martes, 17 de diciembre de 2013

Huesos XI

He pasado mucho tiempo creyendo
que el secreto estaba en la piel
que nos cubría
a modo de abrigo casi impermeable,
o en la carne húmeda que nos mojaba
las entrañas.
He pensado en todos nuestros dientes
como la forma más animal que tiene
el ser humano
de luchar:
a veces las sonrisas pueden desgarrar
más que cualquier pelea con osos.
Me había olvidado de todos los huesos
que aun me quedan por coleccionar.
Me empeñé en construir un mundo
de clavículas
y ahora ya no queda nada.

Una vez intenté escribir sobre
la geometría de su cuello.
Cuando me miraba se le formaban triángulos
perfectos en los hombros.
Lo sé porque cada vez que intento superarlo,
aparecen,
tragándoselo todo,
a modo de Triángulos de las Bermudas.
Me acostumbré al “ver pero no tocar”
de sus infinitos escaparates,
que aunque ella no lo crea,
para mí eran los más lujosos de aquella ciudad.

Podía sentir cada uno de sus huesos
cuando me abrazaba
y quedaba escondida entre mis brazos
y entonces yo era la piel que los cubría
y ella era la carne que me empapaba.

No me voy a engañar más:
me duele como lo hacen las articulaciones
cada invierno.
Como si estuvieran saludándonos
para irse de nuevo a la cama.

Intento no pensar que
todo el mundo tiene huesos como
los de ella
porque no sería justo
para ninguna de las dos.
Los he intentado enterrar
muy lejos de mí,
en algún lugar donde no los pueda rescatar
porque sé que este dolor
solo es por el invierno,
y el frío,
y el saludo de antes de irnos a dormir.

He pensado en sus dientes también,
en su forma de arrancar
todo lo malo que nos esté pasando,
y crear de la nada un coma de
apenas 200 milisegundos
en el que de pronto soy feliz.

Lo soy porque ella está sonriente
y sus triángulos de las Bermudas también
parecen estarlo,
y sus hombros me miran,
y a mí me entran ganas de hacer equilibrios
en sus clavículas
y en el resto de su cuerpo también.
Lo soy porque sé que un día existí
en sus rodillas,
y aquello era como llegar a la cima más alta
de la tierra
y oler el silencio.
Olerlo de verdad.

Los he enterrado.
Incluso cuando escribo esto
sé que están lejos de mí,
bajo tierra,
donde no los pueda encontrar.

Ahora pienso
que igual estoy en medio del océano,
en una dimensión desconocida,
que su geometría me ha tragado por completo
y que si sigo buscando huesos
como los suyos
voy a sentirme tan perdida
como la primera vez
que desapareció.

Es verdad.
He estado muchísimo tiempo
buscando pieles con las que abrigarme,
tripas donde anidar esta vez,
sin darme cuenta
de que lo que queda al final de todo,
después del amor,
el sudor,
las lágrimas,
la sangre,
la saliva.
Después de todo eso
lo único que persiste,
durables e inflexibles,
solo son sus huesos.
Sus blancos, pequeños,
largos, fuertes y delgados huesos.
Y no hay nadie que pueda luchar
contra algo así.

Ni siquiera su sonrisa
puede salvarme de esta
pelea de osos
que es tenerla tan dentro
que hasta sea el propio invierno
el que nos saluda y se va a la cama
a dormir.

A mí ya no me quedan más huesos
que rescatar.
Los míos han dejado de hacer música
y los suyos siguen estando lejos.
Muy, muy lejos
de aquella felicidad de la que siempre
intento hablar
y nunca lo consigo.
Hasta que ella aparece
y me engulle
y consigue llevarme a otra dimensión
y entonces
todo deja de existir
durante 200 milisegundos
en los que vuelvo a ser feliz.

Soy feliz.


Solo eso.

No hay comentarios:


.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.