miércoles, 6 de febrero de 2013

Poema de amor.



Mis tribus amazónicas
te persiguen cada noche
en rituales de sangre y guerra.
Te comen con la violencia
de un depredador hambriento,
te tragan y te engullen
por sus menudas gargantas de
indígenas.
Hacen trenzas de amor
con tus recuerdos
y piden al dios del sol
y al dios de la lluvia
que brilles y lluevas
siempre por igual.

Piden por la abundancia
de tus carnes huesudas
en cada sueño
e interpretan las señales del
futuro
en tus pupilas.
Nadie que no seas tú,
gritan,
nadie que no seas tú
quedará vivo
en esta tierra de nadie,
en este desierto verde de árboles,
en este río seco de sed.

Así es como empezó la guerra
dentro de la guerra.
Nunca aprendieron el idioma
que les llevaría a entenderse
y aun así sabían que la única carne
comestible
sería la tuya.
Cada noche
encontraban en tus ojos el sabor
del futuro
y masticaban los tendones que te unían
al mundo
y a mí
y me miraban
con sus enormes ojos negros
de indígenas.

Pequeños hombres morenos,
de pelo negro
y dientes roídos de canibalismo
amazónico.
Se comían el bosque
en el que respirabas
y susurraban canciones
que soñaban
justo antes de salir a cazar.

Eres la comida que alimenta
al miedo con el que nacemos
y la valentía con la que sobrevivimos.

Llevan tus dientes de amuleto
y una vez me regalaron uno
por escribir en las cortezas de sus bosques
el nombre que tendría su diosa
después de ser consumida
con las manos,
cruda.
Después de luchar en vano
por una diosa
que dejó de creer mucho antes en ella
que todos esos hombres pequeños
y morenos.
Incluso mucho antes que yo
que aun te mastico entre hojas de coca
y agua sucia de río.

Sé que vuelves
la noche en la que no me dejan
ir a cazar con ellos.
Esa noche duermo en la choza
de las mujeres,
mientras oigo,
aun con los ojos abiertos
como cantan y gritan
los poemas de amor
que soñaba
cuando dejaste de volver

desangrada
y
dispuesta a ser
comida
por todas mis tribus amazónicas
que ahora es a mí a quien persiguen.

Nunca debí darles una diosa
en la que creer.
Ni enseñarles a ver el futuro en tus ojos,
ni escribirles un nombre que no entenderían
jamás.
Porque como ellos,
un festín en tu nombre y con tu cuerpo
era lo mismo
que destrozar el bosque entero
en busca del poema de amor
perfecto
para mí,

y que siempre tendría que asesinar
para ver en tus ojos el futuro
y en los míos
el miedo y la valentía
de los que sobreviven
al castigo de saberte
y
saborearte.

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