lunes, 25 de noviembre de 2013

24 nov 13

Tú 
eres 
como 
este
frío.

Eres 
como
este
río.

Como
esta
casa.

Tú eres tanto en cuanto 
yo soy.

jueves, 21 de noviembre de 2013

La respuesta correcta

Éramos los que siempre
levantaban la mano en clase
para dar la respuesta equivocada.
Enseñábamos a los demás
con nuestros errores,
aunque ellos siempre
nos pisaban los talones.

Íbamos un par de pasos por delante
de todos
aunque eso no fuera bueno,
sino,
todo lo contrario.

Lo mejor es que nos daba
bastante igual.
Nosotros seguíamos dando
las respuestas equivocadas
porque creo que las de verdad
o bien no existían,
o preferíamos quedárnoslas
para nosotros solos.

Fuimos egoístas hasta el extremo.
Nos sumergíamos en batallas de egos
descuartizados.
Era como vivir siempre en la
enfermería de un campamento de guerra.
Muchos lisiados tirándose almohadas,
a falta de balas o piedras.

No fuimos capaces de curarnos solos
porque allí nadie
tenía las respuestas adecuadas.
Allí, los que no se apellidaban
Inoportunos,
se apellidaban Desterrados
y claro.
Es difícil triunfar en la vida
teniendo mal hasta el DNI.

Tampoco nadie nos dijo
que nos estábamos equivocando
y en ese sentido
reconozco que éramos buenos
investigadores del fallo
como forma de vida.

Las cosas que hacíamos bien
eran todas las que socialmente
estaban mal consideradas,
y aunque merecíamos todas aquellas medallas,
nos dijeron que nos fuéramos a casa.
Que no nos necesitaban.
Que dejásemos de luchar
porque siempre era contra ellos.

Así fue cuando descubrí
que toda la vida habíamos vivido
dentro de un espejo.
Y ahora que empezábamos a darnos cuenta de ello,
se oían romper los cristales desde lejos.

Las respuestas ya no eran las equivocadas
porque fuera del espejo
todas las preguntas habían cambiado.
Ahora sus respuestas acertadas
eran los errores
que habían roto nuestros cristales.

Y por fin
empezamos a ser libres.

O al menos,

nadie nos pisaba los talones.

lunes, 11 de noviembre de 2013

Se me había olvidado que hoy era domingo

Te mereces un balazo
entre ceja y ceja,
ese pensamiento intruso,
alguien agarrándote las tripas,
alguien tatuándote un
infeliz en la frente.

Te mereces la sonrisa más triste
de toda la fiesta,
los ojos de corderito degollado,
te mereces ser ese corderito.

Hagas lo que hagas
mereces que nadie te salve,
el abandono de las tres de la mañana,
la cama vacía
llena de piernas.

Recuerdas llorar contra la pared
y esconderte
y oír dormir
cuando podías haber escapado,
correr.

Mereces no dejar de pensar
ni un solo instante,
ser un ciudadano del mundo,
captar la belleza del mundo
y destruirla.

Cómo se nos ocurre
querer en cubículos de dos por dos,
llenar de humo los pulmones,
respirar,
cómo se nos ocurre, en serio,
no abrazarnos de más,
besarnos de más,
sobrarnos por completo.

Qué hacemos en este mundo
tan cutre
que nos obliga al suicidio
diario,
muertes creativas,
yo también quiero morir
abrazada al retrato de alguien
antes de lanzarme al vacío
más
sordo
y
absoluto.

Absurdo.

Mereces jirones en el alma,
vivir en una poesía que nunca fue
para ti
y que ya te gustaría, ya.

Sigue sin ser tristeza,
ni rabia.
Sigo sin saber por qué nos merecemos
estas cosas,
un millón de moscas acampando
en mi habitación.

Aquella chica que nunca te respondió,
los ojos de mujeres
que te daban igual,
las personas que más quieres
son a las que menos
deberías necesitar.

Te mereces tu puta autocensura,
coserte los labios sin anestesia,
un predicador
veinticuatro siete
gritando en tu oído
cómo salvar al mundo,
salvándote.

Cómo se nos ocurre creernos.
A nosotros que eramos los
reyes del engaño.
Con qué ojos,
con qué bocas,
iremos a comernos.

Y tú no lo sabes
pero consigues destruirlo todo
en un instante.
Mereces este enfado,
y todos los demás también.
Mereces este insomnio
y las horas dormidas sin soñar.
Mereces todo el tiempo perdido
de la gente que espera en algún lugar.

Y ser inmortal.
Cansarte de no morir.
No poder abrazar el retrato de nadie
antes del gran salto final.

Cómo se nos ocurre,
en serio,
de verdad.

