martes, 5 de marzo de 2013

Mi hogar.



A veces solo necesitas tocar el fondo
con tus propias manos
y saborear el lodo entre tus dientes,
la mierda impregnando tu cuerpo,
la oscuridad iluminándolo todo,
para darte cuenta de que es hora
de salir a flote.

Y esta vez,
sin dejar a nadie en el camino
como te habías acostumbrado
hacía tiempo ya.
Agarrándote a ti misma,
abriendo bien los ojos
y procurando no pisar
más arenas movedizas.

A veces necesitas del cabreo de otros
para darte cuenta
de que tus enfados ya no significan nada
ni siquiera para ti misma.

Entonces llegar a casa
no era una recompensa.
Habías intentado quemar
los únicos hogares que te habían soportado
durante años.
Tus incongruencias,
tus odios premeditados
y los irracionales también.
Habían aguantado entre
sus propios desastres naturales
tu peculiar forma de querer
y herir al mismo tiempo.
Los que soportaron estoicamente
tus soberbias,
tus rabietas
y las facturas de luz, agua y gas
de todas tus borracheras.

Quizás fuera en el fondo donde
no fui capaz de reconocerme
y quizás cayera en la cuenta de
que era posible que en mis hogares
instalaran alarmas
el día que decidí mandar a tomar por culo
códigos y normas.

Pero basta darse cuenta.
Quiero decir,
de verdad.
Sabiendo que todo esto no es culpa de nadie
y que como siempre
era en mí donde radicaba
el cambio.

Y lo siento.
Siento haber intentado quemar
mis hogares
cada vez que algo en mí
iba mal.
Y aunque no te prometa una
reforma
te prometo una salida de emergencia,
una manguera,
un extintor.

O a la Ana de siempre,
recién salida de la mierda
dispuesta a darse la mayor
de las duchas.
De las luchas.

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.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.