lunes, 30 de septiembre de 2013

Pobre Ramón.

Bueno, ya he entendido que vas a por el pan, pero dime, ¿vas a volver?, porque a mí no me jodas, esto es lo típico de que te vas liando, te vas liando, y al final acabas pillándote un avión y largándote bien lejos de aquí. Avísame, sobre todo para saber cuántos espaguetis hago. Que siempre está bien que sobren, para la cena y tal, pero joder, si te vas me los voy a terminar comiendo hasta con rabia, y ya sabes lo que pasa cuando comes algo con rabia. Bueno, tú debes ser experta en eso, en tu vida has comido muchas cosas. Con mucha rabia, sobre todo.
Así nos conocimos... bueno sí, no te hago perder más tiempo. Tú solo avísame si de camino a casa te das cuenta de que esto es una pérdida de tiempo. Avísame porque soy un puto tío en paro y no estoy yo como para tirar la comida. Ni como para comer solo. Ni como para fregar los platos mientras en la mesa de la cocina no hay nadie hablándome sobre las nuevas reformas de mierdas del gobierno.
Ah, si te sobra del pan, ¿puedes comprarme tabaco?, sí, ya sé que te dije que lo dejaría, pero lo estoy pasando mal. Si te falta o algo, yo te lo devuelvo, creo que tengo suelto en algún bolsillo. No, no, de esos no que son muy caros, mejor cómprame de liar que así me duran más. Bueno, entonces vendrás, ¿no?, porque abandonar a un hombre es algo razonable, teniendo en cuenta las circunstancias, pero dejarlo sin tabaco es una de las crueldades más sucias que puedo llegar a imaginarme. Sí, quizás he sido hábil pidiéndotelo. Quizás sea mi estrategia para retenerte un día más a mi lado. Quizás no soporte la idea de que te marches para siempre y quiera llenarme de mierda hasta el culo. La muerte cuánto más próxima, mejor, ¿no?, en estos casos, digo...

Por cierto, mira a ver si tienen de leña. Crujiente, del día. Que no te engañen con esa mierda de pan chicloso que venden a veces, del día anterior. Son unos hijos de puta. Cuánto más puedan putearte a costa de forrarse, mejor. Ya, ya sé que son solo panaderos, pero joder, qué hijos de puta. Me he levantado enfadado hoy, ya sabes lo mal que me sabe que vayas a comprar el pan tú sola. Que no quieras que te acompañe. Si, bueno, hacer los espaguetis es una buena excusa para quedarme en casa, pero podría dejarlos con el fuego al mínimo. Así me aseguraría de que no te marchases, o de poder despedirme de ti, en el caso de que te importasen una mierda mis espaguetis con salsa de tomate barata. Estoy en paro. Los espaguetis, la salsa, el pan y el tabaco los has comprado tú. Ya sabes.
Bueno... pensándolo mejor, vete. Déjame el pan en el portal, si quieres. Y el tabaco. Pero puedes irte. Lo entenderé. No pasa nada. Yo también lo haría. Joder, te voy a echar tanto de menos...

Ella dejó que siguiese su soliloquio durante un rato más y luego le dijo:

Bueno Ramón, voy a por el pan, que me cierran. Déjame las llaves que igual te entran ganas de cagar y me quedo media hora esperando a que me abras, como siempre. Ahora vengo, haz los espaguetis y no los dejes que se pasen del tiempo, que ya sabes lo poco que me gusta comer los espaguetis pasados. Me los como con rabia, como todo lo blando, ya sabes.

Le da un beso y se va.

Pero vuelve.

