miércoles, 30 de octubre de 2013

Ensoñaciones #6: Comebolsas

En casa me esperaba una familia de gatos
hambrientos,
mientras yo ensuciaba el planeta a lametazos
en los baños de una discoteca
donde miles de peces se amontonaban
entre bolsas de plástico
mal fabricadas.

Aquello era como estar dentro
de una pecera
o un acuario,
la música se oía lejos
pero se sentía cerca,
como una manada de búfalos
en plena estampida.

La gente follaba como animales
en pleno documental de la dos,
las bragas no servían para nada,
estorbaban.
De las puertas de los baños
asomaban dos pares de piernas,
a veces cuatro.

Abrieron sus bolsas,
yo empecé a comer.
Alimentaban a los peces más pobres
de la charca
con la mierda que el mundo no quería
y a mí me gustaba.
Sabía que era veneno,
porque parecía veneno
y sabía a veneno.
Humedecía hasta el fondo mi dedo meñique,
como muchas chicas esa noche
chuparon pollas,
hundía mi dedo en polvos mágicos,
chupaba yo también.

No creo que haya polla
que sepa peor que esta.

No pensaba ya en la familia de gatos,
en sus bigotes y su caja de arena.
No pensaba una mierda en nada
más que en follar a veces,
en que me moría otras.

Cada vez creía con más convencimiento
que aquellos retretes eran en realidad
un lago,
un río,
un mar
plagado de algas,
de mierda.
Comía las bolsas que
las familias tiraban después de
sus vacaciones en la playa.
Las comía como si fueran solomillos,
chuletas de cerdo,
sesos.
Enjuagaba mis dedos
en saliva,
todos follaban a mi alrededor,
junto a mí.
Metía la mano en la arena de los gatos,
lamía las miserias,
los restos de gentes artificialmente felices
mientras me preguntaba
si aquello seguía siendo una manera
de vengarme
o solo una gilipollez como otra cualquiera.

¿De quién?- gritaba.
¿De quién coño me sigo vengando
si no es de mí misma?

¿Qué culpa tienen los gatos
de ser mi familia
y esperar de mí algo mucho mejor
que ser un pez de pecera?

Comiendo bolsas.

La gente no para de contaminar.

lunes, 28 de octubre de 2013

Caleidoscopio



La mejor manera de vengarse
de la tristeza
era besarla en los ojos,
construyéndole caleidoscopios
brillantes en mitad de la noche.
Aunque nadie estuviera triste allí
y ver llover fuera más una manera de
libertad
que de cárcel.

Me sigo preguntando,
a estas alturas,
por qué no he aprendido aun
a estirar el tiempo
como si fuera chicle
y lo que hago es masticarme
compulsivamente
en mitad de un colchón inmenso,
una balsa.

El plan es encontrarme contigo
en cada poema,
cada libro.
Besarte los ojos
en todas las pausas,
aprender a leer,
proyectar la voz,
que me oigan bien los peces.
Ser el breve instante de luz
en el que tus ojos no se acostumbran
al mundo
pero pueden ver una sonrisa kilométrica
abriendo las ventanas del invierno.

No puedo dejar de ser una persona triste
pero puedo sentirme terriblemente feliz
y flotar.
Esto no deja de ser una balsa,
leo para un millón de peces.

Por fin,
consigo acostumbrar mis ojos a la luz,
de pronto las formas caleidoscópicas
están entre nosotras,
tus ojos son enormes y brillantes,
y ya no necesito vengarme de la tristeza.

Tu sonrisa kilométrica abre todas las ventanas
del invierno,
somos el vaho de los cristales,
el mundo también es una isla,
te llevo conmigo en cada espejo,
en cada crujir de huesos.


Mil huesos.

jueves, 24 de octubre de 2013

Posibles respuestas

El cáncer es un hijo de la gran puta que se llevó a mi abuelo y a mi tía. Un hijo de la gran puta que cada vez se lleva a más personas
aunque no las
mate.

No me dejó conocer a mi tía como tampoco dejó que el arrepentimiento llegara antes con mi abuelo.
Los quiero de vuelta cada vez que sueño y es imposible
porque una enfermedad ha decidido
que es mejor llevárselos lejos.

El cáncer es ese hijo de la gran puta que no para de alimentarme a recuerdos.
También se lleva a las personas que no intenta matar.
Todos tenemos un dolor enquistado.

Yo tengo dos.

