viernes, 8 de noviembre de 2013

Buen viaje.


Ni rastro de la camomila. Nunca supe a qué olía su pelo.
Sé que era largo, casi infinito y que brillaba a la luz del sol como si fuera oro puro.
El chico nunca pudo tener el pelo negro azabache porque sus padres eran caucásicos. Europeos.
Del sur pero lejos del mestizaje.
Nunca pudo desvirgarse con la chica que limpiaba la casa, porque, aparte de caucásicos, sus padres eran pobres. No lo suficiente, pero sí lo justo como para tener que limpiar los baños con sus propias manos.
No soñó con ella ni un solo día. No iba a la playa solo. No le gustaba la playa. Le hacía daño en los pies ir en chanclas. Le quemaba el sol la piel.
No pudo salir de la isla en varios años porque quizás no viviera en una isla. Hace tiempo que no leo aquella historia, pero estoy segura de que su pelo no olía a camomila y de haberlo hecho, no lo hubiera sabido distinguir.
Como tampoco sabía si le gustaba. No la había visto jamás. Y probablemente nunca coincidieran en la entrada de ningún hotel.

Pero podría haberse enamorado de ella. Nunca al instante. El chico era listo. No lo suficiente, pero sí lo justo para no mancharse las manos limpiando baños.

La vez que me inventé aquella historia fue por amor. Hoy también.
Quiero a ese chico, y no a esa chica de pelo infinito. Quiero al moreno de ojos claros. Una especie de alter ego en pleno apogeo hormonal. Quería su fuerza y su personalidad y los quería para ella.
Ahora solo lo quiero para mí. Como recuerdo.

Y quiero aquella idílica playa donde todo parecía oler a camomila. Y quiero una chica de espaldas. Pero no quiero saber cómo es. Ni de lejos. Que la próxima vez que nos veamos sea porque nos estemos comiendo la vida. Y nunca en verso. Quiero decir. Que hay que besar siempre como si no hubiese un mañana. Y demostrar que no perdimos la virginidad con una empleada del hogar de bastante buen ver. Que igual morimos a pajas todas nuestra adolescencia pero sabíamos lo que era quererse hasta doler. Hasta desgastar. Hasta perdernos. Hasta no encontrar una puta mierda pero terminar corriéndonos igual porque el hambre agudiza el ingenio. Y joder que si teníamos hambre.

Los pájaros nunca han cantado ahí fuera. Hace bastante tiempo que no aparecen las golondrinas de las que un día empecé a hablar. Como queriendo volver al pasado. Atrapar todos los buenos momentos. Atraparlos fuerte y no dejarlos emigrar nunca más.

Lo peor es que aquel chico no tuvo la infancia que tuve yo; no pudo correr descalzo por el patio de su bisabuela, ni vio nacer gatos y perros cada año, como si fuera un ritual, la bienvenida a la vida. Ese chico no se acostumbró a que cada cierto tiempo un nuevo animal entraba en la familia con un nombre poco agraciado. Cualquier nombre feo es mejor que verse abandonado en mitad de la autopista. Aquel chico de pelo negro nunca verá a su madre pedirle perdón después de una riña. No vomitará durante todo un día: el día que su hermana pequeña nació, ni tendrá miedo a las libélulas hasta que de pronto, como por arte de magia, le parezcan uno de los animales más bellos del planeta. Aunque solo sean insectos.

No será nunca yo, aunque lo desease con todas mis fuerzas. Me estoy arrancando la piel muerta de hace varias décadas. He intentado besar a todas las chicas que parecían oler a playa y no a camomila. He conseguido no tener que despedirme de ninguna habitación de hotel. He sobrevivido a un millón de veranos limpiando baños, resaca tras resaca. Y en ningún momento he echado de menos tener el pelo negro azabache.

Lo que no dejaré de ser nunca es un indio. Un pirata.

Habré pasado todos los rituales de iniciación. Habré perdido un ojo, un brazo o una pierna.
Tendré un caballo, un loro, yo que sé.
Pero nunca seré aquel adolescente que soñaba con la chica del cabello kilométrico.
Y aunque lo quiera con todas mis fuerzas, no he vuelto a llorar con aquella película, a pesar de seguir siendo mi favorita.

Ten un buen viaje, amigo.

Te recordaré siempre como el tío que fue capaz de todo, pero nadie se atrevió a escribirlo.
El chico que se folló a la tía de la limpieza, joder. Te recordaré porque yo también tuve el pelo negro azabache y menuda mierda.

Te regalo aquella playa, Adam. Haz con ella lo que quieras. Pero nunca intentes buscarla.
Te aseguro que no la encontrarás jamás.


Recuerda: de tanto quererla, la terminamos por matar.

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.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.