martes, 28 de enero de 2014

Me importa una mierda.

La perfecta persona escuchante.
Callada y sincera.
Ella escucha día tras día
todo lo que las personas le quieren
contar.
Mira, gesticula, asiente.
Todo el mundo acude a ella
y son felices despotricando,
liberándose, día tras día
de sus penas.
Ella piensa que es una putada
tener cara de escuchante.
Y toda esa mierda mediocre
que le dejan chorreando de las orejas,
¿qué hará con ella?.
Demuestra una paciencia infinita,
pero si se preocuparan un poco por lo que
tiene que decir al respecto
conocerían a una mujer impaciente,
egocéntrica y terriblemente rabiosa.
No le importa nada de lo que le puedan contar,
solo piensa en qué es lo que ella puede
no decir
y así se pasa los días.
Ha creado el silencio más atroz
a partir de la mierda que el mundo
le ofrece.
Y no quiere.
Pero se ha olvidado,
y ahora creo que de verdad,
de cómo se empieza a crear gente
impaciente, egocéntrica y rabiosa
a partir de sus penas.
Considera que cada cual
lleva sus cargas de la manera que mejor sabe
y que las suyas,
grandes o pequeñas,
son suyas y de nadie más.

Se siente pesada y pegajosa
cuando de pronto hay un silencio
y es ella la que tiene que
redimirse.
Con y contra el mundo.

Me da igual. Dice.
Me da igual todo lo que me estás contando. Dice.
Está repleta de los demás
pero aun sigue habiendo un hueco enorme
para sus órganos.
Me da igual. Dice.
Pero no es capaz.
Ella asiente, gesticula, mira.
Da respuestas -cada vez menos ingeniosas-
Se ha olvidado de lo más importante:
qué me gustaría que me dijeran a mí
si estuviera diciendo esta cantidad de gilipolleces.

Ha desaprendido su oficio
antes de empezar
y le da igual. Dice.


Eso me dice.

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.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.