriendo volver al pasado. Atrapar todos los buenos momentos. Atraparlos fuerte y no dejarlos emigrar nunca más.

Lo peor es que aquel chico no tuvo la infancia que tuve yo; no pudo correr descalzo por el patio de su bisabuela, ni vio nacer gatos y perros cada año, como si fuera un ritual, la bienvenida a la vida. Ese chico no se acostumbró a que cada cierto tiempo un nuevo animal entraba en la familia con un nombre poco agraciado. Cualquier nombre feo es mejor que verse abandonado en mitad de la autopista. Aquel chico de pelo negro nunca verá a su madre pedirle perdón después de una riña. No vomitará durante todo un día: el día que su hermana pequeña nació, ni tendrá miedo a las libélulas hasta que de pronto, como por arte de magia, le parezcan uno de los animales más bellos del planeta. Aunque solo sean insectos.

No será nunca yo, aunque lo desease con todas mis fuerzas. Me estoy arrancando la piel muerta de hace varias décadas. He intentado besar a todas las chicas que parecían oler a playa y no a camomila. He conseguido no tener que despedirme de ninguna habitación de hotel. He sobrevivido a un millón de veranos limpiando baños, resaca tras resaca. Y en ningún momento he echado de menos tener el pelo negro azabache.

Lo que no dejaré de ser nunca es un indio. Un pirata.

Habré pasado todos los rituales de iniciación. Habré perdido un ojo, un brazo o una pierna.
Tendré un caballo, un loro, yo que sé.
Pero nunca seré aquel adolescente que soñaba con la chica del cabello kilométrico.
Y aunque lo quiera con todas mis fuerzas, no he vuelto a llorar con aquella película, a pesar de seguir siendo mi favorita.

Ten un buen viaje, amigo.

Te recordaré siempre como el tío que fue capaz de todo, pero nadie se atrevió a escribirlo.
El chico que se folló a la tía de la limpieza, joder. Te recordaré porque yo también tuve el pelo negro azabache y menuda mierda.

Te regalo aquella playa, Adam. Haz con ella lo que quieras. Pero nunca intentes buscarla.
Te aseguro que no la encontrarás jamás.


Recuerda: de tanto quererla, la terminamos por matar.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Un invento menos.


Las empresas pirotécnicas
se han inventado un amor
luminoso y explosivo
que solo funciona
cuando las personas
abren bien los ojos
mirando al cielo
mientras un nervio rabioso
les come las entrañas.

Era en aquel espejo donde debían
brillar todos tus fuegos de artificio,
pero nunca me atreví a mirar más
allá de tu hombro izquierdo.
Tu nuca.
Tus piernas.

Ahora pienso en qué pasaría
si entre toda la pólvora
que se emplea en hacer fuegos artificiales
también hubiera palabras.

Tú, yo, esta cama.
Lo leerías porque habría roto
antes el espejo donde
soy el más cobarde de todos
los reflejos.

Brillantes, efímeros,
arriba del todo,
tapados por el humo,
por los árboles,
por una ventana no demasiado grande.
Como nos hemos
acostumbrado a ser.

Y por fin los colores estarían
en ti
y arderíamos,
y caeríamos sobre toda esa gente
que mira con los ojos abiertos,
sonrisas gigantes en mitad
de ningún sitio.

Esta ciudad me vuelve a gustar
aunque no estés en ella.

Tus colores sí.

Esta noche debería arder
la primera de todas las fábricas
pirotécnicas.
Y mientras todos piensen
en qué desgracia tan desafortunada,
yo miraré al cielo.

Hay un espejo enorme
que te trae de vuelta
en cada fogonazo descontrolado.

¡Mira!
Salimos en las noticias:
hemos reventado todo el amor
brillante
explosivo
que el mundo
de verdad
no
necesitaba.


De nada.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Ensoñaciones #6: Comebolsas

En casa me esperaba una familia de gatos
hambrientos,
mientras yo ensuciaba el planeta a lametazos
en los baños de una discoteca
donde miles de peces se amontonaban
entre bolsas de plástico
mal fabricadas.

Aquello era como estar dentro
de una pecera
o un acuario,
la música se oía lejos
pero se sentía cerca,
como una manada de búfalos
en plena estampida.

La gente follaba como animales
en pleno documental de la dos,
las bragas no servían para nada,
estorbaban.
De las puertas de los baños
asomaban dos pares de piernas,
a veces cuatro.

Abrieron sus bolsas,
yo empecé a comer.
Alimentaban a los peces más pobres
de la charca
con la mierda que el mundo no quería
y a mí me gustaba.
Sabía que era veneno,
porque parecía veneno
y sabía a veneno.
Humedecía hasta el fondo mi dedo meñique,
como muchas chicas esa noche
chuparon pollas,
hundía mi dedo en polvos mágicos,
chupaba yo también.

