miércoles, 9 de octubre de 2013

1-2-3 por mí y por todos mis amiguitos

He conseguido esconderme durante muchos años detrás de lo que escribo porque de alguna manera es una forma de vomitar el interior sin que nadie sepa de qué se trata. Es decir, una persona normal podría ver un vómito, comprender que lo es, encontrar restos de comida digerida, oler la descomposición de los alimentos y la bilis, pero nunca será capaz de saber a qué sabía aquella cena, aquel almuerzo, cómo olía toda la cocina mientras ponía la mesa, o lo caliente que estaba aquel primer bocado.
Esto es lo que ocurre muchas veces con la poesía. Con mi poesía.
Muchas veces escribo sobre mujeres, sobre cómo me siento con ellas, sobre cómo creo que las hago sentir (sería bastante vanidoso por mi parte decir que sé cómo las hago sentir). Escribo sobre mí, desde mí, de mis miserias, nunca de mis éxitos, porque considero que presumir de lo volátil es un error que no debe ser cometido jamás.
Escribo sobre mis animales, sobre indios, piratas, bestias, desastres, porque es lo que llevo dentro. Son mis desayunos, mis almuerzos y mis cenas. Y entiendo que nadie mastica por mí, de la misma manera que nadie vomita por mí. Así es como he ido viviendo mientras las personas que me leían sabían que era sobre mí, desde ellas. O al menos eso espero.
Siempre pensé que era una manera de comunicarme con el mundo, porque preferí enfrentarme antes a un folio en blanco que a una mente llena de sus propias, bestias, animales, indios y demás. Pero me doy cuenta, poco a poco, que ni siquiera este medio por el que decidí hace tanto tiempo usar como vía directa a mi cerebro, es en realidad un laberinto del que ni siquiera yo soy la arquitecta. Quiero decir, solo las personas que me leen son capaces de construirlo y recorrerlo. Me consta que muchas veces las salidas de esos laberintos no se encuentran para nada donde yo las hubiera situado y en ocasiones, incluso carecen de salidas. En los más tristes de los casos, ni siquiera hay entradas.

Al final llego a la conclusión de que realmente sí que quería esconderme. No era una especie de enseñar la patita por debajo de la puerta, o dejar una nota en el limpiaparabrisas de un coche. Siempre había pensado que al escribir se me entendería mejor, se vería más claramente quién soy. Por qué soy. Pero no. Me he estado entrenando a conciencia, año tras año, desde que empecé a escribirle cartas a mi profesora de quinto de primaria, hasta ahora, que escribo cartas que soy incapaz de enviar, para ser la mejor jugando al escondite.
Supongo que se tarda todo este tiempo (a veces incluso más) en darse cuenta que la libre interpretación existe y está ahí y es inevitable. Entonces me doy cuenta que eso que creía que mostraba al mundo a través de mi poesía, de mis reflexiones, no eran más que espejos donde la gente se veía reflejada de la manera en la que ellos quisieran verse y nunca una especie de fotografía de mi alma, o mi interior.

Lo que he conseguido es una especie de incomunicación cósmica, retroalimentada por el erróneo pensamiento de que mis escritos mostrarían al mundo lo que yo no sé decir.

Así que cuando leas sobre mis tripas, entiende que estás bien dentro de mí y dueles o sanas o formas parte de mí. Que mis animales suelen ser la forma más primitiva que tengo de sobrevivir, que repudio la forma en la que el ser humano a dogmatizado las formas de amor y de odio. Que mis bestias son solo miedos, errores, muescas en los huesos. No te voy a explicar quiénes son los indios, ni por qué aparecieron en mi vida. Mucho menos los piratas. Y de los desastres solo debes entender que no siempre son para mal.

Me he convertido en mi propia madriguera, pero quiero o necesito salir de ahí. Es solo que se me ha olvidado lo que son las personas. Que soy una persona. Y que mis animales nunca han sabido vivir en cautiverio.


Otra cosa que se tarda tiempo en entender es que nadie te va a cuestionar algo que sale de ti, de la misma manera que sale de ellos también. Porque es una faena eso de cuestionarnos a nosotros mismos, y duele y hace daño. Por eso ya me da igual que las mujeres a las que escribo me lean o no. Es algo que dejé de hacer por ellas, porque, ¡recuerda!, yo nunca escribí para que vieran dónde me escondía y vinieran a descubrirme, sino para ser la última y salvarme a mí y a todos mis amiguitos.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

No necesitas explicarme lo que son los indios, los piratas, tus demonios... tripas tenemos todos (y desastres también)

[Fuegos artificiales]

Ana! dijo...

Tú más que nadie, desastres y tripas por doquier!!

Bubo dijo...

Después de una parrafada enorme que he borrado por que me estaba dando cuenta de que me metía donde no me llaman solo te digo una cosa. ¡Esto tiene que ser divertido! Si no lo es... y no te vale la pena... ¡Chungo!


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.