jueves, 28 de febrero de 2013

Napalm


He coleccionado poemas de amor,
poemas de otros,
poemas que conseguían abrirme en canal
como quien va rigurosamente
todas las semanas a terapia,
para encontrarme y a ti
y a todas las demás,
las de ayer,
las de siempre.

Todos salimos de heridas
más o menos sangrantes,
más o menos profundas,
pero de guerras
calientes o frías
como la sopa de amor
sobre la que escribí
que no tenía hambre.
Aunque con las manos
me hubiera atragantado de ti
hasta la asfixia,
saciarme de ideales
derogados
porque el tiempo
es napalm para el cerebro.

Y en la garganta aun guardamos
las ciudades fantasmas
a las que nunca volveremos,
con los ojos bien abiertos,
los bolsillos bien vacíos
y el miedo aun a modo de escudo
protegiendo nuestros suicidios
más cotidianos
de nosotros mismos.

Coleccioné todos esos poemas
porque dolió leerlos
y a veces me hacían saltar en camas
elásticas
como tus piernas
y a veces
me dejaban salir de mí
y verte con los ojos de otros,
los ojos de nadie,
pero masticándote en cada verso
como solo yo sabría hacerlo.
Los leí para encontrarte
y te buscaba como a quien le rompen
las gafas
y es de noche
y está borracha.
Como si cinco minutos antes
de llegar
tú ya te hubieras marchado.
Así, de esa manera, te buscaba.
Y a las demás,
las de ayer,
las de siempre,
también.

El ritual.

Y salí de mi herida
para dejarla respirar
y picas como pica la peor de
las cicatrices,
y eres la costra
y la sangre seca de mis días,
hasta que sanes
y esos poemas de otros
vuelvan a ser míos.

Míos, míos y de nadie más.

Y dejarán de ser los laberintos
donde me pase las noches
buscando y rascando
la misma herida absurda
a la que no paro de abrir
e infectar
solo para
calentarme mientras el napalm
llega
a
arrasarlo todo
como las demás veces,
las de ayer,
las de siempre,
también.

viernes, 22 de febrero de 2013

Tenía que haber nacido rica.


Te miro, hostia, como se mira
el escaparate más caro de
la calle Preciados.
Pringo con mis dedos grasientos
y la marca de mi nariz 
y el vaho de mi boca
tus enormes cristaleras
y esas son mis marcas para la posteridad
en ti
como las de muchos otros.

Cada noche, cuando flojean las fuerzas
me enrosco y me contemplo en el
bucle infinito de
mirar pero no tocar
y duele.
Claro que duele, joder.

Te miro siempre como la primera vez.
Siempre como la última.
Miro tu boca e intento traerla de vuelta
en un amago de beso
solitario,
pajillero
y adolescente.
Así de triste y absurdo.
Miro tu cara, joder, joder, joder,
te miro y no encuentro cosa 
más bonita 
en todo este mercadillo 
de pieles,
escaparates cutres 
al lado de tus joyas
y tus principios,
y tu manera de andar.

Te miro y ojalá estuviera borracha
para tener la excusa perfecta.
Y borrarte estas letras
y la grasa de mis dedos,
la marca de mi nariz 
y el vaho de mi boca
de tus enormes cristaleras
de "ver pero no tocar".

Supongo que sin distancia
y sin tiempo
esto seguiría igual de mal.
El mismo desastre.
Porque mi orgullo vale más
que todas las confesiones que te pueda
hacer a las cinco y media de la mañana, mi amor.
Viviría allí, pisando tus recuerdos
pero sin ti,
solo para demostrarme que
el "ver pero no tocar" me lo paso por los cojones,
que cuando quiera hago alunizaje en tus escaparates,
pero que no me da la gana.

Ya me construyo la cárcel yo sola
sin ayuda de nadie.
Apoyada en tus enormes cristaleras,
lujosas y elegantes.
Siempre fui una víctima mediocre del sistema.
Suerte que nací pobre.
No sé qué habría pasado
si en vez de mirar pero no tocar
hubiera entrado, 
te hubiera agarrado
empaquetado,
envuelto en papel de regalo
y pagado.

¿Qué coño habría pasado?

miércoles, 20 de febrero de 2013

Macondo.



Tengo un Macondo dentro del pecho
y en sus paredes veo fusilar
todos los días
a revolucionarios,
asesinos,
locos y extranjeros.

En él se embarazan las ganas vírgenes
de desidia y aburrimiento.
Mis apellidos manchan la sangre,
que antes sufría de insomnio
y bailaba sobre las brasas
de un verano que parecía
no acabar nunca.

Veo como se vuelven locas
las mujeres más guapas del pueblo
y ensordecen
y enferman
y trepan y comen paredes
que nunca llegarán hasta el techo.

