lunes, 30 de diciembre de 2013

El tipo de gente que

-¿Sabes lo que estaría bien ahora?

-¿Qué?

-Fuegos artificiales.

-Sí. Pero ya los han tirado todos.

-Ya. No nos han esperado. Deberían saber que siempre hay que guardar algunos para este tipo de situaciones.

-No iban a esperar por nosotros. Teníamos que haber llegado a tiempo.

-Ya, pero hubiera estado bien. Siempre hacen sentir feliz a la gente.

-Quiero besarte.

-Y luego qué.


-Luego nada.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Náusea.

Eres la náusea,
lo sé porque también eres la calada
después de comer
y el estómago a punto de estallar.
Me he imaginado un millón
de asesinatos
desde que no follo
y no me parece mal,
sobre todo
que la gente muera.
Es una forma triste de naturaleza.

Lo que no quiero,
por culpa de todo esto,
es quedarme con lo primero
que se aproxime a
salvajismo
ilustrado.
Sé que no lo haré,
pero por si acaso,
lo escribo en papeles todo el rato.
No te folles lo que sabes
que no te va a follar a ti,
y no solo hablo de mentes,
por supuesto.

Eres la náusea porque
te necesito fuera,
marchándote por el váter,
estrellándote contra el asfalto,
no sin antes quemarme las entrañas,
el esófago,
los dientes.
Lo sé porque te traía conmigo
en cada borrachera
y
maldita sea,
no podía parar.

Me he convertido,
sin querer,
en la cerveza sin alcohol
que nunca me beberé
porque es como conformarse
con sucedáneos
y la vida,
me dijeron,
debía ser mucho más que eso.
Te escucho en cada canción
porque siempre te imaginaba
bailando conmigo
en mitad del mar,
a medio camino de todo,
literalmente.
Admito,
y no será la primera vez en mi vida,
mucho menos la última,
que te busco,
por supuesto,
para no encontrarte,
pero pareces escurrir
por las húmedas paredes
de esta ciudad.

Me he conformado,
está claro,
y por eso soy la chica buena
que busca en ti cosas malas
con las que poder defenderme
cuando ya no quede nada.
Por eso eres la náusea.
Mí náusea.

Tiraría de ti
con mis dedos
hasta arrancarte de mis tripas,
pero no puedo.
Hace falta estar muy pedo
para no sentir lástima de una misma
en esos momento,
o al menos,
que no te importe demasiado.
Estaba orgullosa
de tragarte cada noche
porque sabía que ibas a aparecer
en cada resaca
y eso me iba a matar.

Es normal que te necesite,
¿sabes?
La poesía siempre necesita
algo de muerte
para vivir
y ahí estabas tú,
impregnando mis dedos
con poemas que jamás escribiría.

Eres la náusea.
El estómago lleno de navidades
inconclusas.
No quiero que se acabe todo este plato
de “amaneceres-que-jamás-veremos-juntas”
pero tampoco puedo hacer más hueco
para el siguiente.
Te tengo como la persona triste
que debe alegrarme el día,
como la tormenta a punto de romperse,
como el sol a las tres de la tarde en mi jardín
un invierno
cualquiera,
pero contigo.
Te tengo como el gemido
antes de corrernos,
un recuerdo intruso
en mitad de un beso,
las canciones que solo encuentro
en mala calidad.

Eres la náusea.
Podrías ser mucho más.
Una enfermedad,
la noche entera vomitando,
esparciendo madrugadas por las baldosas
de mi habitación.
He encontrado varias formas
en los azulejos del baño,
llevo tanto rato esperando a que aparezcas
que creo que me voy a guardar
todas estas palabras
para la próxima resaca.

Tanto rato ya
que
no recuerdo
cómo era,
ni de qué color,
ni a qué sabía,
ni cómo olía,
tu absurdo y escurridizo
recuerdo.