Con qué puta finalidad.

sábado, 9 de noviembre de 2013

Prop. I

La línea no estaba en escribirle poemas de amor a todas horas. La línea era imaginarla en poemas de otros desde entonces.

Y para siempre.

Una nunca sabe cuándo se enamora, hasta que ya no hay vuelta atrás, y negarlo te parece más una broma absurda, un chiste malo, que una necesidad.
Es como querer parar la manada de pájaros cantantes y sonantes de nuestro pecho, con una red, quizás, un muro, tal vez. Es lo imposible.

Hace mucho, cuando pensaba que los imposibles eran las mujeres de las que me enamoraba, y no el enamorarse en sí, no sabía de lo que hablaba, aunque fuera bonito. Hermoso. Aunque aquellas mujeres quisieran saber de mí, o abandonarme, o pensar en el tiempo que necesitaban poner de por medio entre una intensidad que desborda desde que nació, y el vacío más absoluto.

Por eso la línea nunca fueron los mil poemas que dediqué de puño y tecla a las mujeres de mi vida, que han sido muchas y encima se lo merecían. La línea no era el amor en verso, los besos en mitad de un discurso, más etílico que consciente, no era amanecer despiertas, abrazadas, follando. Fallando.
La línea, traspasarla, era la estampida. La manada en calma esperando el mínimo ruido, el mínimo roce. El mínimo movimiento de la bestia.

La línea también era la bestia.

Aquello que pasaba mientras no te dabas cuenta de nada. El amor, sus consecuencias. Eso ni siquiera era el principio. Pero verla. Oírla. Saberse con ella aunque no estuviera, ni de lejos, cerca.
Lo más parecido a un virus que conozco. Una epidemia interna. Extendiéndose sin frenos por todas las venas de tu cerebro. Y ya no valían los poemas de amor desesperado a las dos de la mañana, ni llorar contra la almohada, ni verla en todos lados aunque fuera una puta mentira barata, una jugarreta sucia del inconsciente. Ella estaba en los poemas de otros. En las experiencias de otros. Y tú solo formabas parte de esos versos ajenos, como una inquilina. Y lo único que querías era que no acabase jamás aquel poema.

Que lo imposible fuera también lo inevitable.

La línea era, en definitiva, saber que no había vuelta atrás. Que lo siguiente solo sería hermoso y doloroso a partes iguales, y que el “me suda la polla” de todos los día, ya no te drogaba como antes. Es lo que pasa cuando aceptas que el amor existe, que no es una mierda, y que hay que vivirlo de la única manera que sabes.

Dejando que vuelen
todos
todos
todos
los pájaros de tu pecho.

Siendo el animal salvaje
que aprendiste no hace mucho
que no deberías dejar de ser nunca.
Bajo ningún concepto.

Y reconocer también, que estás apunto, pero que aún te hace gracia este chiste malo, esta broma absurda, este nosesabequé, pero me apetece un montón.
Y que nos sigue pareciendo una necesidad (y una barbaridad también) el de a poquito, el ir siempre al límite, el saltarnos nuestras propias normas éticomorales porque somos como putos adolescentes
y nos la suda, y nos da igual, y esto no es amor.


Pero se le parece bastante.

viernes, 8 de noviembre de 2013

Buen viaje.


Ni rastro de la camomila. Nunca supe a qué olía su pelo.
Sé que era largo, casi infinito y que brillaba a la luz del sol como si fuera oro puro.
El chico nunca pudo tener el pelo negro azabache porque sus padres eran caucásicos. Europeos.
Del sur pero lejos del mestizaje.
Nunca pudo desvirgarse con la chica que limpiaba la casa, porque, aparte de caucásicos, sus padres eran pobres. No lo suficiente, pero sí lo justo como para tener que limpiar los baños con sus propias manos.
No soñó con ella ni un solo día. No iba a la playa solo. No le gustaba la playa. Le hacía daño en los pies ir en chanclas. Le quemaba el sol la piel.
No pudo salir de la isla en varios años porque quizás no viviera en una isla. Hace tiempo que no leo aquella historia, pero estoy segura de que su pelo no olía a camomila y de haberlo hecho, no lo hubiera sabido distinguir.
Como tampoco sabía si le gustaba. No la había visto jamás. Y probablemente nunca coincidieran en la entrada de ningún hotel.

Pero podría haberse enamorado de ella. Nunca al instante. El chico era listo. No lo suficiente, pero sí lo justo para no mancharse las manos limpiando baños.

La vez que me inventé aquella historia fue por amor. Hoy también.
Quiero a ese chico, y no a esa chica de pelo infinito. Quiero al moreno de ojos claros. Una especie de alter ego en pleno apogeo hormonal. Quería su fuerza y su personalidad y los quería para ella.
Ahora solo lo quiero para mí. Como recuerdo.

