martes, 2 de abril de 2013

Buitres y moscas.



Nos teníamos como si ya
nos hubiésemos perdido
por primera vez.
Nos agarrábamos tan fuerte
que llegamos a romper las costuras
quedándonos solas y desnudas.
Tuvimos miedo a que lo siguiente en romperse
fuera nuestra piel
y nos abrigamos con distancia
y silencio
y desidia.

Guardo, sin mucha esperanza
los trozos de tu ropa
y no de tu pellejo.
Me siento a la orilla del mar
a imaginarte desnuda
mientras el mundo nos sonríe.
Me regalé aquel momento
porque creo que me lo debías.
Te moldeé con mis ojos
y con mi imaginación
mientras el agua mojaba mi piel intacta
de ti.
Me levanté cuando los absurdos
a los que acostumbro
me golpearon en forma de sol
y calor
y cáncer.

No puedo estar la vida entera
esperando a que quieras remendar
la ropa que dejó que te escaparas,
ni creer que de alguna manera
si te tengo cerca
podré aprovechar,
esta vez,
la oportunidad de desgarrarte a tiras la piel
hasta ver tus costillas.

Nos teníamos como se tienen los veranos
que se alargan hasta el invierno.
Hirviendo hasta evaporarnos,
consumiendo nuestras bacterias
junto al tiempo que nos separaba,
preparando los tés de las resacas
que nunca más pasaríamos solas,
y nos dimos tanta prisa
y tanto esmero en cocinarnos
que nos quedamos crudas a mitad
de camino
entre un banquete y una indigestión.
Fuimos capaces de atragantarnos
silenciosamente.
Tanto que ninguna de las dos supo
quién moría antes.

Ahora entiendo lo de todas aquellas moscas.
Eran la metáfora urbana de los buitres
que venían a por nosotras,
carnes de cañón,
desnudas
y raquíticas.

Ninguna supo quien debía empezar
a agarrar a la otra
hasta dejarla sin piel.
Así es como nos despellejamos
a nosotras mismas
entre el silencio y la distancia
y la desidia
de tener que imaginarte a mi lado
en vez de manchar aquella playa
con la sangre de nuestros encuentros salvajes,
y animales,
y vehementes.  

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