jueves, 30 de octubre de 2014

Niña con zapatos feos

Cuando el
“no te preocupes, salvaremos al mundo”
y de verdad creíamos
que lo íbamos a poder cambiar,
nos daba fuerzas para continuar.
Cuando las niñas con zapatos feos
nos daban ternura
y sonreíamos porque el futuro
no hacía más que mostrarse tal cual.
Aun no habíamos empezado a beber
cuando terminamos por los suelos
en caídas
donde el mundo parecía derramarse
de entre las manos.
No teníamos equilibrio,
ni ritmo,
ni pulso
pero intentábamos ser mejores cada día
porque había sonrisas que
era necesario seguir alimentando.

¿Dónde quedan todas esas perspectivas
a las que no queríamos ver ni en pintura
por lo que pudiera pasar?

Ahora estamos en una de esas aristas
tan afiladas y brillantes
queriendo no saber nada del tema
pero nos seguimos sintiendo perseguidas.
Alguien tendrá que saltar
mientras pensamos que de esa manera
el mundo quedará a salvo
de personas que no ven ternura
en una niña con zapatos ortopédicos
o sufre al ver anuncios de animales perdidos.
Ellos tampoco volverán,
es difícil cambiar el mundo
tal y como nos lo han dejado
pero
tampoco tenemos nada más que hacer.

Yo quería intentarlo.
Todo lo que me propusiese
se haría realidad
porque para eso me había preparado toda la vida.
He lanzado sueños por las ventanas
de mi casa
desde que tengo uso de razón,
soplé velas y toqué el techo del coche
al pasar por túneles, sin cansarme
de ver cómo mis deseos
solo dependían de mí.

Nunca te conté la historia
en la que todos mis monstruos
salieron a flote
porque tampoco creo que lo entiendas.
No has visto el lodo
del que mil veces he tenido que salir
yo
sola.
Nadie más podría ayudarme a sobrevivir
de mí misma.
Y quería salvar al mundo,
ser útil,
ser grande.
Casi lo consigo.

Solo hace falta
volverse a levantar.

Como aquella niña de zapatos feos

en mitad de un centro comercial.

lunes, 27 de octubre de 2014

27 de octubre de 1989

No recuerdo cuándo empecé
a ser como soy
y supongo que no hace falta
echar la vista hasta tan atrás
para saber
que las cosas tal y como están
solo pueden
empeorar:

más canas, más arrugas
más resacas totalmente
in
jus
ti
fi
ca
das.

No recuerdo cuando fui yo
por última vez
pero supongo
que debió ser tal día como hoy,
mientras llovía
y
no
hacía
nada de sol.

Las cosas como son,
una no es así de ácida
por casualidad.
Llevo naciendo muchos otoños
y ninguno como este.
Hace calor, es lunes
y cada mañana
parece ser siempre mi regalo
de cumpleaños.

Doy gracias a febrero,
a las cervezas,
al frío,
y a tu pelo.
Hoy tengo permiso para
sentirme más feliz que nunca
y este es el cambio
por el que sé que no me olvidaré
de cuándo empezamos a ser nosotras dos.

No recuerdo cuándo empecé a ser
como
realmente
soy,
por eso
apuntaré con muchísimo cuidado
el día que decidí ser valiente para siempre.

Y que no se nos olvide:

la poesía es incapaz de morir,
siempre está naciendo.

Ahora lo sé: 
no me arrepiento de 
cada espectáculo bochornoso,
cada ridículo incómodo,
cada borrachera traspapelada,
cada amor inconcluso,
cada palabra guardada bajo llave.

Imploro al Rey Octubre,
que por favor llueva,
que no se lleve nada de lo que
ya hemos conseguido
y que me de alas
para no arrepentirme de nada
nunca más.

Animo a mi madre en mitad
de semejante acontecimiento
a que no deje de empujar.
Seré sus ojos y su piel,
lloraré siempre que necesite
saber que sigo viva.
Seguimos vivas, rojas y fuertes.
Me comeré todos sus miedos,
quiero amanecer en el futuro: sus ojos.

A la mujer de costumbres
hay que romperle todos sus esquemas,
hay que quemarle los mapas del tesoro,
hay que escribirle en blanco sobre blanco.
A esa mujer hay que dejarla ser
tal
cual.

Para que se olvide cada verano
de la mujer que fue en invierno.
No recuerdo cuando dejé de ser
la persona que fui,
por eso vuelvo
sobre mis pasos:

la mujer que sabía de qué color tenía el alma,
la de la magia
la de la lucha
la de la sangre llena de poesía.

Había dejado de creer:
no era un milagro lo que necesitaba.


Solo nacer.

martes, 21 de octubre de 2014

Te hice caso.