Húmedo como las paredes
de
esta,
nuestra

ciudad.

martes, 17 de diciembre de 2013

Huesos XI

He pasado mucho tiempo creyendo
que el secreto estaba en la piel
que nos cubría
a modo de abrigo casi impermeable,
o en la carne húmeda que nos mojaba
las entrañas.
He pensado en todos nuestros dientes
como la forma más animal que tiene
el ser humano
de luchar:
a veces las sonrisas pueden desgarrar
más que cualquier pelea con osos.
Me había olvidado de todos los huesos
que aun me quedan por coleccionar.
Me empeñé en construir un mundo
de clavículas
y ahora ya no queda nada.

Una vez intenté escribir sobre
la geometría de su cuello.
Cuando me miraba se le formaban triángulos
perfectos en los hombros.
Lo sé porque cada vez que intento superarlo,
aparecen,
tragándoselo todo,
a modo de Triángulos de las Bermudas.
Me acostumbré al “ver pero no tocar”
de sus infinitos escaparates,
que aunque ella no lo crea,
para mí eran los más lujosos de aquella ciudad.

Podía sentir cada uno de sus huesos
cuando me abrazaba
y quedaba escondida entre mis brazos
y entonces yo era la piel que los cubría
y ella era la carne que me empapaba.

No me voy a engañar más:
me duele como lo hacen las articulaciones
cada invierno.
Como si estuvieran saludándonos
para irse de nuevo a la cama.

Intento no pensar que
todo el mundo tiene huesos como
los de ella
porque no sería justo
para ninguna de las dos.
Los he intentado enterrar
muy lejos de mí,
en algún lugar donde no los pueda rescatar
porque sé que este dolor
solo es por el invierno,
y el frío,
y el saludo de antes de irnos a dormir.

He pensado en sus dientes también,
en su forma de arrancar
todo lo malo que nos esté pasando,
y crear de la nada un coma de
apenas 200 milisegundos
en el que de pronto soy feliz.

Lo soy porque ella está sonriente
y sus triángulos de las Bermudas también
parecen estarlo,
y sus hombros me miran,
y a mí me entran ganas de hacer equilibrios
en sus clavículas
y en el resto de su cuerpo también.
Lo soy porque sé que un día existí
en sus rodillas,
y aquello era como llegar a la cima más alta
de la tierra
y oler el silencio.
Olerlo de verdad.

Los he enterrado.
Incluso cuando escribo esto
sé que están lejos de mí,
bajo tierra,
donde no los pueda encontrar.

Ahora pienso
que igual estoy en medio del océano,
en una dimensión desconocida,
que su geometría me ha tragado por completo
y que si sigo buscando huesos
como los suyos
voy a sentirme tan perdida
como la primera vez
que desapareció.

Es verdad.
He estado muchísimo tiempo
buscando pieles con las que abrigarme,
tripas donde anidar esta vez,
sin darme cuenta
de que lo que queda al final de todo,
después del amor,
el sudor,
las lágrimas,
la sangre,
la saliva.
Después de todo eso
lo único que persiste,
durables e inflexibles,
solo son sus huesos.
Sus blancos, pequeños,
largos, fuertes y delgados huesos.
Y no hay nadie que pueda luchar
contra algo así.

Ni siquiera su sonrisa
puede salvarme de esta
pelea de osos
que es tenerla tan dentro
que hasta sea el propio invierno
el que nos saluda y se va a la cama
a dormir.

A mí ya no me quedan más huesos
que rescatar.
Los míos han dejado de hacer música
y los suyos siguen estando lejos.
Muy, muy lejos
de aquella felicidad de la que siempre
intento hablar
y nunca lo consigo.
Hasta que ella aparece
y me engulle
y consigue llevarme a otra dimensión
y entonces
todo deja de existir
durante 200 milisegundos
en los que vuelvo a ser feliz.

Soy feliz.


