jueves, 29 de agosto de 2013

Caballo perdedor.

Ahora que sé que todos vamos a morir
quiero que sepas
que debí ser más valiente cuando pude.
Ahora solo me pesan todas las veces
que dije que me iba a marchar
y no lo hice.
Debí cambiar a mejor, más rápido.
Cuidarme, dejar de sobrevivir
entre ruinas.
Poder alargar un poco más la existencia,
pero siempre me he acostumbrado
fácilmente a que las cosas ocurran
como lo hacen.
No creo que esta fuera la naturaleza
que enorgulleciera a mi madre,
no creo ni siquiera
que sea un proyecto, un boceto
de lo que tenía preparado para mí misma.

Pero ahora que sé
que todos vamos a morir,
me pregunto si está del todo mal
esta actitud fatalista,
derrotista,
ambigua.

Había que luchar siempre por algo,
aunque tuviésemos siempre las de perder
y eso era lo bonito de la vida.
Éramos caballos perdedores
intentando hacer feliz a alguien.
A mí me hacía feliz correr.
Solo correr.
Ni siquiera pensaba en ser libre,
ni galopar por las praderas.
Igual que aquel abril,
en el escalón de casa de abuela:
lo único que he querido siempre es salir corriendo.
A modo de huida,
a modo de encuentro,
a modo de pérdida.

Pero ahora que sé que todos vamos a morir
tengo miedo.
A que de pronto todos mis arrepentimientos
vengan a comerme,
y me lleven lejos,
y que la poca luz que queda aun en mis ojos
se apague.

Necesito que alguien me salve.
Un rescate de última hora.
Con el agua hasta el cuello
es imposible no pensar
en la muerte.

Y aun así,
he podido salvar lo poco que nos quedaba.
Lo llevas dentro.

Procura no morir nunca:
Tú nunca fuiste como el resto.

domingo, 25 de agosto de 2013

Poema de amor III

Lo cierto es que no he dejado de verte
desde aquella despedida en Plaza Universidad.
Dejé de ver tus fotos,
de hablar contigo,
de saber de ti.
Pero es imposible no convertir
a las puertas de mi casa,
al colchón de mi cama,
a la zapatera de mi cuarto,
en tu imagen.
Mirándome.
Hablando sobre cómo hemos envejecido;
en un mes una persona puede
hacerse vieja de golpe:
solo hace falta una despedida como esa.

Cuando apareces es como si me diera igual,
bebo y hablo con mujeres algunas noches,
me olvido de que existes por un momento,
pero lo cierto es que
en la ducha,
en el café de por la tarde,
en los cigarros a medio poema,
apareces sonriéndome
y puedo sentir que no eres una pantalla
de ordenador.
Puedo ver los lunares paralelos de tu espalda
y el traquetear de mis dedos
por tus vértebras,
todos tus huesos haciendo peripecias
en un universo que no da tregua.
Eres la botella de agua de mi escritorio,
las sillas vacías de la mesa del comedor,
la ventana abierta de par en par.
Tú me miras,
palpas mis arrugas
y eres incapaz de comprender
cómo una despedida puede haber hecho esto en mí.

Desde entonces prefiero el camino más largo
siempre,
ir a cuestas con la vida,
quiero irme de esta ciudad.

Lo raro es que antes, al verte,
solo hubo un par de segundos
donde aparecías tan lúcida como
en todas las cosas de mi casa.
Habitas más en mí
que en ningún otro lugar.
Sigo repitiendo que hubiera sido una locura
haberte dejado escapar,
que nos íbamos a cansar de despedirnos,
que iba a ser joven para siempre.

Pero mi lámpara de Ikea,
mi cenicero robado de algún bar,
mi mechero clipper
no paran de verme envejecer.

Sigo en Plaza Universidad.
Sigo besándote con un montón de bolsas
entre los pies.
Sigo viéndote salir de la ducha,
despertar,
cortar trocitos de panceta mohosa.
Sigo viéndote en todas las paredes
de esta habitación
mientras una hilera de dientes
brilla en tu boca.