No creo que haya polla
que sepa peor que esta.

No pensaba ya en la familia de gatos,
en sus bigotes y su caja de arena.
No pensaba una mierda en nada
más que en follar a veces,
en que me moría otras.

Cada vez creía con más convencimiento
que aquellos retretes eran en realidad
un lago,
un río,
un mar
plagado de algas,
de mierda.
Comía las bolsas que
las familias tiraban después de
sus vacaciones en la playa.
Las comía como si fueran solomillos,
chuletas de cerdo,
sesos.
Enjuagaba mis dedos
en saliva,
todos follaban a mi alrededor,
junto a mí.
Metía la mano en la arena de los gatos,
lamía las miserias,
los restos de gentes artificialmente felices
mientras me preguntaba
si aquello seguía siendo una manera
de vengarme
o solo una gilipollez como otra cualquiera.

¿De quién?- gritaba.
¿De quién coño me sigo vengando
si no es de mí misma?

¿Qué culpa tienen los gatos
de ser mi familia
y esperar de mí algo mucho mejor
que ser un pez de pecera?

Comiendo bolsas.

La gente no para de contaminar.

lunes, 28 de octubre de 2013

Caleidoscopio



La mejor manera de vengarse
de la tristeza
era besarla en los ojos,
construyéndole caleidoscopios
brillantes en mitad de la noche.
Aunque nadie estuviera triste allí
y ver llover fuera más una manera de
libertad
que de cárcel.

Me sigo preguntando,
a estas alturas,
por qué no he aprendido aun
a estirar el tiempo
como si fuera chicle
y lo que hago es masticarme
compulsivamente
en mitad de un colchón inmenso,
una balsa.

El plan es encontrarme contigo
en cada poema,
cada libro.
Besarte los ojos
en todas las pausas,
aprender a leer,
proyectar la voz,
que me oigan bien los peces.
Ser el breve instante de luz
en el que tus ojos no se acostumbran
al mundo
pero pueden ver una sonrisa kilométrica
abriendo las ventanas del invierno.

No puedo dejar de ser una persona triste
pero puedo sentirme terriblemente feliz
y flotar.
Esto no deja de ser una balsa,
leo para un millón de peces.

Por fin,
consigo acostumbrar mis ojos a la luz,
de pronto las formas caleidoscópicas
están entre nosotras,
tus ojos son enormes y brillantes,
y ya no necesito vengarme de la tristeza.

Tu sonrisa kilométrica abre todas las ventanas
del invierno,
somos el vaho de los cristales,
el mundo también es una isla,
te llevo conmigo en cada espejo,
en cada crujir de huesos.


Mil huesos.

jueves, 24 de octubre de 2013

Posibles respuestas

El cáncer es un hijo de la gran puta que se llevó a mi abuelo y a mi tía. Un hijo de la gran puta que cada vez se lleva a más personas
aunque no las
mate.

No me dejó conocer a mi tía como tampoco dejó que el arrepentimiento llegara antes con mi abuelo.
Los quiero de vuelta cada vez que sueño y es imposible
porque una enfermedad ha decidido
que es mejor llevárselos lejos.

El cáncer es ese hijo de la gran puta que no para de alimentarme a recuerdos.
También se lleva a las personas que no intenta matar.
Todos tenemos un dolor enquistado.

Yo tengo dos.

Así que no me digas que hay ventajas
en ver morir,
en morirse.
No vuelvas a abrir la boca, porque tus palabras ya son cáncer.

Y no
no hay ninguna ventaja en ellas.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Yo también me la follé

Era de aquellos locos que farfullan
soliloquios por las calles
como quien sale a pasear al perro
o quien critica en el ascensor
al vecino del sexto.
Fumaba cigarros que nadie sabía de dónde
sacaba,
los aspiraba tan fuerte que podías oírlo
venir fuera cual fuera el punto
de la ciudad donde te encontraras.

Nadie sabía cómo había llegado
a la ciudad
o cómo la ciudad había llegado
hasta él.

Su presencia era como la de un
rumor de invierno,
como las hojas de los árboles
corriendo calle abajo,
era el viento.

Si no ponías mucha atención
parecía incluso que fuera extranjero,
con todas aquellas palabras amontonadas,
siendo masticadas como cristal
por sus grandes dientes roído de tiempo
y
ceniza.

Parecía como si alguien se lo hubiera llevado
a alguna parte
sin ninguna razón,
como si supiera que después de la vida
y la muerte
su soliloquio sería la próxima profecía
para el mundo.

Aquel día me senté a su lado
con la mente llena de magulladuras,
sus palabras a veces eran piedras en caída libre.
Comprendí, en uno de los reveses de su
diálogo interno
que no paraba de gritar en silencio
“ella”.

