martes, 10 de diciembre de 2013

Equipajes.

Nos hemos olvidado de todo
eso que proclamábamos nuestro,
porque ardía dentro un sentimiento
de pertenencia que no nos gustaba nada,
y nos daba la sensación de ser
como equipaje
en mitad de una cinta transportadora
de un aeropuerto cualquiera.

El destino, casi siempre, daba igual.
Nadie iba a esperarnos allí
donde decidiéramos anidar esta vez.
Saludamos a nuestros vecinos
del edificio de enfrente
pensando en la despedida,
que no sería dolorosa
ni habría lágrimas,
ni saldríamos a la calle
a conocernos por fin
pero nos iba a dar la misma pena
que nuestro penúltimo beso.

Los medios de transporte
no perdonan una despedida,
por muy cruel que sea el amor
que se narre esta vez,
en esta estación de autobuses.

Ellos engullen gente,
se la tragan sin importarles
procedencia o historia.
Todos somos números,
casi siempre impares,
llenos de ropas y vinos y quesos,
provisiones para el invierno.
Será duro, escriben algunos
en sus cristales.
A esa velocidad uno parece no llegar nunca.

Pero llegas.

De nuevo eres el equipaje
número ochenta y nueve,
treinta y dos,
veintisiete.
Te preguntas,
mientras ruedas
por la cinta transportadora,
qué manos te agarrarán esta vez.
Si se equivocarán y te volverán a dejar
donde te encontraron,
o si te llevarán de vuelta a casa,
o si te encerrarán en una habitación
fría y oscura
sin vistas a ningún vecino
del que poder despedirte esta vez.

Otra vez.

Nos hemos olvidado de todo
lo que aprendimos que no debíamos hacer.
Se nos olvidó cerrar las cortinas
las últimas veces que follamos:
mientras yo te quitaba las bragas
tú pensabas en quévergüenzapordios
y a mí me daba tan igual las despedidas
a esas alturas
que casi llego tarde a la nuestra.

Y ya ves.
He tenido que tirar del invierno
para seguir escribiendo.
Que probablemente la culpa no sea
de los medios de transporte,
ni de las estaciones de autobuses,
ni de los aeropuertos,
ni de los taxistas, que qué cabrones,
lo caros que son, joder.

Que probablemente la culpa no sea de nadie,
pero duele igual
y parece como si lo hiciera menos
el señalar a alguien antes
de mirarnos al espejo.

Y admitir
de una puta vez
que me muero por volver
a ser
el equipaje de alguien.
Las provisiones para el invierno.
El trayecto en taxi más cómodo
de la historia.

Admitir por fin,
que me empiezan a gustar los aviones,
ahora que no tengo a nadie por quien
morir.


Aunque solo sea en el intento.

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