Pobre Ramón, todos los días la misma historia. Nunca tenía suelto para el tabaco.

viernes, 27 de septiembre de 2013

I. La boca

Imagina un salto al vacío. Imagina la “palabra mágica”. Imagina un disparo a bocajarro. Imagina ser el único superviviente en la faz de la tierra. Imagina todos los planetas eclipsados al mismo tiempo, en el mismo lugar. Imagina el mar, las olas, la orilla. Imagina lo que nos rodea porque eres incapaz de apartar la mirada de su boca.
Ella bosteza, afuera el día se dedica a despertar al mundo a campanadas. Piensas: no puedo ser más feliz.
Imagina tu canción favorita. Todas ellas. Imagina el camino de vuelta a casa de aquella madrugada. Apresa lo que sentiste y esnífalo hasta que duela. Siente las sábanas frías en una noche de verano. Hunde tu cabeza en la almohada. Para el tiempo. Mira todas las fotos que hay pegadas en la pared. Cuenta las personas que faltan, las que sobran, las que más quieres, las que hace más tiempo que no están.
El truco iba a estar en imprimirla a ella también.
Concéntrate tanto que puedas llegar a sentir de verdad el agua resbalando por tu piel. Sal a la calle en mitad de una tormenta. Huye de tus miedos enseñándole los dientes. Imagina cómo sería sentir un rayo atravesándote las entrañas. Nunca pensaste echar tanto de menos al invierno. Imagina que nada de esto ha pasado. No hay mentiras, no escondes nada, estás de vuelta de una de las mejores noches de tu vida. Agarra esa sensación, joder, y no la sueltes jamás.
Aquel fue el mejor partido de mi vida. Me daban igual los amaneceres pero hubiera dado lo que fuera porque estuvieras allí conmigo.
Imagina que es fácil. Que es rápido. Que es ya. Recuerda todas las noches que pasaste a su lado. Imagina que no te vienen recuerdos absurdos mientras la besas. Imagina que no hiciste aquello para vengarte. Imagina que no la odiaste nunca. Imagina que la querrás para siempre. Tíñete la piel de ella y explica que así es como te sientes. Sin escapatoria. Marcada de por vida. Una no puede escapar de sí misma. Imagina que no dolerá. Acostúmbrate al hueco, al vacío, a la sensación que te acompaña cada noche desde que la conociste. Imagina que puedes respirar. Que quieres respirar. Imagina que ella está al final de todo. Que es verdad lo que dice. Que es verdad que la crees.
Nunca sentí que aquel sillón fuera mi enemigo. Asesino. Pero.
Imagina que lo que ves en el espejo te gusta. Estas son tus manos. Toca todo lo que quieras con ellas. Estos, tus ojos. Mira el mundo hasta sangrar. Esta es tu boca. Busca la suya. Corrige tus sueños. Ensáñate con la realidad. Gana esta partida como aquella primera vez. Vuelve a casa después de ganarle la guerra a la vida. Recuerda ese sentimiento. De nuevo, esnífalo hasta el fondo, hasta desfallecer. Siéntate al borde de la cama, piensa qué decirle antes de las buenas noches, escribe como si no la conocieses.
Porque no la conoces.
Imagina que la estás besando por primera vez. Que tus manos agarran su cara y tus ojos observan al mundo entero en un segundo. Hasta sangrar. Busca su boca. Ahí está. Ahí tienes tu salto al vacío, tu palabra mágica, tu disparo a bocajarro.
Ahí está. Ya está.


viernes, 20 de septiembre de 2013

Ni puta idea pero


Primero era necesario un fondo
para que se te desmenuzaran bien los sesos
en la caída.
Luego hubo un nombre, o dos
que pasaron por delante de tu vida
como si fuera la muerte.
Los conjuraste como si creyeses que tu dios
tendría un infierno para la gente como tú.
Aprendiste que la soledad apropiada
era la que solo tú eras capaz de imponerte.
Últimamente no creías que nadie pudiera
sacarte del pozo.
Ese sitio estaba bien.
No querías salir.

El dolor ajeno parecía tan lejano
que casi podías reírte de todos.
Volar era la forma más precisa de dejar de escuchar
la mierda que se derramaba de sus bocas.
El infierno te estaba esperando,
tu dios tenía los brazos abiertos y sonreía:
era agradable aquella bienvenida.