Así que no me digas que hay ventajas
en ver morir,
en morirse.
No vuelvas a abrir la boca, porque tus palabras ya son cáncer.

Y no
no hay ninguna ventaja en ellas.

miércoles, 23 de octubre de 2013

Yo también me la follé

Era de aquellos locos que farfullan
soliloquios por las calles
como quien sale a pasear al perro
o quien critica en el ascensor
al vecino del sexto.
Fumaba cigarros que nadie sabía de dónde
sacaba,
los aspiraba tan fuerte que podías oírlo
venir fuera cual fuera el punto
de la ciudad donde te encontraras.

Nadie sabía cómo había llegado
a la ciudad
o cómo la ciudad había llegado
hasta él.

Su presencia era como la de un
rumor de invierno,
como las hojas de los árboles
corriendo calle abajo,
era el viento.

Si no ponías mucha atención
parecía incluso que fuera extranjero,
con todas aquellas palabras amontonadas,
siendo masticadas como cristal
por sus grandes dientes roído de tiempo
y
ceniza.

Parecía como si alguien se lo hubiera llevado
a alguna parte
sin ninguna razón,
como si supiera que después de la vida
y la muerte
su soliloquio sería la próxima profecía
para el mundo.

Aquel día me senté a su lado
con la mente llena de magulladuras,
sus palabras a veces eran piedras en caída libre.
Comprendí, en uno de los reveses de su
diálogo interno
que no paraba de gritar en silencio
“ella”.

Aquel viejo loco iba por las calles
fumando de un amor que lo mataba
y se lo había llevado muy lejos,
suerte que aun recordaba lo largas
que eran sus piernas,
y lo guapa que estaba cuando tomaba café.
Podía contarte
cómo le gustaba follársela por las mañanas,
lo perfectas que eran sus tetas,
o el culo que le hacían aquellos pantalones
que llevaba
el día que la dejó marchar.

“En un mercadillo.
Los compramos en un mercadillo
una mañana de domingo en la que
follamos como putos salvajes.
Sus bragas. La seda. En un mercadillo.
Allí compramos los pantalones
que se la llevaron para siempre.
Como putos salvajes.
Follamos todos los domingos del año
como putos salvajes.”

Pero había que tener cuidado con aquel viejo.
Si lo escuchabas de más
podías acabar igual de mal,
igual de lejos.
Podías ver a aquel culo irse
en cada calada que daba,
y para ese entonces
ya sería demasiado tarde.
Follar como salvajes,
incluso a los quince años,
era algo que siempre había que hacer
las mañanas de los domingos.
Justo antes de dejarla marchar.

Nadie lo sabía

pero él era la ciudad.

viernes, 18 de octubre de 2013

Hay un elefante en la sala pero nadie lo ve


Lo que más me gustaba de que hubiera un elefante entre nosotras dos cada vez que coincidíamos en una habitación es que nadie era capaz de verlo.
Un enorme elefante gris, torpe y pesado. Si lo mirabas bien parecía hasta que nos sonreía, nos guiñaba un ojo.
Nadie entendía mi sonrisa, mi asombro, ni mi miedo muchas de las veces en las que de pronto entraba por la puerta y detrás de ella, aquel elefante.
Nunca supe si era suyo, si era alquilado, si venía de algún circo, o si el circo éramos nosotras, pero tuve que aprender a no asustarme cuando era la única de toda la sala que veía a aquel enorme animal comer cacahuetes y sacudirse las moscas con su largo rabo.
Yo daba codazos a la gente, saltaba, ponía caras raras, porque me parecía imposible que nadie sintiese temblar el suelo cada vez que el elefante buscaba sitio en aquellos minúsculos lugares donde nos encontrábamos. Cómo era posible pensar que ellos también cabían allí, junto a nuestro elefante, ella y yo.
La gente no tenía ni idea, y eso es algo que tuve que aprender muy rápido. Pero allí estábamos, sonriendo porque el gran mamífero había aprendido un nuevo truco en nuestro circo. Ya sabe mantenerse con solo dos patas, rueda encima de una pelota con mucha agilidad y a veces, cuando nos miramos, su trompa se convierte en una fuente y nos empapa de agua y mocos por igual.

