martes, 8 de enero de 2013

21% de IVA


Quiero no olvidarme de ninguna de las cosas que me hacen feliz. Recuerdo oírla cantar en su habitación una canción de Tom Jones mientra yo fumaba en la salita de la entrada, con la luz apagada y una enorme maleta llena de ropa diciéndome que recordase bien ese momento porque me haría feliz siempre. Una enorme maleta llena de ropa diciéndome que no la cerrase nunca, todos los putos días desde que llegué allí.
Recuerdo el día que me cabreé porque entrar a tal sitio era excesivamente caro. Ese día nos emborrachamos y nos comimos, y recuerdo cómo me miraba por fuera de ese bar gay, con la mitad de la segunda cerveza de la noche ya encima. No recuerdo como la miraba pero lo intuyo.
Recuerdo que era una de esas sensaciones con las que exclamas “podría morir ahora mismo y me daría igual”. Algo así. Ella me explicaba que había que hacer algo, que quería estar junto a mí en algún momento. Recuerdo mi escepticismo. Recuerdo que pensé una y otra vez que era una locura y que tenía miedo.
El día que volví. Después de cerrar la maleta, esquivar extranjeros y subirme al bus del aeropuerto. El día que la vi despertar junto a mí y marcharse sin mí. Ese día recuerdo que pensé que quizás la locura fuera lo otro y que el miedo no tenía sentido.
Escucho una canción estúpida porque me recuerda a ella. A vérsela cantar en bares donde las cervezas valían 4 euros y yo pedía dos y me daba igual menos al final. Y me recuerda a verla reír. Reír mucho siempre y siempre de nosotras dos.
Al final del día, cuando solo se podía estar cansada y daban ganas de no pensar en aquella maleta llena de ropa recordándome que había que poner una lavadora, comprar e ir preparándose para lo peor. Puta maleta gris y blanca. Puta ropa sucia. Puto 21% de IVA. Al final del día la seguía mirando como la primera vez en aquel baño.
Sabes cuando ves algo muy bonito. Algo increíblemente bonito y piensas que es imposible que algo así exista. Bueno, la sensación se aproxima. Tipo, cuando amanecí en Benijo y la marea había bajado lo suficiente como para andar entre las rocas que normalmente están sumergidas en el agua.
Algo así.
Ahora solo espero que esta especie de tristeza haga que me mueva, me levante de la cama, apague el ordenador y me deje folios suficientes encima de la mesa para estudiar.

Sigo escuchando esta absurda canción ridícula para tenerla conmigo y me da vergüenza decírselo.
Aunque ya sepa lo de aquella vez que compré el perfume de una chica que me gustaba.
Ya sabe muchas cosas aunque yo no sepa explicarme demasiado bien.

El día que me fui, dentro del bus del aeropuerto. Ese día deseaba que estuviese conmigo y que el trayecto fuese el inverso; el que habíamos hecho catorce días antes y que mis ganas de llorar no fueran de pena y poder esconderme en ella hasta que se me pasasen sin que se diera cuenta.
Porque yo no lloro nunca. Nunca, nunca, nunca.
Menos cuando esa puta maleta gris y blanca llena de ropa me mira y me dice que recuerde bien todo esto. Porque es lo único que me quedará cuando el avión despegue y esa estúpida maleta esté con más estúpidas maletas llenas de ropa sucia, rumbo a un lugar donde la gente no aprecia lo que es no tener que pagar un 21% de IVA.

Ni puta idea de lo que es eso.

2 comentarios:

Bubo dijo...

¡Cipote! Cervezas a cuatro euros pero... a veces merece la pena ¿noo?

Ana! dijo...

Siempre merece la pena si vas pedo jeje


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.