martes, 3 de diciembre de 2013

Rojo (piedras)

Dijo rojo. Eligió el rojo.
Lo siguiente que recuerdo: las luces brillaban más en el agua que en las mismas farolas. Pensé en un verano. Saltar de azotea en azotea.
Eligió el color rojo por encima de todos los demás.
Obviamente nunca me atreví a preguntarle por qué. Me había acostumbrado a cerrar el pico más de vez en cuando, sobre todo si la verdadera intención era almacenar información ajena.
No más preguntas, me dijo. Era el segundo día. Casi no recordaba su nombre y ya me había impuesto la primera norma.
La segunda era bailar siempre que sonara música. Bailar hasta morir.
Yo seguía siendo una borracha empedernida. Perdía el ritmo cada tres pasos y resoplaba nerviosa mientras toda aquella gente parecía pasárselo bien.

ROJO, gritó. Elige el rojo tú también, estemos en el mismo equipo.
Yo le dije que aquello era demasiado arrogante para mí. Haz tu propio equipo, no te preocupes por mí. Pero seguía obcecada con la idea de pertenecer al mismo equipo y sin ninguna intención de dar su brazo a torcer. Ven conmigo. Yo te he enseñado a bailar. También puedo enseñarte a disparar.
Tenía dentro de sí un nervio rabioso que mordía e infectaba a quien estuviese cerca. Esta vez me tocó a mí. Me agarraba del brazo, tironeaba por mí mientras seguía intentando convencerme de quedarme con ella, porque por supuesto, era la mejor opción. VEN, TENEMOS EL ROJO, SOMOS EL ROJO.

Cerré los ojos. Partí a correr.
Lo siguiente que recuerdo es estar en el bando contrario. Todos los de mi equipo habían sido acribillados por un rojo furioso y alguien gritaba a lo lejos TE HE DEJADO PARA EL FINAL PORQUE ERES MI PREMIO. Corrí tan rápido como pude. Más de lo que nunca hubiera imaginado poder hacer. Corrí hasta quedar sin aliento. Corrí hasta escapar del juego.

En mi cabeza solo podía ver manchas rojas. Casi sin respiración. Ella eligió la sangre de mis venas porque sabía que no iba a ser capaz de escapar jamás.

Lo siguiente que recuerdo: ahora entiendo a la gente que se tira a los ríos. Malditos suicidas. Ellos también dejaron de pensar en colores. Ahora todo era rojo y daba miedo, y queríamos salir corriendo, y lo único que se nos ocurrió fue saltar.


Adivina de qué color era el salto. El agua. La asfixia. La muerte.

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