Y quiero aquella idílica playa donde todo parecía oler a camomila. Y quiero una chica de espaldas. Pero no quiero saber cómo es. Ni de lejos. Que la próxima vez que nos veamos sea porque nos estemos comiendo la vida. Y nunca en verso. Quiero decir. Que hay que besar siempre como si no hubiese un mañana. Y demostrar que no perdimos la virginidad con una empleada del hogar de bastante buen ver. Que igual morimos a pajas todas nuestra adolescencia pero sabíamos lo que era quererse hasta doler. Hasta desgastar. Hasta perdernos. Hasta no encontrar una puta mierda pero terminar corriéndonos igual porque el hambre agudiza el ingenio. Y joder que si teníamos hambre.

Los pájaros nunca han cantado ahí fuera. Hace bastante tiempo que no aparecen las golondrinas de las que un día empecé a hablar. Como queriendo volver al pasado. Atrapar todos los buenos momentos. Atraparlos fuerte y no dejarlos emigrar nunca más.

Lo peor es que aquel chico no tuvo la infancia que tuve yo; no pudo correr descalzo por el patio de su bisabuela, ni vio nacer gatos y perros cada año, como si fuera un ritual, la bienvenida a la vida. Ese chico no se acostumbró a que cada cierto tiempo un nuevo animal entraba en la familia con un nombre poco agraciado. Cualquier nombre feo es mejor que verse abandonado en mitad de la autopista. Aquel chico de pelo negro nunca verá a su madre pedirle perdón después de una riña. No vomitará durante todo un día: el día que su hermana pequeña nació, ni tendrá miedo a las libélulas hasta que de pronto, como por arte de magia, le parezcan uno de los animales más bellos del planeta. Aunque solo sean insectos.

No será nunca yo, aunque lo desease con todas mis fuerzas. Me estoy arrancando la piel muerta de hace varias décadas. He intentado besar a todas las chicas que parecían oler a playa y no a camomila. He conseguido no tener que despedirme de ninguna habitación de hotel. He sobrevivido a un millón de veranos limpiando baños, resaca tras resaca. Y en ningún momento he echado de menos tener el pelo negro azabache.

Lo que no dejaré de ser nunca es un indio. Un pirata.

Habré pasado todos los rituales de iniciación. Habré perdido un ojo, un brazo o una pierna.
Tendré un caballo, un loro, yo que sé.
Pero nunca seré aquel adolescente que soñaba con la chica del cabello kilométrico.
Y aunque lo quiera con todas mis fuerzas, no he vuelto a llorar con aquella película, a pesar de seguir siendo mi favorita.

Ten un buen viaje, amigo.

Te recordaré siempre como el tío que fue capaz de todo, pero nadie se atrevió a escribirlo.
El chico que se folló a la tía de la limpieza, joder. Te recordaré porque yo también tuve el pelo negro azabache y menuda mierda.

Te regalo aquella playa, Adam. Haz con ella lo que quieras. Pero nunca intentes buscarla.
Te aseguro que no la encontrarás jamás.


Recuerda: de tanto quererla, la terminamos por matar.

lunes, 4 de noviembre de 2013

Un invento menos.


Las empresas pirotécnicas
se han inventado un amor
luminoso y explosivo
que solo funciona
cuando las personas
abren bien los ojos
mirando al cielo
mientras un nervio rabioso
les come las entrañas.

Era en aquel espejo donde debían
brillar todos tus fuegos de artificio,
pero nunca me atreví a mirar más
allá de tu hombro izquierdo.
Tu nuca.
Tus piernas.

Ahora pienso en qué pasaría
si entre toda la pólvora
que se emplea en hacer fuegos artificiales
también hubiera palabras.

Tú, yo, esta cama.
Lo leerías porque habría roto
antes el espejo donde
soy el más cobarde de todos
los reflejos.

Brillantes, efímeros,
arriba del todo,
tapados por el humo,
por los árboles,
por una ventana no demasiado grande.
Como nos hemos
acostumbrado a ser.

Y por fin los colores estarían
en ti
y arderíamos,
y caeríamos sobre toda esa gente
que mira con los ojos abiertos,
sonrisas gigantes en mitad
de ningún sitio.

Esta ciudad me vuelve a gustar
aunque no estés en ella.

Tus colores sí.

Esta noche debería arder
la primera de todas las fábricas
pirotécnicas.
Y mientras todos piensen
en qué desgracia tan desafortunada,
yo miraré al cielo.

Hay un espejo enorme
que te trae de vuelta
en cada fogonazo descontrolado.

¡Mira!
Salimos en las noticias:
hemos reventado todo el amor
brillante
explosivo
que el mundo
de verdad
no
necesitaba.


De nada.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.