lunes, 28 de enero de 2013

El helado de la derrota


Tengo ganas de verte.
A veces.
Otras me arrepiento como cuando tienes mucha ansiedad y vas al súper y te compras una tarrina enorme de helado y luego al volver a casa piensas, mierda, igual me he pasado un poco, esperaré a que se me pase esta ansiedad para comérmelo tranquilamente. Pero para ser sinceros y realistas, esa mierda nunca pasa y siempre te acabas comiendo el puto helado entero mientras piensas una y otra vez que eso era precisamente lo que no querías desde el principio.

viernes, 25 de enero de 2013

La ciudad de las Clavículas


Nunca miré atrás porque pensé
que en el país de las clavículas
nunca dejarían de llover los huesos.
Ser infiel por aquel entonces
era no decir la verdad
y temimos tanto los atentados emocionales
que preferimos quedarnos calladas
viendo llover
aire.

Ya nunca más lloverían huesos
por las calles rojas de sangre,
amarillas de grasa,
violetas de vísceras.
Prometerse una y otra vez
nunca más
hacer música con tus costillas.
Nunca más empezar a escribir
amor en tus caderas,
por tus rodillas.

Prometer no convertirme
nunca
en el terrorista que todos llevamos
dentro.

Aun así,
tu pellejo cubre partes de mí
con el mismo frío
de la primera vez que nos
despedimos.

Sigo enferma en esta ciudad de clavículas
que ya no me quieren,
enseñando anatomía
a las historias que tengo que inventarme
para sobrellevarte.

Todos los puretas de barra,
los poetas de café y cigarro,
los artistas descalzos.
Por mí podrían morirse.

Una cosa que no te enseñan
en el hospital,
ciudad de las clavículas,
tu esternón,
es que los piratas no tenemos casa.

Somos nuestra propia ciudad.

martes, 22 de enero de 2013

***

Moriremos felices dentro de aviones
que no nos lleven a ninguna parte.

viernes, 18 de enero de 2013

El doble duelo.


Se entiende por duelo psicológico al proceso normal de adaptación emocional que viene después de cualquier tipo de pérdida. La gente suele pensar en la muerte, en amputaciones, en mascotas viejas.
La gente piensa en viejas vestidas de negro durante veinte años. La gente piensa en funerales, en viudas, en gente con pañuelos llorando por gente muerta.
Yo pienso en mí. En el pasado, en la ropa fuera de temporada, en viejas vestidas de negro durante veinte años. En mí.
Se dice, “renovarse o morir”. Para mí, estos dos verbos son sinónimos. Se deja atrás la piel de serpiente fuera de temporada, o los huesos fuera de temporada y nadie llora, nadie viste de negro, pero el dolor es el mismo.
Se experimenta una pérdida real, palpable, constante y putrefacta de personas, animales, cosas. De uno mismo. Mirar hacia atrás, entonces, es lo mismo que ir al cementerio a cambiar las flores marchitas del nicho por unas nuevas. Es regresar al cementerio donde te enterraste, sin darte cuenta, algún día en el que todo empezó a ser diferente.
Hay nichos de pensamientos, nichos de emociones, nichos de palabras, nichos, con flores marchitadas la mayoría del tiempo, que guardan lo que eras. Pensamientos, emociones, palabras.
Lo diferente de este duelo, es que tarda tiempo en llegar y no te das cuenta cuándo se ha ido, ni a qué había venido. No es como levantarse a las cinco de la mañana, sin tiempo a reaccionar y estar en un tanatorio, sin tiempo a reaccionar, viendo como gente que te da igual dice lo bien que ha quedado, o lo tranquilo que parece estar. Todo fue sin sufrimiento, mejor así.
Este tipo de duelo del que hablo es peor porque cuando te das cuenta de la pérdida ya es demasiado tarde. No hay momento de último adiós. Es como estar de viaje y al volver encontrarte un jarroncito lleno de cenizas de tu viejo y fiel Perro, Gato, Serpiente, encima de la estantería donde colocas siempre tus libros favoritos.
Es como estar de viaje pensando “por favor que no se muera nadie mientras estoy fuera” sin darte cuenta que el que mueres eres tú. Imbécil.
Lo peor es cuando tu yo muerto arrastra consigo a personas, animales, cosas. Eso es lo peor. Es el doble duelo. No solo tienes que ver como terminan de enterrar a tu yo del pasado, sino que también tienes que asistir, casi al mismo tiempo, al funeral de la gente a la que querías. Y en las lápidas a donde tienes que llevar tus flores nunca se escribe en presente. Nunca habrá un “el yo del presente y el yo del pasado, que te quieren, nunca te olvidarán”. La mentira universal. Como decir que este sol calienta, o que una caída así nunca dolerá lo suficiente.
No. En los cementerios donde descansan en paz y en guerra las cosas que eras, solo hay lápidas con verbos en pasado y lágrimas. “Mi yo presente, que en su momento te quiso, está empezando a olvidarte”. Nadie llora cien años seguidos. Nadie vive tanto sin querer matarse al menos un poquito.
Cuando te das cuenta de la pérdida, ya lo estás superando y no es pena, sino orgullo. Ropa de temporada, ir a la última moda, nunca seré de esas viejas que visten veinte años de negro, nunca lloraré en un funeral. Y casi siempre, por lo general, es así. Nadie siente tristeza por ser quien es ahora, ni llora por haber mejorado tanto. Nadie llora cuando acaba una carrera, o termina viviendo en su propia casa, o cuando consigue trabajo.
Por eso es el peor de los duelos. Porque no se te está permitido llorar, estar triste. Estar de duelo. Sentir la pérdida. Aunque tengas que llevar flores al cementerio cada vez que alguien recuerda algo que ha pasado hace años. Meses. Semanas. Días. Horas. Segundos. Ahora.
La moda va a una velocidad vertiginosa y tú ya estás fuera de temporada. Por suerte, el negro nunca pasa de moda y todas esas viejas que te imaginabas cuando leías la palabra duelo ahora eres tú. Recién llegado de un viaje donde se han muerto la mitad de tus palabras.