Los días caían como pesadas gotas de lluvia,
la vida se había convertido
en una enorme gorda sebosa
que no dejaba sitio a los demás para sentarse
en el avión.
A ti no te importaba en absoluto
sentarte por la parte del pasillo,
aunque la gente no parase de pedirte
que los dejases pasar.
La muerte llega por igual a precavidos
e incautos,
pero por si acaso,
el pasillo estaba bien,
la gente te daba bastante igual.
Lo que no soportabas
era una manada de imbéciles mirando
por sus ventanillas
sin saber que aquello que se veía era
el dragón que algún día
te llevaría lejos de aquí.
Lo sabías, porque no lo volverías a ver más.

Lo único que querías era caer del todo,
elegir entre descansar un rato mientras
todo se llenaba de sangre
o escalar de nuevo hasta ver la civilización
y encima
alegrarte por ello.
No te conviertas nunca en la gilipollas
que echa de menos como quien respira.
No seas la imbécil que necesita tregua
durante la guerra.
Y si vas a luchar,
procura gastar todos los cartuchos
antes de
abrazar a tu dios en el infierno
o
elegir pasillo la próxima vez
que te vayas de aquí.

martes, 17 de septiembre de 2013

El Descubrimiento

Habíamos descubierto el fuego.
Éramos los primeros humanos en la faz
de la tierra
que bailaban alrededor de una hoguera.
No sabíamos lo que era la sangre
pero la habíamos olido y saboreado.
Aquello era el mayor espectáculo de incredulidad
que el mundo pudo observar,
a pesar de ser las únicas allí, 
sentadas,
bailando,
rodeando la creación,
el secreto,
el calor.
Dentro de los animales que comíamos
habitaban espíritus.
No los habíamos visto nunca
pero sabíamos lo que eran.

Unos parecían demonios negros,
otros eran fuegos artificiales turquesa.
Yo descubrí el fuego
también en tus ojos
y bailé alrededor de ellos,
como implorando que nunca se apagasen.
Podíamos controlar el tiempo
en el que la oscuridad nos daba una tregua,
pero no sabíamos lo que era una hora
o un año.

Teníamos instintos primitivos
y poblamos la tierra con nuestras semillas.
No habíamos visto el amor
y tampoco sabíamos cuándo iba a ocurrir
aquel milagro.
Por aquel entonces,
viajábamos continuamente en busca
de tormentas.
No se nos ocurrió pensar
que los próximos árboles en arder
íbamos a ser nosotras.

No sabíamos lo que era la sangre,
pero estábamos llenas de ella.

El día que nos fusilamos
vimos espíritus gritar dentro
de nuestras heridas
y las lamimos hasta desgastar el dolor.
Fue instinto aquello que pasó,
ninguna de las dos sabíamos qué era
lo que pasaba con la saliva,
pero introdujimos nuestras lenguas
hasta el fondo,
hasta el final.

De no haber sido por el fuego,
hubiéramos seguido siendo animales
asustadizos,
huyendo de todas las tormentas que
ahora perseguíamos.

Habíamos descubierto el fuego
o eso fue lo que sentí cuando
nos encontramos en mitad
de la nada,
y casi parecía
que éramos los primeros humanos
que se amaban.

Aunque no supieran lo que era la sangre,
ni cómo crear por sí mismos las llamas.

Una cosa que nunca te conté es que
yo no perseguía a las tormentas.

Era en tus ojos donde estaba el fuego
que iluminaba los años de oscuridad
que transcurrían,
noche tras noche,
desde que nos encontramos
en mitad de la faz de la tierra.

lunes, 16 de septiembre de 2013

Guía de supervivencia.


Sus ojos eran brillantes
como el llanto de un recién nacido.
Eran como el futuro.
El bosque.
El oso.
Sus ojos eran atrapasueños,
agujeros negros,
podía sentir cómo me tragaban.
Eran una garganta,
alguien gritando en mitad del océano.
Eran el barco,
eran el naufragio,
eran la orilla,
podía notar como seguía con vida,
respiraba.

Sus ojos eran lobos hambrientos
desgarrando la carne,
esparciendo mis entrañas
cerca del río.
Eran las profundidades,
las bestias marinas,
el miedo a nadar.
Eran como lanzarse al vacío,
como perderse en el desierto,
el espejismo,
el instinto de supervivencia,
eran el dolor,
podía sentirlo.

