miércoles, 17 de julio de 2013

La Herida Universal



Creo en la herida universal,
de hecho,
la estoy tocando,
de hecho,
tus dedos escarban en ella
en busca del final.
Somos carroña,
la puta herida universal.

Íbamos girando como por inercia,
el universo se ha abierto en canal,
nadie puede parar semejante hemorragia.
Aquello era quererse de verdad,
era mirarse con los párpados del revés,
revolverse las tripas
porque era donde estábamos,
una forma de rascarnos
todo lo que no queríamos dejar
cicatrizar.

Nada peor que enfadarse por segunda vez
con el universo del que se forma parte.
El “ya te lo dije”, el “siempre igual”
escrito en la pared
con la sangre de mis tripas.
Aunque lo quisiera,
he mirado
y no estás.

Íbamos a contrarreloj,
alguna de las dos debía saberlo.
Todos hicimos lo que pudimos
para vernos reventar.
El asfalto quedaba muy lejos
desde aquellas alturas.
Soy ese mosquito,
justo ese puto suicida
sin miedo a la vida.

Creo en ella porque era
La Razón.
Debimos aprender algunas nociones
básicas
de cirugía visceral.
Aunque estuviéramos muertas
y volviésemos a formar parte
de
la
gran
herida
universal.
Daba igual.

La herida universal era verte
cada vez más lejos
sin moverme del sofá
Era arrancarse las uñas sin piedad
porque ya no había más sucedáneos de piel
que querer arañar.

Eras tú.

Ojalá no me dejes nunca
desangrar.

Pero me equivoqué:
llegamos tarde ambas
a la primera clase de
cirugía visceral.

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.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.