miércoles, 14 de agosto de 2013

El gato va a tener que esperar si quiere salir de aquí.

A mí me daba igual el dinero,
las ganas de dormir,
las distancias multiplicadas con el calor,
la gente en la calle,
la contaminación de la ciudad,
perder a las cartas,
no tener ropa limpia,
todos tus trastos amontonados
en un minúsculo cuarto.

Me daba igual todo
porque allí tenía mi fuerte.
Tú no lo sabías,
pero con los pies en el balcón
fui construyendo mi fuerte
contra el tiempo.
Hice de aquel fin de semana
el resto de mi vida.
Creo que aun sigo allí.
Soportando una resaca
que vale siempre por dos.
Y toda tu piel sigue haciéndome
las veces de amanecer,
las veces de horizonte,
las veces de
"me quiero quedar aquí para siempre".

Era como estar bajo el ala
de mi pájaro favorito.
Como regresar a la jaula de la que
rara vez fui capaz de escapar.
Aquello era la forma más bella de felicidad:
no tienes ni puta idea de lo guapa que eres, ¿no?

El resto de días me la paso anestesiada.
Eso que tú llamas muralla,
yo lo llamo morfina.
Me importa una mierda el mundo cuando apareces
pero puedo vivir tranquila si no lo haces.
El bosque, el huracán,
todo el viento que acaricia las alas del avión
que me trae de vuelta.

Lo peor de todo es cuando me paro
y de pronto sé,
que todo esto algún día será grande.
Hablo de mi adicción a la anestesia
y a tu manía de construirme murallas de más.
No bastan las que ya tenemos casi terminadas
que encima pedimos presupuesto para más.

Y te juro mi vida que cuando te hablaba de castillos
no pensaba en esta especie de cruzada.

Te imaginaba a mi lado
y vivía contigo siempre encima.
No era enfado,
solo una reacción alérgica a la injusticia.

¿Qué quieres que te diga?
El mundo no deja de alejarte de mí,
mientras yo sigo construyendo puentes
en la dirección equivocada.

Pero he hecho de aquel fin de semana
el resto de mi vida,
y ahora mismo estás sobre mí
mientras hablamos de ducharnos y cenar.
Mientras nos abrazamos fuerte
porque esta noche dormiré en una cama
que no es la tuya.
Lejos de mi fuerte.

Te dije que no te alejaras nunca más de mí
y tú aceptaste:
quizás debí prometerte eso mismo
a ti también.

Pero lo cierto es que nunca he estado tan cerca:
puedo notar mis lágrimas rodando por tus hombros,
tu respiración,
mis dedos agarrando tu carne
como si te fueras a evaporar de un momento a otro.

Debe ser que lo nuestro es un amor
envasado al vacío.

Solo espero el fin del mundo
en mi fuerte,
contigo.

En ti.

2 comentarios:

Bubo dijo...

Que bien te ha sentado Barcelona ¿No? ¡Me alegro!

Ana! dijo...

mucho mejor de lo que esperaba, sí :D:D


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.