jueves, 5 de septiembre de 2013

Calendario Maya

La primera vez que Adam se fue de casa en mitad de la noche me dijo que estaba mal.
Yo intenté consolarlo, le dije que podía confiar en mí, podía estar con él y hacerle sentir bien.
Él se negó en rotundo. Me dijo que no le gustaba compartir ese tipo de cosas. Estar mal era cosa de uno mismo, dijo. Estar mal formaba parte de las personas y de su intimidad.

Podía contar conmigo. No tenia ni idea de lo que le pasaba. Solo dijo, "¿sabes?, no me encuentro muy bien, creo que me voy a casa".

Esa noche llovía. Dijo que no le importaba. Y no le importó.

Es de esas personas reservadas, tú lo conoces, sabes cómo es. Nunca les dice a los chicos que llorar está bien, que llorando te liberas de lo que te hace sentir mal. Él siempre les dice que hagan lo que sientan en ese momento, siempre y cuando no hagan daño a nadie, claro. Ni a ellos mismo. Si quieres ir a nadar, ve, si quieres gritar, grita, si quieres llorar, llora, y si quieres irte a casa y estar solo, hazlo. Eso es lo que les dice.

Los chicos lo adoran. Ya sabes cómo es. Hace muy bien su trabajo y siempre según sus principios; algo realmente admirable. "No tienes por qué joder a nadie, mucho menos a ti mismo, es normal sentirse así"... Muchas veces me pregunto si es eso lo que piensa cuando en mitad de la noche, deja la última cerveza a medio beber y dice que se va. No sé muy bien a quién le está evitando el daño.

La segunda vez que se fue de casa no insistí en que se quedara conmigo. Comprendí que ni siquiera podía estar consigo mismo. Solo le dije que si se sentía mal podía llorar. A mí no me importaba. Parece que a él sí. Me dijo que el día que lo viera llorar todo se iría a la mierda. Que todo cambiaría. Él cambiaría.
Yo no entendí muy bien así que le pregunté a qué se refería con cambiar, que qué se iría a la mierda y por qué.
Me dijo que todo se iría a la mierda porque llorar delante de una persona era una forma de vulnerabilidad terrible. Ya no habría secretos. Me dijo que lo vería de alguna manera desnudo y eso era algo que quería proteger a toda costa. Ese cambio del que hablaba... me dijo algo sobre el calendario Maya; yo me reí, él se empezó a poner los zapatos.
Al rato comenzó a explicarme: todo el mundo pensaba en el fin del mundo, cuando los Mayas solo hablaban del fin de un ciclo y el comienzo de otro. Para él aquello era la misma cosa, al fin y al cabo. El fin de un ciclo y el fin del mundo. Todo se iría a la mierda porque era vulnerable frente a alguien que en algún momento podía hacerle daño.

Por eso siempre prefería irse.

La tercera noche que se fue de mi casa también se sentía mal. Yo le dije que podía dejarse ayudar. Podía ayudarlo a estar bien.
Me dijo que no insistiera. Creo que es mi genética, ¿sabes?, cada vez me parezco más a mi madre. Somos incapaces de aceptar la ayuda de nadie. Todo lo que conseguimos es porque hemos luchado por ello nosotros solos. A veces creo que está mal ser así, lo siento, de verdad... Pero no me imagino la vida dejándome ayudar. Estoy mal y quiero estar mal ahora, porque es mi momento de estar mal. Sé cómo salir de aquí y en caso de no saberlo, me pararé y esperaré a encontrar la solución. No necesito que nadie me marque un camino que no es mí camino. Se me hace impensable que alguien que no soy yo, busque soluciones a problemas que no son de nadie. Solo míos.
Yo le dije que no entendía por qué había escogido su profesión. Cómo podía vender ayuda a personas si él era incapaz de aceptar la ayuda de nadie.
Sonrió: La mayoría de los chicos con los que trabajo no me han pedido ayuda. Normalmente son sus padres, abuelos, amigos, profesores, tutores legales, los que vienen a mí quejándose. QUEJÁNDOSE. Este chico tiene un problema, soluciónenlo, dicen. Y yo tengo que enfrentarme a un chaval que no ha pedido mi puta ayuda en ningún momento. Y me siento mal. Siento como si a mí me obligasen a llorar delante de un teatro lleno de gente. Como si me torturasen hasta decir cuales son mis putos problemas. Me siento así.
No necesito la ayuda de nadie y creo que el día que la necesite no seré capaz de reconocerlo. Me quedaré parado, esperando hasta encontrar la solución. Eso es lo que hago y eso es lo que seguiré haciendo.

Se fue. Volvía a llover y empezaron a caer rayos. Nada que temiese más. Pero no quiso quedarse en casa. A pesar de su terrible fobia a los rayos, se fue a casa porque él no necesitaba ser salvado por nadie.

Y así es la vida con Adam. A veces se siente mal y se va. Yo me he acostumbrado.
Me he acostumbrado a su forma de liar los cigarros, a que sea tan meticuloso estando sobrio y tan torpe estando ebrio, y que por esto sea incapaz de liarse un cigarro sin que se le rompa o se le caiga el filtro, bueno tú lo sabes, ya lo has visto. Me he acostumbrado a que a veces llegue tarde porque estaba escribiendo, porque es incapaz de parar en mitad de un poema. Jamás lo he visto continuar ni un solo poema que ha dejado a la mitad. Él siempre dice que tiene que ser del tirón, como correrse, o meterse una raya de speed. Me he acostumbrado a sus resacas, a los vómitos de por la mañana, a sus cafés con leche y hielo, y eso de beber a morro por las botellas del zumo de naranja. Incluso me he acostumbrado a su forma de querer protegiéndose continuamente, a él y a su intimidad y a su derecho de estar mal. Y probablemente esa manera de quererme no sea ni la mitad de lo que es mi manera de quererle. Y lo sé. Sé que yo solo soy ese parón en mitad del camino mientras intenta dar con la solución a su problema.
Pero estamos bien. Nos queremos. Sé que él me quiere. Lo pasamos bien.

Aunque a veces no puedo evitar pensar en que soy ese parón en el camino, mientras él es la solución a mis problemas. Y me pongo triste.
Entonces él se me acerca y me dice que dónde he puesto su pijama.

Yo sonrío: nunca se pone el pijama cuando se marcha de casa en mitad de la noche.

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