miércoles, 8 de enero de 2014

Cicuta.

Estás a mi lado mientras pienso la manera en la que encajarían mis dedos entre tus costillas, cómo será la mezcla de mi lengua con tu piel, si se nos dará bien besarnos. Pero estoy a tu lado y soy incapaz de mover un solo músculo por descubrirlo.
He perdido a la persona que solía ser entre mareas de gente que iban y venían sin cesar. Me he perdido y soy incapaz de encontrarme. Como una estúpida adolescente que sigue sin dar con su lugar.
Pienso "necesito carne fresca, pero me apetece no comer en este momento". Ella está a mi lado y la imagino de otra manera y me he vuelto a perder. Sonrío, porque es lo que hacen las personas que quieren aparentar normalidad cuando no tienen ni puta idea de lo que se habla. Probablemente, la música estuviera demasiado alta.
He visto cómo perdía cada noche y me he sentido cansada y frustrada por no saber cantarte las cuarenta. Por eso he evitado este preciso momento tanto, tanto tiempo. Yo aquí, escribiendo que no hace mucho, estaba a tu lado, podía olerte, y me sentía de todo menos animal-instinto.
A la gente le suelo decir, “he perdido mi magia, ya la encontraremos” pero empiezo a dudar de si el lugar es el adecuado, de si las personas son las correctas o de si soy yo que estoy del todo estropeada. De todos modos, sigo confiando en mi madre, ella solo se equivoca adrede para ver cómo me vuelvo loca.
Me he destrozado la mano no escribiendo que hay ciertas mujeres imposibles que me dan mucha rabia. Me la he destrozado porque no era justo escribir un poema dedicado a un vientre vacío de muchas cosas, pero sobre todo, de tripas. Algo está claro, nos elegimos mal, no solo por el lugar y el momento. Joder. Nos elegimos penosamente mal como personas que se quieren comer la vida. A este paso ya debíamos estar atragantadas de versos y manías y lo único que encuentro es una lista desnutrida de “mierdas por las que no debería escribir y por eso es buena idea que escriba”. La de cosas prohibidas que han ganado premios, eh. Menos esta vez, que ha sido totalmente artificial la manera de pararnos los pies. Hablo de mí, a tu lado, oliéndote y abrazándote. Hablo de aquella vez. De todas, en realidad. De la distancia que tarda una persona en darse cuenta del error. Te estiraste como una flecha en un arco mal construido. Yo solo te quería besar, pero de nuevo pensé, “mi magia está de paseo, ya la encontraremos” y no.
Tenía que haberme lanzado al NO de cabeza. Por si de repente cambiaba de opinión o éramos capaces de llenar la piscina en un solo beso o si es mejor darse cuenta del error después de cometido. Que aquí no ha pasado nada. Que nos seguimos queriendo de una manera extraña pero llena de condiciones. Tenemos tantas barreras que nos es imposible saltar la siguiente sin tropezar con la anterior y temo, sobre todo temo, que esto solo sea cosa mía. La estúpida intuición fallida.
Hablo de mirarte de una manera en la que cualquiera en su sano juicio se daría cuenta y encima nos estamos haciendo las locas. Con estas ganas. Mierda.
No puedo moverme. Otra vez. Te has quedado dormida y no quiero despertarte.
Miro la pared como si ella pudiera responderme al “qué coño estás haciendo con tu vida”.
No lo sé.
Es solo que
no
puedo
moverme,
joder.

Ni siquiera para abrirle la puerta a la magia, por si volviera y
que puta decepción. En serio.


Que estés tan a mi lado, que casi ni nos demos cuenta.

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.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.