Solo eso.

lunes, 16 de diciembre de 2013

Productos químicos

Existe un proceso lento y degenerativo en las relaciones que me hace sentir terriblemente triste, indefensa y en algunas ocasiones, indiferente.
Es como construir un recipiente gigante, llenarlo de agua, gota a gota, y cuando por fin esté lleno, tirar una pastilla efervescente enorme. Hay algunas amistades que son así. Ver cómo una pastilla se deshace lentamente delante de tus narices. Y mientras esto ocurre, tú puedes acercarte el vaso gigante y ver como millones de chispas salpican en tu cara manchando tus gafas con los restos de esa reacción química.
Al principio, el crepitar de dicha reacción parece divertido y te quedas un rato mirando cómo, poco a poco, la pastilla va empequeñeciendo; pero tarda bastante tiempo, así que decides prepararte la cena, ir al baño, ver la tele mientras tanto. Ya casi no eres capaz de escuchar como cientos de burbujas buscan la manera de explotar. Estás tan absorta viendo como comienza a hervir el agua de los espaguetis que te has olvidado de aquel vaso gigante lleno de agua y productos químicos.
Al final, después de cenar, de ducharte o de ver algún programa de televisión, vuelves a la cocina y descubres que ya no hay pastilla, sino un recipiente enorme lleno de agua turbia a causa de los restos del desastre químico que has provocado. Y te lo bebes, cada día un sorbito, suponiendo que eso será suficiente, necesario o útil.
Pero lo cierto es que hubieras preferido atragantarte antes con una píldora, o haber tirado el vaso contra el suelo que ver cómo el tiempo ha conseguido disminuir tantos recuerdos a un concentrado diluido de lo que fue y nunca más será.

Y es triste sobre todo porque cuando te das cuenta ya no puedes hacer nada. Se van acumulando otras cosas que hacer, otras pastillas que asesinar lentamente, y no hay tiempo. Ya no lo hay.


Te lo terminas de beber. Sabe a medicina aunque dudas mucho que te cure de algo. Pones el vaso en el fregadero. Ya lo limpiarás mañana, cuando necesites volver a comprobar de qué clase de personas te encariñas.  

martes, 10 de diciembre de 2013

Equipajes.

Nos hemos olvidado de todo
eso que proclamábamos nuestro,
porque ardía dentro un sentimiento
de pertenencia que no nos gustaba nada,
y nos daba la sensación de ser
como equipaje
en mitad de una cinta transportadora
de un aeropuerto cualquiera.

El destino, casi siempre, daba igual.
Nadie iba a esperarnos allí
donde decidiéramos anidar esta vez.
Saludamos a nuestros vecinos
del edificio de enfrente
pensando en la despedida,
que no sería dolorosa
ni habría lágrimas,
ni saldríamos a la calle
a conocernos por fin
pero nos iba a dar la misma pena
que nuestro penúltimo beso.

Los medios de transporte
no perdonan una despedida,
por muy cruel que sea el amor
que se narre esta vez,
en esta estación de autobuses.

Ellos engullen gente,
se la tragan sin importarles
procedencia o historia.
Todos somos números,
casi siempre impares,
llenos de ropas y vinos y quesos,
provisiones para el invierno.
Será duro, escriben algunos
en sus cristales.
A esa velocidad uno parece no llegar nunca.

Pero llegas.

De nuevo eres el equipaje
número ochenta y nueve,
treinta y dos,
veintisiete.
Te preguntas,
mientras ruedas
por la cinta transportadora,
qué manos te agarrarán esta vez.
Si se equivocarán y te volverán a dejar
donde te encontraron,
o si te llevarán de vuelta a casa,
o si te encerrarán en una habitación
fría y oscura
sin vistas a ningún vecino
del que poder despedirte esta vez.

Otra vez.

Nos hemos olvidado de todo
lo que aprendimos que no debíamos hacer.
Se nos olvidó cerrar las cortinas
las últimas veces que follamos:
mientras yo te quitaba las bragas
tú pensabas en quévergüenzapordios
y a mí me daba tan igual las despedidas
a esas alturas
que casi llego tarde a la nuestra.

