sábado, 9 de noviembre de 2013

Prop. I

La línea no estaba en escribirle poemas de amor a todas horas. La línea era imaginarla en poemas de otros desde entonces.

Y para siempre.

Una nunca sabe cuándo se enamora, hasta que ya no hay vuelta atrás, y negarlo te parece más una broma absurda, un chiste malo, que una necesidad.
Es como querer parar la manada de pájaros cantantes y sonantes de nuestro pecho, con una red, quizás, un muro, tal vez. Es lo imposible.

Hace mucho, cuando pensaba que los imposibles eran las mujeres de las que me enamoraba, y no el enamorarse en sí, no sabía de lo que hablaba, aunque fuera bonito. Hermoso. Aunque aquellas mujeres quisieran saber de mí, o abandonarme, o pensar en el tiempo que necesitaban poner de por medio entre una intensidad que desborda desde que nació, y el vacío más absoluto.

Por eso la línea nunca fueron los mil poemas que dediqué de puño y tecla a las mujeres de mi vida, que han sido muchas y encima se lo merecían. La línea no era el amor en verso, los besos en mitad de un discurso, más etílico que consciente, no era amanecer despiertas, abrazadas, follando. Fallando.
La línea, traspasarla, era la estampida. La manada en calma esperando el mínimo ruido, el mínimo roce. El mínimo movimiento de la bestia.

La línea también era la bestia.

Aquello que pasaba mientras no te dabas cuenta de nada. El amor, sus consecuencias. Eso ni siquiera era el principio. Pero verla. Oírla. Saberse con ella aunque no estuviera, ni de lejos, cerca.
Lo más parecido a un virus que conozco. Una epidemia interna. Extendiéndose sin frenos por todas las venas de tu cerebro. Y ya no valían los poemas de amor desesperado a las dos de la mañana, ni llorar contra la almohada, ni verla en todos lados aunque fuera una puta mentira barata, una jugarreta sucia del inconsciente. Ella estaba en los poemas de otros. En las experiencias de otros. Y tú solo formabas parte de esos versos ajenos, como una inquilina. Y lo único que querías era que no acabase jamás aquel poema.

Que lo imposible fuera también lo inevitable.

La línea era, en definitiva, saber que no había vuelta atrás. Que lo siguiente solo sería hermoso y doloroso a partes iguales, y que el “me suda la polla” de todos los día, ya no te drogaba como antes. Es lo que pasa cuando aceptas que el amor existe, que no es una mierda, y que hay que vivirlo de la única manera que sabes.

Dejando que vuelen
todos
todos
todos
los pájaros de tu pecho.

Siendo el animal salvaje
que aprendiste no hace mucho
que no deberías dejar de ser nunca.
Bajo ningún concepto.

Y reconocer también, que estás apunto, pero que aún te hace gracia este chiste malo, esta broma absurda, este nosesabequé, pero me apetece un montón.
Y que nos sigue pareciendo una necesidad (y una barbaridad también) el de a poquito, el ir siempre al límite, el saltarnos nuestras propias normas éticomorales porque somos como putos adolescentes
y nos la suda, y nos da igual, y esto no es amor.


Pero se le parece bastante.

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