viernes, 26 de abril de 2013

Yegua.



Cuando se recogía el pelo y parecía que algo iba a ocurrir y que el tiempo de ponerse a salvo había pasado ya. Cuando se retorcía y sabías que no era por ti, ni para ti, pero te sonreía. Oye, que gracias. Oye, que muy bien. Pero es imposible aceptar tal despropósito cuando una diosa (o eso nos lo parece a nosotros) baja del Olimpo (o de donde sea, eso da igual) y te folla de todo menos el alma. El alma se deja en la puerta al entrar. Como si su cuerpo fuera un lujoso apartamento con parquet. El alma la dejas en la entrada, no vaya a ser que me hagas algún arañazo.
Piensas en la miel y en el limón de su cuerpo y el tuyo empieza a temblar. 
Cuando se suelta el pelo y te asfixias en un mar de tentáculos. Has empezado a creer en algún ser superior para poder dar explicación a semejante desproporción y magnitud de belleza y fuerza. Es la yegua salvaje imposible de montar así que la cabalgas, como el indio de tus venas te ordena. 
Lo primero que tienes que hacer es aprender el idioma de los animales. Luego drógate porque no querrás dormir. El único descanso será la muerte. A ser posible, entre sus indomables piernas elásticas, kilométricas, bronceadas y salvajes.
No te vayas a enamorar. Esa palabra, de hecho, no existe en nuestro idioma de saliva y follar. Saliva y follar. Te ríes nerviosamente porque se recoge el pelo. Todos han huido y el suelo tiembla. Eres gilipollas y no solo tú lo piensas. Esta noche o aprendes a comer con las manos y la boca o un huracán o algo así te mandará lejos, muy lejos de aquí. 
Estar a la altura de alguien así, infinita, es complejo. Más vale que tengas maña y fuerza. Más vale que sepas ser un maleducado. Más te vale que finjas atarla en corto. 
Por su piel repta la tinta de la que nunca serás partícipe. No has sido nunca capaz de preguntarle su nombre, cómo vas a atreverte, si quiera, a saber el por qué de ciertas marcas. 
Quiere estar guapa y para ti no hay castigo peor. De lejos se oyen las voces de los hombres cobardes y astutos gritándote. Fóllatela y no la dejes escapar. Seguro que se vuelve loca, algo malo debe tener. Vete por donde has venido, no tienes nada que hacer.

Hijos de puta, vengan aquí, bajen al Inframundo por mí y prínguense las manos de azufre como estoy haciendo yo. Qué fácil hablar de practicar el canibalismo cuando al ver aparecer a tremenda depredadora salen por patas.

La mujer a la que nunca has oído hablar. La que lame tu oído con gemidos. La que rasga tus sábanas nuevas. Sábanas de sábado. La indestructible. Esa a la que tantas ganas tienes y por la que no darías ni un duro. Nadie paga por vencer a su propio ser divino. Nadie paga por dejar de creer. Vives en su vientre y el miedo hace las veces de almohada. Notas todos los huesos de su cuerpo, cubiertos por un cuero oscuro y terso y ves a la bestia dormir profundamente. Ni así te parece manso, el animal.

Imagina, luego, que se te ocurre mirarla a los ojos y ves, en serio, caballos galopar en su iris arenoso, polvoriento, desértico. Tiene el color de la tierra porque ella es la Tierra y a veces se te antoja pensar que igual has nacido de ella. O para ella.
Nadie te avisó de que aquello iba a suceder. Simplemente no supiste ver las señales. Debe ser que tienes un instinto de mierda. Propensión al desastre y a la destrucción.
Te agarra como se agarra a un gato nervioso y asustado. Con cuidado de no salir perjudicada. Te agarra con miedo al después y sobre todo, al ahora. Se te ocurre pensar que igual has ganado terreno y se te antoja ser el León de su selva sin saber lo de su látigo.
Maldita la hora en la que perdí la batalla a la noche de su origen. Ella se retuerce como lo hace el hierro hirviendo. Se vuelve incandescente entre tus manos y te arde la boca. Se derrite. Alrededor de todo tu cuerpo, se solidifica luego. Es el sudor de la batalla luchada hasta la derrota.
Este animal rebosa fertilidad por todos sus costados. Oíste la leyenda de sus caderas, de sus clavículas, de sus costillas y pensaste, qué casualidad.
Te esforzaste por ser un chacal. Aprendiste a ladrar. A ponerte a cuatro patas, a lamer heridas que ni siquiera sabías que existían. Esa mujer está poseída y vive entre la Sabana africana esperando que te vayas a dormir para aparecer. Esta vez entre tus sueños.

Se retuerce por enésima vez, como la ola perfecta. Sigues oyendo, de lejos, de cada vez más lejos, FÓLLATELA. HAZLE DAÑO. NO LA DEJES ESCAPAR CON VIDA.

Y tú, que lo único que quieres hacer es ir hasta la entrada de su lujoso apartamento con parquet a calzarte tu alma de nuevo y marcharte a donde sus estampidas no te asusten nunca más, te quedas esperando a ver qué pasa. Paralizada. Catatónica. Solo sabes relamerte. Salivar.
Siempre demasiado animal. Lo siento, las yeguas como tú siempre me dieron demasiado vértigo.
No voy a cabalgar estas praderas nocturnas sobre ti pero haré que las recorras hasta que te las sepas de memoria. Un León no sé.

Pero una Leona no se cansa nunca.

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.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.