domingo, 25 de agosto de 2013

Poema de amor III

Lo cierto es que no he dejado de verte
desde aquella despedida en Plaza Universidad.
Dejé de ver tus fotos,
de hablar contigo,
de saber de ti.
Pero es imposible no convertir
a las puertas de mi casa,
al colchón de mi cama,
a la zapatera de mi cuarto,
en tu imagen.
Mirándome.
Hablando sobre cómo hemos envejecido;
en un mes una persona puede
hacerse vieja de golpe:
solo hace falta una despedida como esa.

Cuando apareces es como si me diera igual,
bebo y hablo con mujeres algunas noches,
me olvido de que existes por un momento,
pero lo cierto es que
en la ducha,
en el café de por la tarde,
en los cigarros a medio poema,
apareces sonriéndome
y puedo sentir que no eres una pantalla
de ordenador.
Puedo ver los lunares paralelos de tu espalda
y el traquetear de mis dedos
por tus vértebras,
todos tus huesos haciendo peripecias
en un universo que no da tregua.
Eres la botella de agua de mi escritorio,
las sillas vacías de la mesa del comedor,
la ventana abierta de par en par.
Tú me miras,
palpas mis arrugas
y eres incapaz de comprender
cómo una despedida puede haber hecho esto en mí.

Desde entonces prefiero el camino más largo
siempre,
ir a cuestas con la vida,
quiero irme de esta ciudad.

Lo raro es que antes, al verte,
solo hubo un par de segundos
donde aparecías tan lúcida como
en todas las cosas de mi casa.
Habitas más en mí
que en ningún otro lugar.
Sigo repitiendo que hubiera sido una locura
haberte dejado escapar,
que nos íbamos a cansar de despedirnos,
que iba a ser joven para siempre.

Pero mi lámpara de Ikea,
mi cenicero robado de algún bar,
mi mechero clipper
no paran de verme envejecer.

Sigo en Plaza Universidad.
Sigo besándote con un montón de bolsas
entre los pies.
Sigo viéndote salir de la ducha,
despertar,
cortar trocitos de panceta mohosa.
Sigo viéndote en todas las paredes
de esta habitación
mientras una hilera de dientes
brilla en tu boca.

Lo cierto
es
que
tú sigues.

Yo no.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.