martes, 25 de marzo de 2014

Valientes


No se nos ocurrió mejor forma de morir
que en mitad del combate.
Sin saberlo, encontramos la manera
de que nos llamaran valientes
incluso antes de perdernos.
En realidad
las bombas explotaron por nuestra culpa.
Corrimos huyendo de
una muerte que no perdona:
lenta pero segura.

Alguien gritó a lo lejos
BAILA
y lo hicimos sin control.
Nuestras extremidades empezaron
a separarse del cuerpo,
saltamos por los aires
con nuestras enormes sonrisas
de “me importa una mierda el resto de noches
que aun queden por venir”.
Nos importa una mierda,
de verdad,
una tercera guerra mundial
si no es esta
que tenemos entre las piernas.

Por las calles corrían
ríos de felicidad desperdiciada.
Las noches mutilaban al amor entrante,
sobrante, mediante
mientras nos mirábamos
disfrazados de miedo
pensando si eso también
nos iba a pasar a nosotros.
Del otro lado de la calle alguien gritó
de nuevo
A BUENAS HORAS EL MIEDO.

Y era verdad.
Ahora que estábamos muertos,
y éramos valientes,
nadie debía temer por los atardeceres gangrena,
las madrugadas depredadoras,
los amaneceres trinchera.

BAILA y se reían.
BAILA y corría calle abajo.
BAILA, RESPIRA.

Ya no teníamos miedo.
No se nos ocurrió
mejor forma de morir
que hacerlo en pleno combate,

bailando como valientes.

viernes, 21 de marzo de 2014

Cuchara, cuchillo, tenedor.


Cuchara, cuchillo, tenedor. No hay comida. Ni siquiera hemos comprado platos. La mesa está vacía.
He puesto agua en mi vaso. Tengo una sed de un millón de siglos. Bebo como lo haría un náufrago en mitad del mar: sin querer. En menos de un segundo el agua del vaso ha desaparecido y ahora está en mi estómago. No he sentido nada. Sigo teniendo una sed de un millón de siglos. Se abre la puerta de la cocina, aparece Gato. Gato me mira como si fuese el ser humano número tres mil ochocientos dos que ve en su vida. Todos los seres humanos anteriores también fui yo. Todos ellos.
Gato se sube a la mesa y se sienta al lado del frutero. Mirándome. Hoy tampoco vendrá nadie a cenar. Me mira como si se compadeciese de mí. Gato es más listo que yo.
Cuchara, cuchillo, tenedor. ¿Cuántos somos en la mesa hoy?
No hay comida, no hay plato. Solo un vaso de agua diario incapaz de calmar una sed de un millón de siglos. Cada día veo un mar enorme en la jarra de cristal colocada en el centro de la mesa y cada día pienso que aunque me bebiera tres jarras como esa, seguirían sin calmar mi sed.
Hubiera estado bien tener hambre a la hora de comer. Gato se relame. Hoy tampoco, le miro. Hace tiempo que dejamos de utilizar las palabras. Creo que por eso dejé de sentir hambre. Me alimento de letras, signos de puntuación, frases ingeniosas, insultos, días, horas, un millón de siglos de sed.
Cuchara, cuchillo, tenedor. Hoy tampoco. Parece que Gato se empieza a aburrir de mí. Los placeres de la vida se encuentran encima de las mesas de la cocina. Fruta. Migas de pan. Reconocer el rostro de los que comen contigo. Hoy tampoco. Las conversaciones siempre acababan con algún ganador. Ojos morados para almorzar. Violencia frita. Con pan. Arroz, quizás.

Gato mira a la humanidad como si fuera la número tres mil ochocientos tres. Ninguna de ellas fui yo. Coloca el vaso, sirve agua y me invita a beber. Cuchara, cuchillo, tenedor. Hoy tampoco calmaré mi sed. De un millón de siglos, me recuerda. Luego dice que tenemos que comprar platos, comida, preparar invitaciones elegantes y originales, yo le digo que eso es muy difícil, Gato dice que él se encarga. Pero hoy tampoco. Bebo como un náufrago en mitad del mar: ya no quiero volver.

jueves, 13 de marzo de 2014

Animalucho.


Me pillaste, animalucho.
Dijiste tú, tú, tú,
y a mí se me había olvidado hasta ahora
que yo, yo yo.
Escarbaste en mi cuello
como acomodando tus colmillos
a mi yugular
y juro no tuve miedo.
Al contrario,
hubiera gritado MUERDE
si me hubieras escuchado.
Hazlo, pero fuerte.

En aquella selva
parecías una bestia descansando
a rayas,
y a veces temblabas como
si toda tú fueras cansancio.
Yo no podía parar de moverme
porque necesitaba saber que seguía viva
cada segundo a tu lado.

La mañana empezaba a ser una realidad
cuando algunas formas de vacío
golpearon mis sesos.
Con violencia, como todo lo mío.
Tú dijiste, dios mío qué voy a hacer ahora
y yo pensaba en invitarte al mundo
del que habíamos regresado
por accidente.

Animalucho, por más que te miro
no soy capaz de cansarme.
Ni siquiera con todos estos litros de ron encima.
Ni siquiera con todas esas noches difusas,
borrosas, detrás nuestra.
Tengo todos mis dientes a tu entera disposición.
Solo tienes que decirme tú, tú, tú
y yo responderé en la misma dirección
y de la misma manera.


Tú, tú, tú.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.