Hombres enloquecen
en busca del saber absoluto
y se vuelven casi como animales,
alborotados,
atando sus fantasmas a árboles,
siendo herederos de esas mismas cadenas,
dando de comer cal a los jóvenes,
matando con amor y rabia
a los últimos rayos de sol.

Y ver morir de hambre a pasiones
desatadas,
preñar de ideas las cabezas vacías
de caciques enriquecidos de aire.
Este pueblo que se seca,
que me acuchilla el pecho,
que quiere una bocanada de humo
y encontrar el cauce del río
por donde el agua nunca debió pasar,
trayendo consigo
gitanos y piratas,
y amamantando a indios malagradecidos
que nunca le darían las gracias
porque se habían olvidado de vivir.

Este pueblo que me persigue
se llama Macondo
y se hunde conmigo
en pantanos llenos de mosquitos
que con un poco de suerte
llegarán a ti
con mi sangre aun en sus fauces.
Y espero que te infecten
de olvido
y que como las mujeres de mi pueblo
tú también trepes y comas paredes
sin techo
y te olvides de todo
y me traigas un poco de ese olvido
en forma de mosquitos del extrarradio.

Quiero que me enfermes
y me borres la memoria
y me escribas en enormes carteles
a la entrada de mi pueblo

“Acuérdate de que me has olvidado”

Para siempre.

domingo, 17 de febrero de 2013

Los fantasmas no pagan alquiler


Lo de mis ojos,
el cansancio y la tristeza,
supongo que todo tiene que ver
con que viva con un fantasma.
Trepa por mi espalda
mientras camino por esta ciudad,
se mezcla entre la gente
y pierdo la mirada cada vez que
intento encontrarlo,
el culo cada vez que intento olvidarlo.
Ya no me acuerdo de lo que es dormir,
sus cadenas vagan por mi habitación
durante toda la noche
y sollozos
y voces de ultratumba
más mi estúpida forma de llorar
llenan el silencio de más
ruidoso silencio.

Todo se ha convertido en
un continuo dolor de cabeza.
Mis sábanas aparecen agujereadas
en forma de gritos y demencias.
Los perros me ladran por la calle,
los animales saben a que huelen
los fantasmas como tú.

Lo de mis ojos,
eso gris que se forma alrededor
de mi cuerpo,
esa niebla londinense,
supongo que tiene que ver con que
viva con un fantasma
al que el limbo le sabe más bien a poco,
y se le queda pequeño
y siente,
siento
que aun nos quedan cosas por solucionar,
¿no?

Y ojalá un castillo
para dispersar las tristezas.
Y ojalá otro fantasma
para que se entretenga el mío.

Ojalá suelos de manicomio
donde no se puedan escuchar
nunca más
esas patéticas cadenas
de un lado para otro.

Ojalá persianas para
los párpados.
Para no verte vagar a los pies de mi cama,
oyendo como hurgas entre mis
tripas,
asustando a mis gatas,
intentando volverme loca,
pero siempre a medias.

Y ojalá un fantasma más feo
para así al menos tener una
sola razón
aunque no sea de peso.

viernes, 15 de febrero de 2013

***


No te fíes nunca de una artista.
Puede estar recién llegada
del infierno.
Y eso no hay poema humano que lo cure.

miércoles, 13 de febrero de 2013

Resacas


Algo que no me merecía 
era leer tu nombre
cada vez que la resaca me cerraba los ojos.

Y los temblores
y las ganas de desintoxicarme 
no eran culpa de la noche anterior
sino de tu recuerdo
pegado en mi piel
como la droga que sé que nunca
se irá de mi cerebro.

Recuerda que el veneno siempre
aparece,
quizás te arañé con demasiada violencia,
sigues debajo de mis uñas,
en mis retinas,
joder
y dueles
como la peor de las resacas
y créeme,
que es de lo que más sé
últimamente.

Nunca me había funcionado
beber para olvidar
pero tú siempre fuiste una excepción.
E igual que mis vómitos,
apareces a la mañana siguiente
en forma
de tortura,
en forma
de tristeza,
en forma
de es normal estar mal,
ya se me pasará.

Como de costumbre,
sé que volveré a beber
aunque me proponga una retirada
a des-tiempo.
Espero para ese entonces
que tu nombre no aparezca
al cerrarme los ojos la resaca,
y si lo hace
por lo menos que ya no me duelas.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Poema de amor.



Mis tribus amazónicas
te persiguen cada noche
en rituales de sangre y guerra.
Te comen con la violencia
de un depredador hambriento,
te tragan y te engullen
por sus menudas gargantas de
indígenas.
Hacen trenzas de amor
con tus recuerdos
y piden al dios del sol
y al dios de la lluvia
que brilles y lluevas
siempre por igual.