Lo cierto
es
que
tú sigues.

Yo no.

miércoles, 21 de agosto de 2013

De mal en peor

Me siento un viejo decrépito,
un loro enjaulado
en casa de unos abuelos sin nietos.
Me sé un par de nombres de memoria
aunque a veces los mezcle
y me los beba como píldoras
entre cerveza.

No entiendo lo que es la piedad.

Ahora mismo podría lanzarme al vacío.
No pensaría en nadie.
-Miento-
Esto de aquí no es tristeza,
ni soledad,
ni ausencia.
-Pienso-

No a mí, pero si al resto,
veo al mundo más como un agujero negro
que como un planeta.
La última vez que lloré
no fue por ti:
Me había dado cuenta de que
la persona que siempre había querido ser
era por fin yo
y no me gustó.

-Me equivoqué-

Podría volver a ser la mujer
de la que nadie se enamoró del todo.
Una mendiga del amor,
renegada del amor,
gilipollas del amor.
Pero no sé cómo dar la vuelta al tiempo.

-des-crecer-

El problema era siempre,
tener que enseñar al mundo lo que era amar
sin certificados,
ni diplomas.

-Nadie creería a una don-nadie-

Probablemente perdí demasiado tiempo
explicando cómo se debían hacer las cosas.
Ahora solo sé estar en silencio.
Soy una autista en mi propia vida.
La oyente muda en clases magistrales de:
“La mierda del mundo no son las mujeres
pero es una buena excusa”.

Me he cansado de pelear.

Guardo todas mis armas,
junto a todos mis polvos.
Lo que no tengo ganas es a
resistir.
Atrincherada siempre en la misma basura
que mueve al mundo.
La gente quiere besos y follar
y enamorarse
y a mí eso solo me parece una lucha
inútil,
una batalla que simplemente
he decidido perder de antemano.

No estoy jodida,
aunque el primer impulso siempre sea
joder sin piedad.

-Recuerda, no sé su significado-

Lo que quiero es que mis poemas de amor
nunca hubiesen existido.
No tener un simbolismo encriptado
que nadie entenderá jamás
y que, probablemente,
la gente, en algún momento, se dedique
a traducir de la manera que le venga en gana.
Da igual lo mucho que quieras expresarte,
nada de eso les llegará como salió de ti
y es una mierda el arte.
Pero como con las mujeres,
no me imagino el mundo sin él.

Y así es la vida todo el tiempo:
enviar mensajes
para que los receptores lo codifiquen,
almacenen
y reproduzcan a su puta manera.

Y cuando hablaba de su mirada
selvática-indomable,
ninguno de ustedes estuvo ahí
siendo desmembrado por semejante
hembra.
Minúscula hembra.

Lo que quiero decir
es que si lo que hacía falta para escribir
era ir almacenando la mierda
de días
y semanas
y meses,
eh, bienvenido sea,
pero no esperes de mí una sonrisa,
un verso
o una copa de “quiero que sepas que te quiero
y follar también”

Por mí se pueden quedar con todo
el amor del mundo.
-Con su dolor también, por supuesto-

Al final
ir de mal en peor
iba a ser la solución
a todos mis problemas.

-Puede que me vuelva a equivocar-

De blablablá

No es un poema de amor lo que necesitamos.
Ni uno iracundo dispuesto a destriparnos
a la primera de cambio.
No es necesario un lugar que nos recuerde
siempre
tal como éramos.

No quiero que tu piel blablablá,
ni tus piernas de gacela haciendo
doble salto mortal
a otra isla que no es la mía.
Ni quiero que seas la única puta razón
por la que me siento incapaz de sentir
nada.

Y cuando digo nada, es eso mismo.
No es un cabreo, ni una perreta,
ni siquiera siento despecho;
solo un enorme vacío,
como si un ser divino
hubiese dejado todo lo que estaba haciendo
en ese momento
(ver morir niños en África, probablemente)
y con una cuchara me hubiera vaciado
de cualquier resquicio de sensiblería
que hubiese quedado en mí después
del nubarrón de ti
que me ha pasado por encima.