Sus ojos eran flechas.
Yo ni siquiera llegaba a indio.
Eran la montaña,
la cima,
el silencio.
Eran la droga, el alcohol, el sexo.
Eran la música, el sonido del mar,
cerca,
la vida,
cerca.
Sus ojos eran el depredador,
el aliento detrás de la nuca,
eran correr a toda hostia,
tropezar con las ramas,
eran perder.
Eran ojos de fiera,
ojos salvajes,
indomables.

Sus ojos eran el robo a mano armada
más perfecto que he visto jamás.
Eran la huida,
el refugio,
el arma,
la bala,
el fuego.
Su descubrimiento.
Eran las alas,
dejarse llevar por la corriente,
flotar mirando el cielo
mientras tus oídos siguen sumergidos
bajo el agua.
Podía sentir el miedo.
Aprendí a nadar.

Sus ojos eran el caimán,
la gacela,
la ley de la selva.
Ojos de león,
de pantera,
de animal.
No tenían miedo,
prometían cosas
aunque no vieran el futuro.
Eran un bebé ciego,
la oscuridad,
el estómago encogido,
un funeral.
Eran árboles,
madera,
lápices, papel,
ideas.

Eran listos como nadie,
rápidos como ninguno.
Eran suyos
y algunas veces,
sumergida en el miedo,
corriendo detrás del mayor depredador
que haya existido,
en mitad de un naufragio,
en mitad de un desierto,
en mitad de un polvo,
en mitad de la nada,
también eran míos.

Y podía ver el futuro,
y era un animal
tan espectacular
como el que ella lleva dentro.

Quisiera por un momento
hibernar en su vientre,
en su pecho,
como una madriguera,
y ver al despertar
sus enormes ojos de animal salvaje,
y no tener miedo.

Había aprendido a nadar.

domingo, 8 de septiembre de 2013

But.

Lo que quería era ser la única persona de su vida. Sentir esa sensación de comprender que ningún sexo sería mejor que el que tenía conmigo. Nada de lo que hiciera con el resto de personas sería relevante. Nadie le escribiría poemas como los míos.
El problema era tener que luchar siempre con la parte de mí que dice "esto es mío".
Yo la veía siempre, veía cómo hacíamos nuestras vidas, besábamos a otras personas, queríamos gente a todas horas y de alguna manera sentía que yo debía ser mejor que todo eso que la rodeaba.
Lo que quería era ser el polvo de su vida. Todos sus orgasmos en fila india esperando impacientes mientras pronunciaba la palabra f-e-l-i-c-i-d-a-d.
Ella se mojaba los labios con su lengua de gata y entonces sucedía: era la única, era la mejor, no había nadie más en el mundo que pudiera superar aquello.
Lo único que quería es que todas las demás personas que pasaran por su vida fueran una mierda. Que no pudiera olvidar aquella vez en el baño, o esa otra por los suelos de nuestra habitación. Lo que quería era ser el único motivo por el que te esfuerzas en cambiar de vida, follarte a otras, a otros, enamorarte. El intento de superación fallido, a destiempo, sin sentido.

Pero lo cierto es que en mi vida me he sentido así. Ser la tristeza de la borrachera de alguien. Una tía llorando a las tres y media de la madrugada, sentada en la acera de una calle llena de borrachos. Nunca he sido la mayor mierda que le ha pasado a alguien. Nunca he visto orgasmos en fila india esperando por ti.
Los míos siempre vivían desordenados. Como yo.

Lo único que quería era no tener que verte lejos, incluso cuando te sentabas a mi lado. No quería respetarte. Quería violar cada una de las condiciones por las que seguíamos con vida. Odiaba el sucedáneo en el que nos habíamos convertido. Y ni siquiera era amor. Solo necesitaba demostrarte que conmigo todo iba a más, iba a mejor. No existías. Era una manera absurda e infantil de inflar mi ego, incluso por encima de sus propias posibilidades. Ya no me interesabas.

