viernes, 18 de octubre de 2013

Hay un elefante en la sala pero nadie lo ve


Lo que más me gustaba de que hubiera un elefante entre nosotras dos cada vez que coincidíamos en una habitación es que nadie era capaz de verlo.
Un enorme elefante gris, torpe y pesado. Si lo mirabas bien parecía hasta que nos sonreía, nos guiñaba un ojo.
Nadie entendía mi sonrisa, mi asombro, ni mi miedo muchas de las veces en las que de pronto entraba por la puerta y detrás de ella, aquel elefante.
Nunca supe si era suyo, si era alquilado, si venía de algún circo, o si el circo éramos nosotras, pero tuve que aprender a no asustarme cuando era la única de toda la sala que veía a aquel enorme animal comer cacahuetes y sacudirse las moscas con su largo rabo.
Yo daba codazos a la gente, saltaba, ponía caras raras, porque me parecía imposible que nadie sintiese temblar el suelo cada vez que el elefante buscaba sitio en aquellos minúsculos lugares donde nos encontrábamos. Cómo era posible pensar que ellos también cabían allí, junto a nuestro elefante, ella y yo.
La gente no tenía ni idea, y eso es algo que tuve que aprender muy rápido. Pero allí estábamos, sonriendo porque el gran mamífero había aprendido un nuevo truco en nuestro circo. Ya sabe mantenerse con solo dos patas, rueda encima de una pelota con mucha agilidad y a veces, cuando nos miramos, su trompa se convierte en una fuente y nos empapa de agua y mocos por igual.

El día que decidimos convertirnos en cómplices de nuestro circo ambulante el elefante era incapaz de situarse en el mapa. Lo habíamos dejado escapar, pero aun lo sentía conmigo cuando pensaba en ella. Así era más o menos cómo me sentía. Alguien decía, no pienses en ese elefante porque no existe, yo no lo veo, pero era imposible no imaginárselo allí, buscando hueco con su torpe trasero entre la gente de la calle, de las fiestas. Para cuando me quise dar cuenta, ya le había puesto nombre al elefante, me gustaba limpiarle el lomo con un cepillo y una manguera. Había aprendido a montar en él y me llevaba a donde yo quisiera. Formaba parte de mi vida como uno más de la familia y lo quería. Quería a aquella mole gris llena de huesos porque también sonreía cuando ella entraba por la puerta y el resto no se apartaba y yo sentía que desaparecían debajo de su gigante trasero de paquidermo.
Me guiñaba un ojo y se iba haciendo equilibrios encima de su pelota.

Habíamos montado un circo. Nuestro espectáculo fugaz solo duraba unos minutos, luego volvía a aparecer y junto a él, toda aquella gente. Parecía como si nos aplaudiesen, pero ellos nunca lo vieron balancearse en la tela de una araña mientras nosotras contemplábamos el maravilloso y grotesco espectáculo de la vida circense.

[Foto de Paloma Badía]

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