El día que decidimos convertirnos en cómplices de nuestro circo ambulante el elefante era incapaz de situarse en el mapa. Lo habíamos dejado escapar, pero aun lo sentía conmigo cuando pensaba en ella. Así era más o menos cómo me sentía. Alguien decía, no pienses en ese elefante porque no existe, yo no lo veo, pero era imposible no imaginárselo allí, buscando hueco con su torpe trasero entre la gente de la calle, de las fiestas. Para cuando me quise dar cuenta, ya le había puesto nombre al elefante, me gustaba limpiarle el lomo con un cepillo y una manguera. Había aprendido a montar en él y me llevaba a donde yo quisiera. Formaba parte de mi vida como uno más de la familia y lo quería. Quería a aquella mole gris llena de huesos porque también sonreía cuando ella entraba por la puerta y el resto no se apartaba y yo sentía que desaparecían debajo de su gigante trasero de paquidermo.
Me guiñaba un ojo y se iba haciendo equilibrios encima de su pelota.

Habíamos montado un circo. Nuestro espectáculo fugaz solo duraba unos minutos, luego volvía a aparecer y junto a él, toda aquella gente. Parecía como si nos aplaudiesen, pero ellos nunca lo vieron balancearse en la tela de una araña mientras nosotras contemplábamos el maravilloso y grotesco espectáculo de la vida circense.

[Foto de Paloma Badía]

jueves, 17 de octubre de 2013

Piernas Largas.

Se llamaba Piernas Largas
aunque no midiese más de metro y medio,
era morena aunque irradiara
luz por dentro.
La gente no tenía muy claro si sonreía
o enseñaba lo dientes,
y allí era donde yo dudaba también.
Prefería pensar que gruñía como un animal
indefenso
a creer que iba a ser su próxima cena.
Tenía la sensación de que
ninguno de los colores estaban en ella
pero que así yo podría regalárselos todos.

No creía que tuviera que enseñarle nada,
parecía que en todas sus paredes
estaban escritas las cosas que nunca
debía volver a hacer.
O ser.
Era como ver volar a un águila imperial,
un halcón,
con las patas atadas a una soga.
Era triste y majestuoso.
Yo quería cortar la cuerda
pero que me llevara con ella.
Ser su tentempié
o su polluelo
o el aire que cortaba sus alas.

Me daba igual porque no lo había pensando muy bien.
Solo sabía que se llamaba Piernas Largas
aunque midiese metro y medio,
y que parecía defender todo lo que había
conseguido crear
con la luz de su interior.

Corté la cuerda que la ataba al suelo
o eso creí.
La historia podría continuar
viendo como se marcha lejos de aquí,
o
intentando descubrir por qué la llaman así.

Quizás las grandes mujeres
tengan piernas largas
para ir siempre un paso por delante de ti,
y enseñen los dientes porque
tienen miedo de que les hagas perder
todo el tiempo de sus viajes.

De cualquier modo,
águila o halcón,
yo te prefiero
golondrina,

Piernas Largas.

martes, 15 de octubre de 2013

Lycra.

Resbalaba porque era como el universo. Negro. Y daba miedo. Pero siempre es necesario encontrar el origen de las cosas. Cuando llegué a casa todo había cambiado. El universo y yo. La colcha de mi cama ya no era la misma, las teclas de mi ordenador, mi móvil. Todo parecía igual pero algo había cambiado.
A eso me refiero. La intención, la capacidad que tengas de dejarlo pasar, o aferrarte aunque sepas que resbalarás. Porque era negro. Y daba miedo.
Aquel día todo parecía estar más cerca, ser más real, y al mismo tiempo, tuve que aprender el problema de las distancias medidas en kilómetros luz.
Resbalaba porque podía hacerlo. Era el infinito aunque pudiera ver cómo se terminaba. La luz al final del túnel era el suelo que pisaba, el frío, las escaleras, las paredes, el amarillo, el naranja.

Llegas a casa y todo es distinto porque te preguntas qué se debe sentir ahí fuera. En lo desconocido. Cómo debe hacer la gente que lo consigue. ¿Nadan, corren, caminan?

Lo único que sé es que es difícil mantenerse en pie. Resbala. Es negro. Da miedo. Quiero saber más. Qué animales habitarán en sus profundidades, ¿Rugirán?.

viernes, 11 de octubre de 2013

Introducción.

Escribirte es como construir con mis propias manos
el muro donde salpican los sesos al fusilarme.
Es como vivir en una casa llena de espejos,
como sentirse sin escapatoria.
Escribirte es comprender de una vez por todas
que lo único que cambian son los circuitos neuronales
no las drogas que confluyen en ellos.

