miércoles, 23 de octubre de 2013

Yo también me la follé

Era de aquellos locos que farfullan
soliloquios por las calles
como quien sale a pasear al perro
o quien critica en el ascensor
al vecino del sexto.
Fumaba cigarros que nadie sabía de dónde
sacaba,
los aspiraba tan fuerte que podías oírlo
venir fuera cual fuera el punto
de la ciudad donde te encontraras.

Nadie sabía cómo había llegado
a la ciudad
o cómo la ciudad había llegado
hasta él.

Su presencia era como la de un
rumor de invierno,
como las hojas de los árboles
corriendo calle abajo,
era el viento.

Si no ponías mucha atención
parecía incluso que fuera extranjero,
con todas aquellas palabras amontonadas,
siendo masticadas como cristal
por sus grandes dientes roído de tiempo
y
ceniza.

Parecía como si alguien se lo hubiera llevado
a alguna parte
sin ninguna razón,
como si supiera que después de la vida
y la muerte
su soliloquio sería la próxima profecía
para el mundo.

Aquel día me senté a su lado
con la mente llena de magulladuras,
sus palabras a veces eran piedras en caída libre.
Comprendí, en uno de los reveses de su
diálogo interno
que no paraba de gritar en silencio
“ella”.

Aquel viejo loco iba por las calles
fumando de un amor que lo mataba
y se lo había llevado muy lejos,
suerte que aun recordaba lo largas
que eran sus piernas,
y lo guapa que estaba cuando tomaba café.
Podía contarte
cómo le gustaba follársela por las mañanas,
lo perfectas que eran sus tetas,
o el culo que le hacían aquellos pantalones
que llevaba
el día que la dejó marchar.

“En un mercadillo.
Los compramos en un mercadillo
una mañana de domingo en la que
follamos como putos salvajes.
Sus bragas. La seda. En un mercadillo.
Allí compramos los pantalones
que se la llevaron para siempre.
Como putos salvajes.
Follamos todos los domingos del año
como putos salvajes.”

Pero había que tener cuidado con aquel viejo.
Si lo escuchabas de más
podías acabar igual de mal,
igual de lejos.
Podías ver a aquel culo irse
en cada calada que daba,
y para ese entonces
ya sería demasiado tarde.
Follar como salvajes,
incluso a los quince años,
era algo que siempre había que hacer
las mañanas de los domingos.
Justo antes de dejarla marchar.

Nadie lo sabía

pero él era la ciudad.

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