miércoles, 10 de abril de 2013

Todos nuestros animales



Tus ojos eran caballos salvajes
corriendo desbocados
y el polvo que levantaban
en cada estampida
era tu piel,
marrón y transparente,
asfixiante y envolvente.
Por aquel entonces
yo solo era una pajarraco
de colores
al que aun le estaban creciendo las alas.
No podía volar.

Quería ver tus caballos
en mi jaula cada amanecer,
rellenándome el comedero de alpiste,
poniéndome agua nueva
y limpiando los excrementos
del día anterior.
Quería el polvo del desierto,
que siempre te dije que eras,
entre los barrotes de mi libertad.
Puede que sí que supiera volar.

Aun busco la estampida
en la que ni tus caballos
ni mis colores
aprendieron a volar
pero se encontraron para siempre.
Vi tus garras de león
y te dije: desgarra hasta el hueso.
Te dejé dormir en la barriga del oso
en el que me había convertido
cuando descubrí que eras el bosque,
y comí y bebí de ti
durante todo aquel invierno.

Te hablé sobre mi miedo a las serpientes
mientras terminabas de engullir
mi cola de ratón
y reptaste conmigo dentro
mientras me diluía entre tus jugos gástricos.

Nunca te enamores de un animal
que corra más rápido
o
que vuele más alto
o
que sea más fuerte que tú.

No te conviertas en el animal salvaje
que nunca supiste ser
solo por dejarte cazar
por ella.

Puedes esconderte, también,
ver cómo devora a todos esos animales
que no eres tú.

Huye de la jaula donde sus caballos
no pueden asfixiarte
y únete a su manada.
Aúlla a la luna de su ombligo
y empiézala a comer desde dentro hacia afuera.

Se un animal enfurecido
entre sus piernas.
Tanto que no la puedas controlar
después.
Tanto que chille como un torturado
de guerra.

Que la palabra adiestrar
te rompa en pedazos la boca.
Que se coma a la mitad del público
de tu circo
y llegue luego mansa
a los pies de tu cama
con el rostro aun lleno de sangre.

No te enamores de un animal
capaz de cazar pájaros más grandes que él
pero que se conforma, a veces,
con pienso barato y agua
ni te inventes un nombre ridículo
que intente atrapar su personalidad,
ni le enseñes a darte la patita.

Selvática indomable, recuerdas.
Ella era el bosque,
el desierto y la selva.
Te conformaste con bostezar
cuando tenías hambre, depredador.
A sacudirte las moscas con el rabo,
mientras sus caballos
corrían desbocados río abajo.

Los animales presienten
los desastres naturales.
Debí imaginarme que huir a las montañas
no era un plan, ni una estrategia,
sino instinto.

Yo aun sigo sin saber volar.
Perdona.

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