Escribirte es como estar esperando continuamente
en una sala de espera
sin tener cita previa.
Ni siquiera es una urgencia.
No nos estamos muriendo,
aunque necesito que alguien me lo confirme
cuanto antes.

Escribirte es como el diagnóstico fatal,
final,
como cuando dices te quiero
y te cagas de miedo porque de pronto
todo
ha
cambiado.
Es el momento justo en el que todo
es diferente
y no nos disgusta.

Es un duelo, un funeral, un enterrar
de nuevo
a la persona que he sido durante tanto tiempo.
Es el nacimiento,
la primera grieta en el huevo,
es el crack
el corazón
la parte de la canción en la que deberíamos
besarnos.

Escribirte es como arrancar hojas de una libreta,
es como tirarlo todo por la borda,
es como borrarse la memoria.

Es como habernos fallado,
como la duda, la decepción,
el nervio, la rabia,
la burla del destino,
como todas las historias que dejo a medias
aunque siempre tenga ganas de más.

Es el “mecagoenlaputa” de las seis
y las siete
y las diez.

Es como el primer frío de la temporada,
supongo que sabes a lo que me refiero.
Y no es un rescate, ni un naufragio,
ni si quiera es abandonar el barco
con la tripulación aun dentro.

Escribirte es como aceptar mi estado de confusión,
y convivir con él
aunque no sepa cómo compartirlo.
Es tener cuidado siendo terriblemente torpe,
es como el invierno en esta ciudad,
como los naranjas,
los grises,
la lluvia,
el “no me acuerdo de nada,
venga va, refréscame la memoria”.

Es el alivio.
Ya no tengo que buscarte en ningún lugar,
no tengo que recordar tu voz
o la forma que tienes de mirar al vacío cuando piensas.
Dejo de oír todo lo que no dices,
dejo de oírme incluso a mí.
De pronto todo son imágenes
de muros de fusilamiento,
mi culpa, mi calma
corriendo calle abajo en forma de sangre.
Aun hay conexiones neuronales
que se acuerdan de ti,
es posible
que muera 
sonriendo.

miércoles, 9 de octubre de 2013

1-2-3 por mí y por todos mis amiguitos

He conseguido esconderme durante muchos años detrás de lo que escribo porque de alguna manera es una forma de vomitar el interior sin que nadie sepa de qué se trata. Es decir, una persona normal podría ver un vómito, comprender que lo es, encontrar restos de comida digerida, oler la descomposición de los alimentos y la bilis, pero nunca será capaz de saber a qué sabía aquella cena, aquel almuerzo, cómo olía toda la cocina mientras ponía la mesa, o lo caliente que estaba aquel primer bocado.
Esto es lo que ocurre muchas veces con la poesía. Con mi poesía.
Muchas veces escribo sobre mujeres, sobre cómo me siento con ellas, sobre cómo creo que las hago sentir (sería bastante vanidoso por mi parte decir que sé cómo las hago sentir). Escribo sobre mí, desde mí, de mis miserias, nunca de mis éxitos, porque considero que presumir de lo volátil es un error que no debe ser cometido jamás.
Escribo sobre mis animales, sobre indios, piratas, bestias, desastres, porque es lo que llevo dentro. Son mis desayunos, mis almuerzos y mis cenas. Y entiendo que nadie mastica por mí, de la misma manera que nadie vomita por mí. Así es como he ido viviendo mientras las personas que me leían sabían que era sobre mí, desde ellas. O al menos eso espero.
Siempre pensé que era una manera de comunicarme con el mundo, porque preferí enfrentarme antes a un folio en blanco que a una mente llena de sus propias, bestias, animales, indios y demás. Pero me doy cuenta, poco a poco, que ni siquiera este medio por el que decidí hace tanto tiempo usar como vía directa a mi cerebro, es en realidad un laberinto del que ni siquiera yo soy la arquitecta. Quiero decir, solo las personas que me leen son capaces de construirlo y recorrerlo. Me consta que muchas veces las salidas de esos laberintos no se encuentran para nada donde yo las hubiera situado y en ocasiones, incluso carecen de salidas. En los más tristes de los casos, ni siquiera hay entradas.