Aquel viejo loco iba por las calles
fumando de un amor que lo mataba
y se lo había llevado muy lejos,
suerte que aun recordaba lo largas
que eran sus piernas,
y lo guapa que estaba cuando tomaba café.
Podía contarte
cómo le gustaba follársela por las mañanas,
lo perfectas que eran sus tetas,
o el culo que le hacían aquellos pantalones
que llevaba
el día que la dejó marchar.

“En un mercadillo.
Los compramos en un mercadillo
una mañana de domingo en la que
follamos como putos salvajes.
Sus bragas. La seda. En un mercadillo.
Allí compramos los pantalones
que se la llevaron para siempre.
Como putos salvajes.
Follamos todos los domingos del año
como putos salvajes.”

Pero había que tener cuidado con aquel viejo.
Si lo escuchabas de más
podías acabar igual de mal,
igual de lejos.
Podías ver a aquel culo irse
en cada calada que daba,
y para ese entonces
ya sería demasiado tarde.
Follar como salvajes,
incluso a los quince años,
era algo que siempre había que hacer
las mañanas de los domingos.
Justo antes de dejarla marchar.

Nadie lo sabía

pero él era la ciudad.

viernes, 18 de octubre de 2013

Hay un elefante en la sala pero nadie lo ve


Lo que más me gustaba de que hubiera un elefante entre nosotras dos cada vez que coincidíamos en una habitación es que nadie era capaz de verlo.
Un enorme elefante gris, torpe y pesado. Si lo mirabas bien parecía hasta que nos sonreía, nos guiñaba un ojo.
Nadie entendía mi sonrisa, mi asombro, ni mi miedo muchas de las veces en las que de pronto entraba por la puerta y detrás de ella, aquel elefante.
Nunca supe si era suyo, si era alquilado, si venía de algún circo, o si el circo éramos nosotras, pero tuve que aprender a no asustarme cuando era la única de toda la sala que veía a aquel enorme animal comer cacahuetes y sacudirse las moscas con su largo rabo.
Yo daba codazos a la gente, saltaba, ponía caras raras, porque me parecía imposible que nadie sintiese temblar el suelo cada vez que el elefante buscaba sitio en aquellos minúsculos lugares donde nos encontrábamos. Cómo era posible pensar que ellos también cabían allí, junto a nuestro elefante, ella y yo.
La gente no tenía ni idea, y eso es algo que tuve que aprender muy rápido. Pero allí estábamos, sonriendo porque el gran mamífero había aprendido un nuevo truco en nuestro circo. Ya sabe mantenerse con solo dos patas, rueda encima de una pelota con mucha agilidad y a veces, cuando nos miramos, su trompa se convierte en una fuente y nos empapa de agua y mocos por igual.

El día que decidimos convertirnos en cómplices de nuestro circo ambulante el elefante era incapaz de situarse en el mapa. Lo habíamos dejado escapar, pero aun lo sentía conmigo cuando pensaba en ella. Así era más o menos cómo me sentía. Alguien decía, no pienses en ese elefante porque no existe, yo no lo veo, pero era imposible no imaginárselo allí, buscando hueco con su torpe trasero entre la gente de la calle, de las fiestas. Para cuando me quise dar cuenta, ya le había puesto nombre al elefante, me gustaba limpiarle el lomo con un cepillo y una manguera. Había aprendido a montar en él y me llevaba a donde yo quisiera. Formaba parte de mi vida como uno más de la familia y lo quería. Quería a aquella mole gris llena de huesos porque también sonreía cuando ella entraba por la puerta y el resto no se apartaba y yo sentía que desaparecían debajo de su gigante trasero de paquidermo.
Me guiñaba un ojo y se iba haciendo equilibrios encima de su pelota.

Habíamos montado un circo. Nuestro espectáculo fugaz solo duraba unos minutos, luego volvía a aparecer y junto a él, toda aquella gente. Parecía como si nos aplaudiesen, pero ellos nunca lo vieron balancearse en la tela de una araña mientras nosotras contemplábamos el maravilloso y grotesco espectáculo de la vida circense.

[Foto de Paloma Badía]

jueves, 17 de octubre de 2013

Piernas Largas.

Se llamaba Piernas Largas
aunque no midiese más de metro y medio,
era morena aunque irradiara
luz por dentro.
La gente no tenía muy claro si sonreía
o enseñaba lo dientes,
y allí era donde yo dudaba también.
Prefería pensar que gruñía como un animal
indefenso
a creer que iba a ser su próxima cena.
Tenía la sensación de que
ninguno de los colores estaban en ella
pero que así yo podría regalárselos todos.

