lunes, 4 de noviembre de 2013

Un invento menos.


Las empresas pirotécnicas
se han inventado un amor
luminoso y explosivo
que solo funciona
cuando las personas
abren bien los ojos
mirando al cielo
mientras un nervio rabioso
les come las entrañas.

Era en aquel espejo donde debían
brillar todos tus fuegos de artificio,
pero nunca me atreví a mirar más
allá de tu hombro izquierdo.
Tu nuca.
Tus piernas.

Ahora pienso en qué pasaría
si entre toda la pólvora
que se emplea en hacer fuegos artificiales
también hubiera palabras.

Tú, yo, esta cama.
Lo leerías porque habría roto
antes el espejo donde
soy el más cobarde de todos
los reflejos.

Brillantes, efímeros,
arriba del todo,
tapados por el humo,
por los árboles,
por una ventana no demasiado grande.
Como nos hemos
acostumbrado a ser.

Y por fin los colores estarían
en ti
y arderíamos,
y caeríamos sobre toda esa gente
que mira con los ojos abiertos,
sonrisas gigantes en mitad
de ningún sitio.

Esta ciudad me vuelve a gustar
aunque no estés en ella.

Tus colores sí.

Esta noche debería arder
la primera de todas las fábricas
pirotécnicas.
Y mientras todos piensen
en qué desgracia tan desafortunada,
yo miraré al cielo.

Hay un espejo enorme
que te trae de vuelta
en cada fogonazo descontrolado.

¡Mira!
Salimos en las noticias:
hemos reventado todo el amor
brillante
explosivo
que el mundo
de verdad
no
necesitaba.


De nada.

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.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.