Y ya ves.
He tenido que tirar del invierno
para seguir escribiendo.
Que probablemente la culpa no sea
de los medios de transporte,
ni de las estaciones de autobuses,
ni de los aeropuertos,
ni de los taxistas, que qué cabrones,
lo caros que son, joder.

Que probablemente la culpa no sea de nadie,
pero duele igual
y parece como si lo hiciera menos
el señalar a alguien antes
de mirarnos al espejo.

Y admitir
de una puta vez
que me muero por volver
a ser
el equipaje de alguien.
Las provisiones para el invierno.
El trayecto en taxi más cómodo
de la historia.

Admitir por fin,
que me empiezan a gustar los aviones,
ahora que no tengo a nadie por quien
morir.


Aunque solo sea en el intento.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Todo lo contrario.

Para saber que no es amor,
sino otra cosa,
(normalmente peor y más peligrosa),
primero hay que enamorarse.

Es necesario pasar
por todo tipo de situaciones
inverosímiles para darse cuenta
de que el amor debe ser algo distinto
a lo que los poetas escriben,
como justificándose.
Eso que ellos hacen.
Eso que yo hago,
no es más que una estúpida fórmula
para que todo tenga sentido.
Una excusa válida
para convencernos de que lo bonito
es el dolor.

El error.

Si te has enamorado:
enhorabuena,
ya sabes lo que no es el amor.
Si aun no lo has conseguido,
no seré yo quien te advierta.
Considero que pasar por este trance
debe ser una especie de
ritual de iniciación,
por el cual todas las personas
aprenden la diferencia entre
lo que es el amor y lo que no.

Obviamente, no siempre sucede esto.
Muchos nos quedamos absortos
con la idea de que un sentimiento
pueda mover tantas cosas dentro
y preferimos
etiquetar cualquier forma de autodestrucción
dentro del concepto amor,
porque es una manera como otra cualquiera
de no sentirnos como putos subnormales.

Lo entiendo.
Muchos de nosotros necesitamos
esta especie de sucedáneo de mierda
para creer que las cosas tienen sentido.
Aun así, reconozco mi incapacidad
para escribir desde el amor
y no desde lo contrario,
que sería el pasarlo mal,
el recuerdo inevitable de una escena idílica,
el vaso contra el suelo,
las ganas de matar
(sea cual sea la manera que elijas de hacerlo).

Sé que no lo es
porque puedo escribir
sobre mí
desde ese espejo deformado
que todos se empeñan en llamar
amor,
pero que no lo es.
No lo es.
De verdad que no.

De pronto salen a la luz
partes de ti que nunca habías imaginado
tener tan adentro,
y te avergüenzas.
Luego dices conocerte mejor después
de tal y tal historia
y no entiendes
que del amor solo hay que aprender a mejorar,
y no a hacerte íntimo de tus monstruos.

La gente no entiende
que convertirse en la persona
que nadie desea a su lado
no es amor.
Que la culpa es de los poetas
que escriben libros a mujeres
que pudieron ayudarlos a mejorar,
sin entender que muchos de nosotros
lo que necesitamos es el reflejo continuo
de todo lo que tenemos por ganar,
para escribir sobre todo lo que vamos a perder.

Somos unos putos pesimistas,
embaucadores,
ególatras presuntuosos
escupetintas, chupasonrisas.

Nos merecemos las escabechinas
sobre las que escribimos
porque no paramos de enamorarnos
y todo el mundo sabe ya
que eso no es amor,
sino otra cosa,
mucho más fea
y

peligrosa.

martes, 3 de diciembre de 2013

Rojo (piedras)

Dijo rojo. Eligió el rojo.
Lo siguiente que recuerdo: las luces brillaban más en el agua que en las mismas farolas. Pensé en un verano. Saltar de azotea en azotea.
Eligió el color rojo por encima de todos los demás.
Obviamente nunca me atreví a preguntarle por qué. Me había acostumbrado a cerrar el pico más de vez en cuando, sobre todo si la verdadera intención era almacenar información ajena.
No más preguntas, me dijo. Era el segundo día. Casi no recordaba su nombre y ya me había impuesto la primera norma.
La segunda era bailar siempre que sonara música. Bailar hasta morir.
Yo seguía siendo una borracha empedernida. Perdía el ritmo cada tres pasos y resoplaba nerviosa mientras toda aquella gente parecía pasárselo bien.

