viernes, 5 de abril de 2013

2204.08



Pensé, somos tan imposibles
que no coincidimos ni en sueños.
Mientras yo tengo que bajarme de aviones
que no van a ningún lado
tu pierdes vuelos
entre lágrimas.
2204.08 kilómetros más tarde
nos damos cuenta
de que habíamos nacido siendo
especies animales diferentes
y las dos sin alas.
Hablé sobre imposibles
antes de conocerte,
cuando la vida era estática
y mis fracasos solo eran parte de
una terrible adolescencia.
Mucho después me descubro
teniendo la sensación
de que el destino había preparado
un plan macabro
del que me empeñé una y otra vez
en no escapar.

Tú querías sobrevolar la roca
oníricamente
mientras yo despertaba de una fobia
contra la que siempre conseguía luchar
sin presenciar el desastre.
Mi último pensamiento paracaídas
era tu pelo.
Mis aviones,
siempre equivocados,
llenos de extranjeros,
guiris blancuzcos,
se pasaban la noche buscando un
buen lugar para despegar
mientras la tripulación
nos decía que guardásemos la calma.
Yo solo pedía, una y otra vez,
el primer billete
que se comiese la distancia
a doce mil kilómetros de altura.
Al final, siempre acabamos despertando.
Mis aviones terminan aparcando lejos
de la civilización
y los guiris y yo tenemos que volvernos a pie
mientras a 2204.08 km tú sueñas
que la oportunidad para verme
se te cae por el camino
y no hay tiempo
y de repente me echas de menos.

Como un puñetazo en la barriga
o
en la nariz.

Ese es un estilo de realidad
por el que no profeso ningún tipo de amor
ni
respeto.

Yo nunca desistí.
Volvía una y otra vez a subirme a aviones
que no tenían cielo suficiente para volar
y los pocos que lo conseguían
acababan cayéndose en mitad del mar
mientras tu pelo paracaídas
no me salvaba de morir ni de despertar
pero sí me dejaba morir
anestesiada de felicidad.

Por cierto: Todos mis accidentes aéreos
también deben significar que te echan de menos.

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.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.