jueves, 9 de enero de 2014

Los buenos de la manada


Recuerda por un momento cuando eran los demás los que se drogaban. Ellos se apartaban sigilosamente a las partes traseras de las casas, pero con un cartel en la frente que ponía “tenemos un secreto entre las manos, no nos molesten”. Un cartel muy grande en la frente, claro. Recuerda la primera persona a la que viste vomitar en la calle, de noche, por beber demasiado, y sobre todo, mal. Recuerda el camino a casa borroso. Alguien tuvo que salvarnos la vida, estoy segura. Alguien estaba allí todo el tiempo mirando que no nos hiciéramos daño, que no metiéramos los dedos en los enchufes. Éramos los buenos de la manada. Tuvo que suceder algo, estoy segura. Empezamos a fumar porque todos lo hacían. No me imagino la poesía sin humo, qué quieres que te diga. Fuimos seres tan despreciables, subidos a tranvías llenos de borracheras ajenas que, no sé qué más decir, la verdad.
Nos convertimos en aquella secta secreta que se escondía en baños y partes traseras de casas. Esnifamos y chupamos de más mientras alguien seguía intentando protegernos de vuelta a casa. Qué cabronada, en serio. Con nuestras charlas de doble moral, sobre el tabaco y el alcohol. No lo hagas, decíamos. Pero a quién queríamos engañar.
Estábamos tan orgullosos de nuestras sectas de mierda que se nos empezó a olvidar a qué habíamos venido. Nos gustaba y no y eso era lo que más nos enganchaba. Poder hablar de drogas. Escribir de ellas. Ahora sí que sí, eh. Ahora que ya sabíamos de lo que hablábamos. Qué panda de subnormales.
Recuerda la última vez que fuiste una niña, ¿no te da pena? Claro que sí, porque éramos los buenos de la manada aunque todos supieran antes que nosotros cómo íbamos a acabar.
Me pasé una tarde entera buscando un rinoceronte diminuto de metal entre un montón de escombros y jamás lo encontré. Sigo pensando en él. Cómo no lo iba a hacer de todos los besos que nos dimos. Pero no. Me he vuelto vieja e hipócrita. Ahora ya nadie es ese rinoceronte diminuto de metal entre un montón de escombros y siento que aunque lo quiera, no volveremos a ser los buenos de la manada.
Porque ahora ya da pereza. Ya no somos capaces de jugarnos la vida en un beso pero si en una raya y damos un montón de asco. Hablamos de todas esas cosas sin saber y no dejamos que nadie nos diga no. Por eso ya nadie nos acompaña en el camino de vuelta a casa. Nos han salvado tantas veces la vida que hemos perdido el respeto a la muerte y encima creemos que teníamos todo el derecho del mundo a que nos protegieran.
Recuerda la última vez que fuiste valiente de verdad e intenta saltar ahora mismo de esa manera. No puedes. Algo dentro de ti se ha muerto. Supongo que junto con todas esas borracheras ajenas, esa gente vomitando en la calle a la que jamás creíste entender. Los carteles en los que ponen “ya no nos interesan tus secretos, puedes irte por donde viniste”. Los carteles gigantes en la frente.
Cuando lo peor que podía pasarte es que lloviera en mitad del camino o que no te invitaran a quedarte a dormir, o que no tuvieras sueño y sí un montón de ganas de moverte en la cama.
Recuerda la última vez que fuiste un gato. Podría pasarme la noche llorando.

Así que esto era crecer, claro. Las cosas del pasado no nos gustan tanto como antes. No nos reconocemos pero, recuerda la última vez que te miraste en un espejo y te reconociste.

¿Lo recuerdas?

Quítate ese puto cartel de la frente. Ese gigante cartel, claro. Ponte a buscar rinocerontes de nuevo. Regresa a la manada. A tu manada y sé la mejor. Tendrás alguien que cuide de ti en el camino de vuelta si consigues recordar la última vez que fuiste una niña. Aunque sea triste. No hemos conseguido nada. No si lo sientes como algo que no quieres que vuelva a suceder.

También me pasé una tarde entera buscando una moneda de cien pesetas entre unas rejas.
No recuerdo cuándo fue la última vez que fui una niña pero sí que no paraba de buscar cosas que perdía. Porque no me gustaba perder nada.
Agarra esa sensación de no querer tirar la toalla nunca. Agárrala fuerte porque es lo único que te salvará.
Ahora mírate en el espejo e intenta reconocerte y no dejes de hacerlo hasta que lo consigas.

Hasta que no seas capaz de saltar como lo hacías antes. Valiente.

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