Piden por la abundancia
de tus carnes huesudas
en cada sueño
e interpretan las señales del
futuro
en tus pupilas.
Nadie que no seas tú,
gritan,
nadie que no seas tú
quedará vivo
en esta tierra de nadie,
en este desierto verde de árboles,
en este río seco de sed.

Así es como empezó la guerra
dentro de la guerra.
Nunca aprendieron el idioma
que les llevaría a entenderse
y aun así sabían que la única carne
comestible
sería la tuya.
Cada noche
encontraban en tus ojos el sabor
del futuro
y masticaban los tendones que te unían
al mundo
y a mí
y me miraban
con sus enormes ojos negros
de indígenas.

Pequeños hombres morenos,
de pelo negro
y dientes roídos de canibalismo
amazónico.
Se comían el bosque
en el que respirabas
y susurraban canciones
que soñaban
justo antes de salir a cazar.

Eres la comida que alimenta
al miedo con el que nacemos
y la valentía con la que sobrevivimos.

Llevan tus dientes de amuleto
y una vez me regalaron uno
por escribir en las cortezas de sus bosques
el nombre que tendría su diosa
después de ser consumida
con las manos,
cruda.
Después de luchar en vano
por una diosa
que dejó de creer mucho antes en ella
que todos esos hombres pequeños
y morenos.
Incluso mucho antes que yo
que aun te mastico entre hojas de coca
y agua sucia de río.

Sé que vuelves
la noche en la que no me dejan
ir a cazar con ellos.
Esa noche duermo en la choza
de las mujeres,
mientras oigo,
aun con los ojos abiertos
como cantan y gritan
los poemas de amor
que soñaba
cuando dejaste de volver

desangrada
y
dispuesta a ser
comida
por todas mis tribus amazónicas
que ahora es a mí a quien persiguen.

Nunca debí darles una diosa
en la que creer.
Ni enseñarles a ver el futuro en tus ojos,
ni escribirles un nombre que no entenderían
jamás.
Porque como ellos,
un festín en tu nombre y con tu cuerpo
era lo mismo
que destrozar el bosque entero
en busca del poema de amor
perfecto
para mí,

y que siempre tendría que asesinar
para ver en tus ojos el futuro
y en los míos
el miedo y la valentía
de los que sobreviven
al castigo de saberte
y
saborearte.

domingo, 3 de febrero de 2013

Una teoría más sobre la anarquía.

Tuve que convencerme
de que la anarquía no eran sus ojos,
ni su piel selvática-indomable,
ni si quiera su ciudad
que no era ninguna
y era fantasma.

Me convencí de que pisar tierra firme
era hundirme en sus recuerdos
invisibles
y salir a flote
después de muchas miradas perdidas.

Y lo de los polvos de borrachera,
las lágrimas que nunca me permití enseñarle
a nadie
y el verano que está por venir,
donde casi coincidimos
y al final nada.
Todo eso solo fueron razones
sin peso,
fantasmas.

Fregar los platos de la cena
cayendo en la cuenta
de que la anarquía no era su voz
aunque ya no me acordase de ella.
Como todos esos libros sobre teorías
que nadie lleva a cabo
porque se sabe desde el principio
que algo saldrá mal.
Al loco que se le ocurrió
mandar a tomar por culo a la gente,
a ese loco le daría yo una buena paliza.

Tuve que convencerme de que
tenía que convencerme
de que
no quería saber el significado
de la palabra definitivo
ni quería oírsela nombrar a nadie
que no fueras tú,
selvática-indomable.

Por eso me inventé un nombre para ti.
Porque ya hay demasiados libros
que hablan sobre la anarquía,
donde apareces en cada página
y que algún día un loco hará realidad,
ardiendo la ciudad fantasma,
quemando edificios gubernamentales
y políticos ladrones y mentirosos.
Y al final algo saldrá mal,
seguro que algo saldrá mal,
pero el fuego en tus ojos anárquicos de vida,
sonrientes de vida
me dará la razón.

Al menos la del próximo verano.

Infidelidad#1

Todo está bien hasta que te veo y tú dirás que entonces genial, porque no nos vemos nunca
pero maldigo a la imaginación que te mantenía conmigo y que encima tenía derecho a hacerlo,
porque aun no sabe que ya no tienes por qué estar de vuelta de ningún lado, conmigo.
Maldigo los recuerdo y maldigo que aparezcas en mitad de un bar rodeada de verano y me pares en seco y me hagas entristecer.
Esa no era nuestra función. Estar mal es para cobardes gilipollas. Estar mal es para inmaduros retrasados, pero no para nosotras.

Y debo ser cobarde y gilipollas,
inmadura y retrasada
porque no sé cómo coño levantar cabeza
sin verte en cada rincón
de este bar,
de esta calle,
de aquí
y lo peor,
de allá.


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.