martes, 18 de febrero de 2014

Noche de chicos.


Era el día del pelo sucio,
los chavales salieron a comerse el mundo,
yo tomaba cerveza.
No olíamos especialmente bien
pero las mujeres revoloteaban a nuestro alrededor
como moscas, mosquitos,
y de algo estoy seguro: querían nuestra sangre.

Algunos de los chicos resbalaron
por el suelo de aquel bar,
y aun así
cuando entramos notamos que
seguíamos sin ser nadie.
La música nos movía.
Algunos de los chicos
parecían tener miedo de ir solos al baño,
ya sabes.
Ley de la noche: no queríamos nuestra sangre.

El día del pelo sucio
era el día del ron,
el día de que todo nos importaba una mierda,
pero ellos parecían moverse
como si se quemasen en el infierno
y aquello había que disfrutarlo.
Ninguno saboreó la cerveza de la victoria
como yo.
Ellos engullían veneno,
parecían pantanos llenos de cadáveres,
llenos de mujeres-mosquitos: ellas no querían chupar más.

Lloraron ríos de risas,
amarrados a abrazos de
amistad sonriente,
ácida, agridulce.
Querían comida china,
querían más birras,
querían no tener que volver al baño solitos,
pero lo hacían,
y de vez en cuando
se daban palmaditas en la espalda.
La noche se había acabado: como su sangre.

Y lo peor de todo
es que seguían vivos

o eso creían ellos.

(Yo no.)

lunes, 10 de febrero de 2014

Almacén.


El problema muchas veces estaba
en cuando llegaba la noche
y todos los fantasmas hacían
montaña sobre mí.
Una pesadez terrible en el pecho
que me dejaba respirar
y eso era lo peor de todo.
No poder quejarse a gusto.
Lo peor era el último cigarro
antes de irse a dormir,
que ya no queden más películas por ver
y yo con estos ojos
deseando volver a soñar
como cuando era feliz.

El vacío de terminarse un libro,
los últimos minutos de vida
en un cine,
el penúltimo beso
siempre sabe amargo,
no me preguntes por qué.
Supongo que algo tendrá que ver
mi manía de ver la vida
desde el prisma nostálgico
de las cosas finitas.

Ahora que lo pienso,
tampoco creíamos ser felices
cuando realmente lo éramos.
Debe haber algo que diferencie
aquella ignorancia crónica
de esta tristeza
que cada vez parece ser más real,
porque cada vez tiene menos cara.

Por eso ahora
guardo fuerte los momentos
en los que río hasta doler.
He comprendido que
la felicidad también se puede almacenar.
Mientras, sigo en esta especie
de estado vegetativo emocional.

Me tomo al pie de la letra
el significado de la palabra
hibernar.
He dejado las madrigueras por cuevas
pero tengo el mismo instinto animal
de supervivencia
aunque no lo parezca.
Todos queremos una vida
primavera.
Porque a veces nos cansamos
del sufrir para vivir:
dudo que sea para hacerlo más y mejor.
Creo que el invierno forma parte
de alguna teoría compensatoria.
Algo menos malo
al lado de algo malo,
es todo lo que deseamos.

Pero no.

El problemas es
que cuando llega la noche
las soledades comienzan
sus danzas apaches,
todo se convierte en una cárcel,
mi mente es un psiquiátrico
y temo que la genética
me acabe metiendo en problemas.

Recuerda: de estas cosas nunca se sale igual
que cuando entraste.
Llegas a una sala de espera
llena de todos los brillos de ojos
que la gente ha ido perdiendo
y la verdad,
no te preocupa mucho el diagnóstico.
Solo el tratamiento.

Porque será doloroso y amargo
y dudas que pueda compensar
lo menos malo que venga luego.

Pero como la primavera,
no hay nada que ansíes

con más fuerzas.

jueves, 6 de febrero de 2014

Paliza.

Aun guardo todas esas promesas
totalmente incumplidas,
porque de alguna manera hay que
autolesionarse
por las noches,
en los tiempos muertos.

Echo de menos más a escribir
que a hacerlo sobre ti
y me preocupa
que te lo hayas llevado todo.
Una nube gris de pesimismo
sobre mis manos, mi boca.
Me da igual lo que la primavera
le haga a los cerezos,
a mí me gusta más pensar en
hormonas,
neurotransmisores
y follar.

El problema, creo yo,
es que nadie se hizo tanto daño
como para no querer volver
o
para querer volver con toda las ganas del mundo.
No cambiaría nada de mí
por tenerte
pero reventaría el sistema si
hubiese una posibilidad nimia.
Te escribo como quien
da un recital en una casa abandonada:
nos hemos convertido en fantasmas.
Todo lo que fuimos
no son más que sombras y ruinas
maravillosas,
dignas de estar en paquetes turísticos
para jóvenes y jubilados.

Me he olvidado de crear
porque es muy cómodo sacarte
del cajón del tabaco
y hacer que todos fumen de mí.
No hay palabras nuevas,
nadie pega chicle entre mis tripas,
no me he quedado sin sinónimos
del dolor por gusto.
Al final,
cada poema se convierte en
una cárcel llena de muescas,
cuenta-días,
atrapasueños: pero hazlo de verdad.

Sigo pensando en destinos
que te hagan sonreír
pero donde yo sobre todo esté feliz
de tenerte.
Sigo viéndote en los ojos de algunos animales,
ahora todas las mujeres llevan tu piel
y no me importaría,
en serio,
pero se me da fatal
falsificarte.

De alguna manera has conseguido
que yo también esté en el cajón del tabaco
esperando a ser liada y fumada.
En los ojos de todos nuestros animales
y en las mismas poesías
indiferenciadas
que me propina tu ausencia.
Lo más parecido a una paliza
que conozco,
y créeme cuando te digo
que he estado en varias de ellas
y nada que duela más que no tenerte

cerca.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.