Pero.

Quería seguir siendo a tu lado. El alguien que lo cambió todo. El alguien que lo destrozó todo. La persona que te dijo que habría sido una estupidez no haber apostado sabiendo de antemano todo lo que teníamos que perder. Quería ser ese salto al vacío del que hablamos a veces los poetas. El error de tu vida. La persona que más infeliz te ha hecho sentir. Sí.

Pero.

Habría ordenado todos aquellos orgasmos por tamaño, color, forma e intensidad. Habría saltado contigo y te habría gritado en mitad de nuestro suicidio colectivo, que era imposible no sentirse tan feliz. Y mi sonrisa hubiera sido nuestro paracaídas, y ya no tendría de qué preocuparme. Aun no conozco a nadie que te haya salvado la vida mordiendo la carne hasta el hueso.

Pero.

sábado, 7 de septiembre de 2013

"Estilo propio"

Se paró frente a uno de mis dibujos. Yo le dije que se parecía a ella. Era una niña con sombrero, parecía tímida y frágil. Se lo dije. Se parece a ti. Solo que tú no eres una niña. Más bien una mujer. Pareces haberte hecho a ti misma.
Ella sonrió mientras miraba el dibujo. Yo la miré. Miré como lo observaba y sonreía. Hubo una especie de juego extraño e infantil. Ella me miró, yo aparté la vista, ella miró al frente, yo la volví a mirar, y así durante un rato hasta que los dos decidimos mirarnos a los ojos. Creo que fue sin querer, pero allí nos quedamos. Mirándonos. Sin saber muy bien si éramos dibujos o personas.

jueves, 5 de septiembre de 2013

Calendario Maya

La primera vez que Adam se fue de casa en mitad de la noche me dijo que estaba mal.
Yo intenté consolarlo, le dije que podía confiar en mí, podía estar con él y hacerle sentir bien.
Él se negó en rotundo. Me dijo que no le gustaba compartir ese tipo de cosas. Estar mal era cosa de uno mismo, dijo. Estar mal formaba parte de las personas y de su intimidad.

Podía contar conmigo. No tenia ni idea de lo que le pasaba. Solo dijo, "¿sabes?, no me encuentro muy bien, creo que me voy a casa".

Esa noche llovía. Dijo que no le importaba. Y no le importó.

Es de esas personas reservadas, tú lo conoces, sabes cómo es. Nunca les dice a los chicos que llorar está bien, que llorando te liberas de lo que te hace sentir mal. Él siempre les dice que hagan lo que sientan en ese momento, siempre y cuando no hagan daño a nadie, claro. Ni a ellos mismo. Si quieres ir a nadar, ve, si quieres gritar, grita, si quieres llorar, llora, y si quieres irte a casa y estar solo, hazlo. Eso es lo que les dice.

Los chicos lo adoran. Ya sabes cómo es. Hace muy bien su trabajo y siempre según sus principios; algo realmente admirable. "No tienes por qué joder a nadie, mucho menos a ti mismo, es normal sentirse así"... Muchas veces me pregunto si es eso lo que piensa cuando en mitad de la noche, deja la última cerveza a medio beber y dice que se va. No sé muy bien a quién le está evitando el daño.

La segunda vez que se fue de casa no insistí en que se quedara conmigo. Comprendí que ni siquiera podía estar consigo mismo. Solo le dije que si se sentía mal podía llorar. A mí no me importaba. Parece que a él sí. Me dijo que el día que lo viera llorar todo se iría a la mierda. Que todo cambiaría. Él cambiaría.
Yo no entendí muy bien así que le pregunté a qué se refería con cambiar, que qué se iría a la mierda y por qué.
Me dijo que todo se iría a la mierda porque llorar delante de una persona era una forma de vulnerabilidad terrible. Ya no habría secretos. Me dijo que lo vería de alguna manera desnudo y eso era algo que quería proteger a toda costa. Ese cambio del que hablaba... me dijo algo sobre el calendario Maya; yo me reí, él se empezó a poner los zapatos.
Al rato comenzó a explicarme: todo el mundo pensaba en el fin del mundo, cuando los Mayas solo hablaban del fin de un ciclo y el comienzo de otro. Para él aquello era la misma cosa, al fin y al cabo. El fin de un ciclo y el fin del mundo. Todo se iría a la mierda porque era vulnerable frente a alguien que en algún momento podía hacerle daño.