ROJO, gritó. Elige el rojo tú también, estemos en el mismo equipo.
Yo le dije que aquello era demasiado arrogante para mí. Haz tu propio equipo, no te preocupes por mí. Pero seguía obcecada con la idea de pertenecer al mismo equipo y sin ninguna intención de dar su brazo a torcer. Ven conmigo. Yo te he enseñado a bailar. También puedo enseñarte a disparar.
Tenía dentro de sí un nervio rabioso que mordía e infectaba a quien estuviese cerca. Esta vez me tocó a mí. Me agarraba del brazo, tironeaba por mí mientras seguía intentando convencerme de quedarme con ella, porque por supuesto, era la mejor opción. VEN, TENEMOS EL ROJO, SOMOS EL ROJO.

Cerré los ojos. Partí a correr.
Lo siguiente que recuerdo es estar en el bando contrario. Todos los de mi equipo habían sido acribillados por un rojo furioso y alguien gritaba a lo lejos TE HE DEJADO PARA EL FINAL PORQUE ERES MI PREMIO. Corrí tan rápido como pude. Más de lo que nunca hubiera imaginado poder hacer. Corrí hasta quedar sin aliento. Corrí hasta escapar del juego.

En mi cabeza solo podía ver manchas rojas. Casi sin respiración. Ella eligió la sangre de mis venas porque sabía que no iba a ser capaz de escapar jamás.

Lo siguiente que recuerdo: ahora entiendo a la gente que se tira a los ríos. Malditos suicidas. Ellos también dejaron de pensar en colores. Ahora todo era rojo y daba miedo, y queríamos salir corriendo, y lo único que se nos ocurrió fue saltar.


Adivina de qué color era el salto. El agua. La asfixia. La muerte.

domingo, 1 de diciembre de 2013

Esto.

No encuentro nada más cruel
que una despedida entre dos desconocidos.
Ellos se miran, sujetan el marco de la puerta,
lo abrazan,
lo estrujan, incluso.
Se apoyan en paredes que son capaces
de tragarles.

Luego intentas que todo sea normal
y besas unos labios que desconoces
como si eso pudiera sustituir
a un beso en el hombro,
círculos con la nariz,
EL PUTO OLOR A BESO
que siempre tengo que explicar
y al que nadie le hace caso.

Menos yo.
Menos mal.

Nada más cruel, en serio
que volver a casa
sabiendo que no regresarás.
Una forma de cavar tu propia tumba
a modo de trinchera.
Una forma de ganar la guerra
cobardemente.
Qué tú lo que querías era
arrancar aquella puerta,
gritarle sobre el dolor y el amor,
que para el caso eran lo mismo
y derruir cualquier ápice de incapacidad
emocional.

Ser otras personas,
en otro tipo de despedidas,
al fin y al cabo.

No haber pensado en que el café
se nos enfriaba sobre la mesa,
que nunca debías poner más de dos
cucharadas de azúcar,
pero no sabías como controlarlo,
y tener la memoria justa
para llegar hasta el punto de inicio
de la cuenta atrás.

El beso.

No encuentro nada más cruel
que decirte que te des por aludida
ahora que hablo de personas desconocidas
que se despiden,
mientras el café se enfría,
la temperatura máxima roza los
cuatro grados,
llegan libros nuevos a la librería,
la gente sigue sin saber caminar
civilizadamente por las aceras,
y nuestro beso-bengala
se ha disparado solo.

Yo siempre sabré cómo llegar.
Sigo cavando mi propia trinchera.
Que por lo menos la guerra haya servido de algo.

Y tú no.
Tú siempre no.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.