domingo, 13 de enero de 2013

Barbacoa.


Aprovecha este agujero
para sacar de ti
lo peor que uno puede esperar
de alguien.
Hurga dentro de ti
como lo haría un carnicero,
sintiendo el hedor de las vísceras
aun calientes,
manchando de rojo vida,
o rojo muerte,
el riguroso blanco
del delantal de tu uniforme.
Desgarra sin piedad la carne
y sepárala de los tendones
y de los huesos.

Aprovecha que estás en el fondo
de este agujero
y piensa en escalar,
en salir,
en huir,
en trepar.
Piensa en todos tus verbos favoritos
y dales un sentido.
Imagina,
porque en un agujero
pocas cosas más se pueden hacer,
que la tienes en frente
y que bebes cerveza
y que tu mano agarra la suya.
Imagina,
porque es lo mejor que sabes hacer,
que sigues con la cabeza metida
entre sus brazos
y siente la tristeza con la
que empezó a crecer el agujero
en el que ahora estás metida.

Aprovecha eso que sientes
dentro del agujero
para cambiar.
Haz una barbacoa
con la carne que ha quedado de ti.
Invita a todos tus amigos,
págale el billete de avión.
Prepárale una cama en mitad del océano
y dile que con ella
la vida es un viaje,
no se sabe muy bien a dónde
pero siempre con quién.
Dile que estás enamorada
y que es importante que lo sepa.
Aprovecha ese tiempo en el agujero
para gritar y enfadarte
y destrozar cosas.
Y no te calles.
Y no te pares.
Caza las bestias
que te darán de comer.
Abrígate con ellas
mientras piensas en el sabor de su piel,
en el color de sus ojos,
en la forma que tiene de esconderse en ti.
Conviértete en tu propio carnicero
y cómete,
digiérete,
y prepara una barbacoa
para todos tus enemigos.

Recuerda:
en ese agujero
solo cabes tú
y
todas
tus
bestias.

Disfruta de la fiesta.

martes, 8 de enero de 2013

21% de IVA


Quiero no olvidarme de ninguna de las cosas que me hacen feliz. Recuerdo oírla cantar en su habitación una canción de Tom Jones mientra yo fumaba en la salita de la entrada, con la luz apagada y una enorme maleta llena de ropa diciéndome que recordase bien ese momento porque me haría feliz siempre. Una enorme maleta llena de ropa diciéndome que no la cerrase nunca, todos los putos días desde que llegué allí.
Recuerdo el día que me cabreé porque entrar a tal sitio era excesivamente caro. Ese día nos emborrachamos y nos comimos, y recuerdo cómo me miraba por fuera de ese bar gay, con la mitad de la segunda cerveza de la noche ya encima. No recuerdo como la miraba pero lo intuyo.
Recuerdo que era una de esas sensaciones con las que exclamas “podría morir ahora mismo y me daría igual”. Algo así. Ella me explicaba que había que hacer algo, que quería estar junto a mí en algún momento. Recuerdo mi escepticismo. Recuerdo que pensé una y otra vez que era una locura y que tenía miedo.
El día que volví. Después de cerrar la maleta, esquivar extranjeros y subirme al bus del aeropuerto. El día que la vi despertar junto a mí y marcharse sin mí. Ese día recuerdo que pensé que quizás la locura fuera lo otro y que el miedo no tenía sentido.
Escucho una canción estúpida porque me recuerda a ella. A vérsela cantar en bares donde las cervezas valían 4 euros y yo pedía dos y me daba igual menos al final. Y me recuerda a verla reír. Reír mucho siempre y siempre de nosotras dos.
Al final del día, cuando solo se podía estar cansada y daban ganas de no pensar en aquella maleta llena de ropa recordándome que había que poner una lavadora, comprar e ir preparándose para lo peor. Puta maleta gris y blanca. Puta ropa sucia. Puto 21% de IVA. Al final del día la seguía mirando como la primera vez en aquel baño.
Sabes cuando ves algo muy bonito. Algo increíblemente bonito y piensas que es imposible que algo así exista. Bueno, la sensación se aproxima. Tipo, cuando amanecí en Benijo y la marea había bajado lo suficiente como para andar entre las rocas que normalmente están sumergidas en el agua.
Algo así.
Ahora solo espero que esta especie de tristeza haga que me mueva, me levante de la cama, apague el ordenador y me deje folios suficientes encima de la mesa para estudiar.