Por eso siempre prefería irse.

La tercera noche que se fue de mi casa también se sentía mal. Yo le dije que podía dejarse ayudar. Podía ayudarlo a estar bien.
Me dijo que no insistiera. Creo que es mi genética, ¿sabes?, cada vez me parezco más a mi madre. Somos incapaces de aceptar la ayuda de nadie. Todo lo que conseguimos es porque hemos luchado por ello nosotros solos. A veces creo que está mal ser así, lo siento, de verdad... Pero no me imagino la vida dejándome ayudar. Estoy mal y quiero estar mal ahora, porque es mi momento de estar mal. Sé cómo salir de aquí y en caso de no saberlo, me pararé y esperaré a encontrar la solución. No necesito que nadie me marque un camino que no es mí camino. Se me hace impensable que alguien que no soy yo, busque soluciones a problemas que no son de nadie. Solo míos.
Yo le dije que no entendía por qué había escogido su profesión. Cómo podía vender ayuda a personas si él era incapaz de aceptar la ayuda de nadie.
Sonrió: La mayoría de los chicos con los que trabajo no me han pedido ayuda. Normalmente son sus padres, abuelos, amigos, profesores, tutores legales, los que vienen a mí quejándose. QUEJÁNDOSE. Este chico tiene un problema, soluciónenlo, dicen. Y yo tengo que enfrentarme a un chaval que no ha pedido mi puta ayuda en ningún momento. Y me siento mal. Siento como si a mí me obligasen a llorar delante de un teatro lleno de gente. Como si me torturasen hasta decir cuales son mis putos problemas. Me siento así.
No necesito la ayuda de nadie y creo que el día que la necesite no seré capaz de reconocerlo. Me quedaré parado, esperando hasta encontrar la solución. Eso es lo que hago y eso es lo que seguiré haciendo.

Se fue. Volvía a llover y empezaron a caer rayos. Nada que temiese más. Pero no quiso quedarse en casa. A pesar de su terrible fobia a los rayos, se fue a casa porque él no necesitaba ser salvado por nadie.

Y así es la vida con Adam. A veces se siente mal y se va. Yo me he acostumbrado.
Me he acostumbrado a su forma de liar los cigarros, a que sea tan meticuloso estando sobrio y tan torpe estando ebrio, y que por esto sea incapaz de liarse un cigarro sin que se le rompa o se le caiga el filtro, bueno tú lo sabes, ya lo has visto. Me he acostumbrado a que a veces llegue tarde porque estaba escribiendo, porque es incapaz de parar en mitad de un poema. Jamás lo he visto continuar ni un solo poema que ha dejado a la mitad. Él siempre dice que tiene que ser del tirón, como correrse, o meterse una raya de speed. Me he acostumbrado a sus resacas, a los vómitos de por la mañana, a sus cafés con leche y hielo, y eso de beber a morro por las botellas del zumo de naranja. Incluso me he acostumbrado a su forma de querer protegiéndose continuamente, a él y a su intimidad y a su derecho de estar mal. Y probablemente esa manera de quererme no sea ni la mitad de lo que es mi manera de quererle. Y lo sé. Sé que yo solo soy ese parón en mitad del camino mientras intenta dar con la solución a su problema.
Pero estamos bien. Nos queremos. Sé que él me quiere. Lo pasamos bien.

Aunque a veces no puedo evitar pensar en que soy ese parón en el camino, mientras él es la solución a mis problemas. Y me pongo triste.
Entonces él se me acerca y me dice que dónde he puesto su pijama.

Yo sonrío: nunca se pone el pijama cuando se marcha de casa en mitad de la noche.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.