Lo que quiero es una vida
después del desastre
que todos han presenciado
menos tú.
Quiero una casita a las afueras
de mi raciocinio
para poder decir que por lo menos
había algo que sí que se me daba bien contigo:
volverme loca.
Quiero respuestas
a todas las preguntas con las
que fabrico
mi Gran Muralla China.

Lo mejor de todo,
es que hoy no estoy enfadada con el mundo,
ni contigo, ni sin ti,
ni siquiera conmigo
(a pesar de los pesares).
No siento rabia, ni odio,
ni ganas de olvidarte.

Pero tu piel blablablá
y tus piernas de gacela
con sus dobles saltos mortales,
todavía me hacen sonreír.

-Y puede que eso sí que me de un poco de rabia-

miércoles, 14 de agosto de 2013

El gato va a tener que esperar si quiere salir de aquí.

A mí me daba igual el dinero,
las ganas de dormir,
las distancias multiplicadas con el calor,
la gente en la calle,
la contaminación de la ciudad,
perder a las cartas,
no tener ropa limpia,
todos tus trastos amontonados
en un minúsculo cuarto.

Me daba igual todo
porque allí tenía mi fuerte.
Tú no lo sabías,
pero con los pies en el balcón
fui construyendo mi fuerte
contra el tiempo.
Hice de aquel fin de semana
el resto de mi vida.
Creo que aun sigo allí.
Soportando una resaca
que vale siempre por dos.
Y toda tu piel sigue haciéndome
las veces de amanecer,
las veces de horizonte,
las veces de
"me quiero quedar aquí para siempre".

Era como estar bajo el ala
de mi pájaro favorito.
Como regresar a la jaula de la que
rara vez fui capaz de escapar.
Aquello era la forma más bella de felicidad:
no tienes ni puta idea de lo guapa que eres, ¿no?

El resto de días me la paso anestesiada.
Eso que tú llamas muralla,
yo lo llamo morfina.
Me importa una mierda el mundo cuando apareces
pero puedo vivir tranquila si no lo haces.
El bosque, el huracán,
todo el viento que acaricia las alas del avión
que me trae de vuelta.

Lo peor de todo es cuando me paro
y de pronto sé,
que todo esto algún día será grande.
Hablo de mi adicción a la anestesia
y a tu manía de construirme murallas de más.
No bastan las que ya tenemos casi terminadas
que encima pedimos presupuesto para más.

Y te juro mi vida que cuando te hablaba de castillos
no pensaba en esta especie de cruzada.

Te imaginaba a mi lado
y vivía contigo siempre encima.
No era enfado,
solo una reacción alérgica a la injusticia.

¿Qué quieres que te diga?
El mundo no deja de alejarte de mí,
mientras yo sigo construyendo puentes
en la dirección equivocada.

Pero he hecho de aquel fin de semana
el resto de mi vida,
y ahora mismo estás sobre mí
mientras hablamos de ducharnos y cenar.
Mientras nos abrazamos fuerte
porque esta noche dormiré en una cama
que no es la tuya.
Lejos de mi fuerte.

Te dije que no te alejaras nunca más de mí
y tú aceptaste:
quizás debí prometerte eso mismo
a ti también.

Pero lo cierto es que nunca he estado tan cerca:
puedo notar mis lágrimas rodando por tus hombros,
tu respiración,
mis dedos agarrando tu carne
como si te fueras a evaporar de un momento a otro.

Debe ser que lo nuestro es un amor
envasado al vacío.

Solo espero el fin del mundo
en mi fuerte,
contigo.

En ti.

sábado, 10 de agosto de 2013

A reveure!

Ya no creo que esta ciudad se trague a las personas.
Ni siquiera a las personas como yo.

Con un poco de suerte y de tiempo, es posible que me termine por gustar del todo.

Y lo de los recuerdos, caminar sobre ellos, ya no me importa tanto.
De hecho, nada.

Empiezo a creer que la echaré de menos. A la ciudad y a la persona que soy en ella.

Nos volveremos a ver.
Seguro.


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.