Sigo escuchando esta absurda canción ridícula para tenerla conmigo y me da vergüenza decírselo.
Aunque ya sepa lo de aquella vez que compré el perfume de una chica que me gustaba.
Ya sabe muchas cosas aunque yo no sepa explicarme demasiado bien.

El día que me fui, dentro del bus del aeropuerto. Ese día deseaba que estuviese conmigo y que el trayecto fuese el inverso; el que habíamos hecho catorce días antes y que mis ganas de llorar no fueran de pena y poder esconderme en ella hasta que se me pasasen sin que se diera cuenta.
Porque yo no lloro nunca. Nunca, nunca, nunca.
Menos cuando esa puta maleta gris y blanca llena de ropa me mira y me dice que recuerde bien todo esto. Porque es lo único que me quedará cuando el avión despegue y esa estúpida maleta esté con más estúpidas maletas llenas de ropa sucia, rumbo a un lugar donde la gente no aprecia lo que es no tener que pagar un 21% de IVA.

Ni puta idea de lo que es eso.

sábado, 5 de enero de 2013

Tus flotantes.




Toda mi tristeza cabía
en un aeropuerto acristalado
donde la palabra “salidas”
era un eufemismo más de
 lejos,
cárcel,
ausencia.

El sol daba de golpe contra las cristaleras,
yo veía despegar aviones
mientras pensaba en ti
como queriéndome quedar un poco más
impregnada en tu piel
como tú lo estabas en la mía.
Ya te has ido, poco a poco
de mis manos.
Hay ocasiones en las que
lavarse las manos debería estar prohibido
y penado por ley.
Estoy segura que a tu lado
nadie me multaría,
siempre llevaría las manos sucias de ti.

Huelo mi ropa por si,
de casualidad,
algo de tu olor se ha quedado conmigo.
Recolecto todos los folletos
que no parabas de meter en mi mochila
sonriendo
porque no los pienso tirar
y me hace gracia recordarte
así,
mientras los metías disimuladamente
en cualquier bolsillo.

Ahora vuelvo a estar frente a este ordenador,
después de haber visto el dragón
del que te escribí un día
sin saber muy bien por qué
pero intuyéndolo todo.

Lo único que puedo decir del viaje
es que estoy triste y te echo de menos
en cada paso y en cada calada.
Pienso desde hace unos día
que volver a la cama ya no tiene ningún sentido
así que volveré a habitar sillones.

Justo antes de despegar,
cuando ya no te podía mandar ningún mensaje
se me ocurrió pensar
que hay personas que están hechas para quererse así,
sea de la manera que sea,
que no somos las únicas
y que algo se nos tiene que ocurrir.

Ah, sí,
y que te quiero,
así,
mientras abro los ojos
y veo los tuyos
y todo acaba en un beso-sonrisa.

Nunca he estado más enfadada
con esta isla en mi vida.
Espero que se me pase pronto.

Mientras,
escribiré
como lo hacen los poetas
rabiosos de amor
y tristes de distancia.

viernes, 4 de enero de 2013

Eso que nadie quiere nunca.

Me quiero quedar en tu piel
para no tener que irme
de ninguna de las maneras que
el ser humano tiene
de marcharse.

Y supongo que este es
el poema triste
que todos los poetas esperamos
escribir
cuando nos
manchamos.

Quiero quedarme
pero solo en el aire condensado
y caliente
de tu habitación.
En todas las fibras de tu ropa,
en las teclas de este ordenador
y que me pulses
y me aprietes
siempre que necesites estar cerca.

Quiero quedarme en este
rugir de tripas continuo,
tener hambre siempre
pero como si no.
Y estar en tus ojos
cuando el mundo deja de existir.

Quizás lo que quiero es que te quedes
para tener algo que buscar
siempre.

Y supongo que este es el poema triste
que todos los poetas esperamos
no tener que escribir nunca.

Pero aquí estoy.
Dejando trozos de mí por todos
los rincones de esta habitación.
Para que me encuentres,
me respires,
me aprisiones,
me utilices.

Aquí estoy.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.