domingo, 1 de diciembre de 2013

Esto.

No encuentro nada más cruel
que una despedida entre dos desconocidos.
Ellos se miran, sujetan el marco de la puerta,
lo abrazan,
lo estrujan, incluso.
Se apoyan en paredes que son capaces
de tragarles.

Luego intentas que todo sea normal
y besas unos labios que desconoces
como si eso pudiera sustituir
a un beso en el hombro,
círculos con la nariz,
EL PUTO OLOR A BESO
que siempre tengo que explicar
y al que nadie le hace caso.

Menos yo.
Menos mal.

Nada más cruel, en serio
que volver a casa
sabiendo que no regresarás.
Una forma de cavar tu propia tumba
a modo de trinchera.
Una forma de ganar la guerra
cobardemente.
Qué tú lo que querías era
arrancar aquella puerta,
gritarle sobre el dolor y el amor,
que para el caso eran lo mismo
y derruir cualquier ápice de incapacidad
emocional.

Ser otras personas,
en otro tipo de despedidas,
al fin y al cabo.

No haber pensado en que el café
se nos enfriaba sobre la mesa,
que nunca debías poner más de dos
cucharadas de azúcar,
pero no sabías como controlarlo,
y tener la memoria justa
para llegar hasta el punto de inicio
de la cuenta atrás.

El beso.

No encuentro nada más cruel
que decirte que te des por aludida
ahora que hablo de personas desconocidas
que se despiden,
mientras el café se enfría,
la temperatura máxima roza los
cuatro grados,
llegan libros nuevos a la librería,
la gente sigue sin saber caminar
civilizadamente por las aceras,
y nuestro beso-bengala
se ha disparado solo.

Yo siempre sabré cómo llegar.
Sigo cavando mi propia trinchera.
Que por lo menos la guerra haya servido de algo.

Y tú no.
Tú siempre no.

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.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.