No creía que tuviera que enseñarle nada,
parecía que en todas sus paredes
estaban escritas las cosas que nunca
debía volver a hacer.
O ser.
Era como ver volar a un águila imperial,
un halcón,
con las patas atadas a una soga.
Era triste y majestuoso.
Yo quería cortar la cuerda
pero que me llevara con ella.
Ser su tentempié
o su polluelo
o el aire que cortaba sus alas.

Me daba igual porque no lo había pensando muy bien.
Solo sabía que se llamaba Piernas Largas
aunque midiese metro y medio,
y que parecía defender todo lo que había
conseguido crear
con la luz de su interior.

Corté la cuerda que la ataba al suelo
o eso creí.
La historia podría continuar
viendo como se marcha lejos de aquí,
o
intentando descubrir por qué la llaman así.

Quizás las grandes mujeres
tengan piernas largas
para ir siempre un paso por delante de ti,
y enseñen los dientes porque
tienen miedo de que les hagas perder
todo el tiempo de sus viajes.

De cualquier modo,
águila o halcón,
yo te prefiero
golondrina,

Piernas Largas.

martes, 15 de octubre de 2013

Lycra.

Resbalaba porque era como el universo. Negro. Y daba miedo. Pero siempre es necesario encontrar el origen de las cosas. Cuando llegué a casa todo había cambiado. El universo y yo. La colcha de mi cama ya no era la misma, las teclas de mi ordenador, mi móvil. Todo parecía igual pero algo había cambiado.
A eso me refiero. La intención, la capacidad que tengas de dejarlo pasar, o aferrarte aunque sepas que resbalarás. Porque era negro. Y daba miedo.
Aquel día todo parecía estar más cerca, ser más real, y al mismo tiempo, tuve que aprender el problema de las distancias medidas en kilómetros luz.
Resbalaba porque podía hacerlo. Era el infinito aunque pudiera ver cómo se terminaba. La luz al final del túnel era el suelo que pisaba, el frío, las escaleras, las paredes, el amarillo, el naranja.

Llegas a casa y todo es distinto porque te preguntas qué se debe sentir ahí fuera. En lo desconocido. Cómo debe hacer la gente que lo consigue. ¿Nadan, corren, caminan?

Lo único que sé es que es difícil mantenerse en pie. Resbala. Es negro. Da miedo. Quiero saber más. Qué animales habitarán en sus profundidades, ¿Rugirán?.

viernes, 11 de octubre de 2013

Introducción.

Escribirte es como construir con mis propias manos
el muro donde salpican los sesos al fusilarme.
Es como vivir en una casa llena de espejos,
como sentirse sin escapatoria.
Escribirte es comprender de una vez por todas
que lo único que cambian son los circuitos neuronales
no las drogas que confluyen en ellos.

Escribirte es como estar esperando continuamente
en una sala de espera
sin tener cita previa.
Ni siquiera es una urgencia.
No nos estamos muriendo,
aunque necesito que alguien me lo confirme
cuanto antes.

Escribirte es como el diagnóstico fatal,
final,
como cuando dices te quiero
y te cagas de miedo porque de pronto
todo
ha
cambiado.
Es el momento justo en el que todo
es diferente
y no nos disgusta.

Es un duelo, un funeral, un enterrar
de nuevo
a la persona que he sido durante tanto tiempo.
Es el nacimiento,
la primera grieta en el huevo,
es el crack
el corazón
la parte de la canción en la que deberíamos
besarnos.

Escribirte es como arrancar hojas de una libreta,
es como tirarlo todo por la borda,
es como borrarse la memoria.

Es como habernos fallado,
como la duda, la decepción,
el nervio, la rabia,
la burla del destino,
como todas las historias que dejo a medias
aunque siempre tenga ganas de más.

Es el “mecagoenlaputa” de las seis
y las siete
y las diez.

Es como el primer frío de la temporada,
supongo que sabes a lo que me refiero.
Y no es un rescate, ni un naufragio,
ni si quiera es abandonar el barco
con la tripulación aun dentro.

Escribirte es como aceptar mi estado de confusión,
y convivir con él
aunque no sepa cómo compartirlo.
Es tener cuidado siendo terriblemente torpe,
es como el invierno en esta ciudad,
como los naranjas,
los grises,
la lluvia,
el “no me acuerdo de nada,
venga va, refréscame la memoria”.

Es el alivio.
Ya no tengo que buscarte en ningún lugar,
no tengo que recordar tu voz
o la forma que tienes de mirar al vacío cuando piensas.
Dejo de oír todo lo que no dices,
dejo de oírme incluso a mí.
De pronto todo son imágenes
de muros de fusilamiento,
mi culpa, mi calma
corriendo calle abajo en forma de sangre.
Aun hay conexiones neuronales
que se acuerdan de ti,
es posible
que muera 
sonriendo.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.