Al final llego a la conclusión de que realmente sí que quería esconderme. No era una especie de enseñar la patita por debajo de la puerta, o dejar una nota en el limpiaparabrisas de un coche. Siempre había pensado que al escribir se me entendería mejor, se vería más claramente quién soy. Por qué soy. Pero no. Me he estado entrenando a conciencia, año tras año, desde que empecé a escribirle cartas a mi profesora de quinto de primaria, hasta ahora, que escribo cartas que soy incapaz de enviar, para ser la mejor jugando al escondite.
Supongo que se tarda todo este tiempo (a veces incluso más) en darse cuenta que la libre interpretación existe y está ahí y es inevitable. Entonces me doy cuenta que eso que creía que mostraba al mundo a través de mi poesía, de mis reflexiones, no eran más que espejos donde la gente se veía reflejada de la manera en la que ellos quisieran verse y nunca una especie de fotografía de mi alma, o mi interior.

Lo que he conseguido es una especie de incomunicación cósmica, retroalimentada por el erróneo pensamiento de que mis escritos mostrarían al mundo lo que yo no sé decir.

Así que cuando leas sobre mis tripas, entiende que estás bien dentro de mí y dueles o sanas o formas parte de mí. Que mis animales suelen ser la forma más primitiva que tengo de sobrevivir, que repudio la forma en la que el ser humano a dogmatizado las formas de amor y de odio. Que mis bestias son solo miedos, errores, muescas en los huesos. No te voy a explicar quiénes son los indios, ni por qué aparecieron en mi vida. Mucho menos los piratas. Y de los desastres solo debes entender que no siempre son para mal.

Me he convertido en mi propia madriguera, pero quiero o necesito salir de ahí. Es solo que se me ha olvidado lo que son las personas. Que soy una persona. Y que mis animales nunca han sabido vivir en cautiverio.


Otra cosa que se tarda tiempo en entender es que nadie te va a cuestionar algo que sale de ti, de la misma manera que sale de ellos también. Porque es una faena eso de cuestionarnos a nosotros mismos, y duele y hace daño. Por eso ya me da igual que las mujeres a las que escribo me lean o no. Es algo que dejé de hacer por ellas, porque, ¡recuerda!, yo nunca escribí para que vieran dónde me escondía y vinieran a descubrirme, sino para ser la última y salvarme a mí y a todos mis amiguitos.

viernes, 4 de octubre de 2013

Olvida los buitres, tú eras un dragón.

Me enseñaron los mapas de civilizaciones
destruidas por el tiempo y el hombre.
Vi todos aquellos territorios conquistados,
pude imaginar ríos de sangre,
mujeres asustadas,
críos llorando,
soldados mutilados,
de vuelta a un hogar que ya no existía.
Me enseñaron fechas,
lugares,
motivos,
causantes.
Vi filas de personas desnutridas,
gente rica riendo con sus copas en la mano,
nadie creería que estarían tan sucios por dentro,
¿eh?

Algo así, más o menos,
es lo que pasa cuando,
casualidad o no,
apareces impregnando mi pantalla
de recuerdos.

Vi
tu sonrisa enorme,
eras un dragón,
¿De dónde te crees si no
que iba a aprenderlo yo?

Supe que llevábamos fuego en las entrañas,
tú le diste un nombre a todas estas cosas
extrañas que salen de mi mente.
¿Es posible que fueras el origen
de algo tan grande?

Es posible.

Vi tus lágrimas de león,
¿de dónde te crees que aprendí
a luchar?
Quisimos la vida del gladiador
y no parábamos de divertir
a toda aquella gente.
Nosotras siempre vencíamos,
¿de dónde te crees que sacábamos
las
fuerzas?
¿eh?

Ahora te escribo esto
y nadie nos recordará,
no seremos ninguna guerra,
no seremos niños desnutridos,
no descubriremos y arrasaremos el nuevo mundo.
No saldremos en libros.
No.

Asusta demasiado hablar
del instante preciso
en el que todo se va a la mierda.
Y qué me dices de
escribirlo en un papel
que aunque quiera
va a seguir
y seguir
y seguir
como los gritos de aquellas mujeres,
los llantos de aquellos críos,
los miembros desmembrados
de todos esos soldados.

Supongo que si lo que
queríamos era la paz,
igual teníamos que haber preparado
la guerra
mucho antes,
mucho mejor.

Me pregunto cómo se deben
sentir todos esos ricos ahora,
en el cementerio,
junto a aquellas personas
que dejaron morir de hambre.
Me pregunto
si los huesos
dejarán de
dolerme
en algún momento.

Solo esperemos
que no sea en un cementerio,

¿eh?

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.