Todo el mundo me dice que es normal pasar por un “periodo de transición” como por el que estoy pasando en estos momentos yo. A mí me cansa a veces, igual que me canso de mí misma cuando me oigo hablar de lo mismo día tras día.
Muchas veces pienso que soy una valiente, que he tomado una decisión y que la voy a llevar a cabo cueste lo que cueste ello. Otras, y normalmente esto ocurre casi todos los días, suelo pensar que estoy perdida, que no he tomado ninguna decisión y mucho menos valiente, que soy una inútil, que realmente no estoy siendo sincera conmigo misma, que debería centrarme en algo y llevarlo a cabo pero no este stand by continuo.
La gente es buena conmigo, es compresiva conmigo. Me apoyan y me animan, pero yo me siento terriblemente frustrada, triste y enfadada. Muy cómoda en mi propia mierda. De hecho, mi zona de confort se basa en las cuatro paredes de mi cuarto. Suerte que se inventaron los techos altos.
He dejado de escribir, o lo que es lo mismo, ha desaparecido eso que me hace sentir feliz y orgullosa. Hay muy pocas cosas con las que me sienta segura al cien por cien, sobre todo si se trata de habilidades propias. Me quise dar un tiempo prudencial, que ha terminado en un parón de varios meses interminables de auténtica sequía. Me autoconvencí que era por estar feliz, por no tener nada malo de lo que despotricar, pero lo cierto es que ahora estoy en ese “periodo de transición” del que todos me hablan, ese que no es nada agradable, ni un poquito, ese que no te hace sentir especialmente bien, y sigo sin saber, poder, querer escribir.
Supongo que cuando hablan de transición, se refieren a hacer recuento de daños y ponerse manos a la obra. A ver, no soy nueva en esto, pero normalmente, cuando algo así sucedía en mi vida,  las pérdidas solían venir de una en una. El caso es que acabo de presenciar el peor terremoto de mi vida y el hecho de encontrarme con todos los daños simultáneamente me supera. Ahora me supera, supongo que más adelante habré conseguido las herramientas suficientes para arreglarme, primero a mí, como siempre y luego al resto. Todo va de la mano, pero es importante reconocer que no habría habido tantos desperfectos si la estructura central hubiera estado en perfectas condiciones.
Ahora mismo me da miedo pensar cuáles son las razones por las que todo se ha derrumbado. Me he descuidado, he dejado de reflexionar, de mejorar, de hacer parones para recapacitar. Era muy fácil coger carrerilla y no parar hasta llegar al final.
Lo cierto es que he tomado una decisión con la que no estoy de acuerdo algunas veces. Siempre por pensar que sería de otra manera. Lo fácil entonces es echar balones fuera y culpar a los demás de algo que tenía que haber sabido solucionar yo sola.
El problema de echarle la culpa a algunas personas o situaciones es que parece como si cada palabra o sentimiento hiriente que genero se convirtiera en petróleo negro y pegajoso y me hunde mientras salpico dudas y reproches en forma de bilis ácida a todo el mundo. No puedo avanzar. No estoy queriendo avanzar y mientras hago daño a quién menos lo merece.
Una vez escribí “personalidad lija: elige la persona que más quieras y desgástala hasta que sea una minúscula astilla”. Últimamente esta frase aparece en mi mente como un padre nuestro. Sé que lo estoy haciendo mal y no puedo parar.
Esto es solo una consecuencia más de este “periodo de transición” por el que la gente dice que es normal pasar, y por el que temo no saber sobrevivir.
Ahora sé que es normal, que he perdido cosas y que es mejor que me acostumbre a ello porque muchas de las cosas que desaparezcan en el futuro lo harán de manera deliberada. Que el camino continua y es genial pasar por tramos en los que las dudas y el agobio nos corroen por dentro. Significa que estamos vivos, que no solo hay una opción o dirección por la que avanzar. Que si queremos podemos retroceder y mirar qué cosas se pueden mejorar y hacerlo sin miedo. Que quizás lo que creemos que es nuestro futuro no lo es y no pasa absolutamente nada.
Estoy viva en mitad de ese maldito periodo de transición del que todos me hablan y que yo he asemejado a un horrible terremoto. Pero se trata de mí. Soy yo. Yo soy ese desastre natural del que tengo que salir airosa. Y como siempre, estoy segura de poder hacerlo. Una no pierde la magia, solo se olvida de dónde demonios la ha dejado olvidada.

viernes, 17 de octubre de 2014

Ser imbécil.

Venía triste de antes
pero Iván es capaz de empeorarlo.
Las preocupaciones mundiales
se distribuyen estratégicamente
en las diferentes partes
de mi cuerpo.
La distancia hace de puente
entre varios de mis órganos
vitales
y su flujo provoca
entre otras cosas
malestar, irritación y
dolor persistente.

Tus sonrisas siguen siendo
antídoto,
así que no está todo perdido.


martes, 14 de octubre de 2014

Capicua.


He visto el futuro en muchas
páginas de pornografía
a las tres de la madrugada.
Era triste olernos a distancia,
mientras yo intentaba no pensar
en nada.
Aun así, nada desapareció
y tuve que lidiar con mis fantasmas
una y otra vez
mientras miles de páginas porno
proporcionaban sucedáneos de
amor y guerra
a gente como yo.

He dormido oliendo a
terrorismo emocional,
me he arropado en culpas
y banalidades,
he querido atravesar el infierno
que es correrse a solas
mientras al final del camino
sigues sin saber qué pasará.

No hace falta que te diga
que estoy triste.
Que intento escalar las paredes
de esta tristeza
que se ha convertido en mi día a día.
Sigo estando hasta el cuello
por ti y por mí,
y mientras el mundo cobra sentido
yo sigo mirando esas páginas
de mierda: tengo la certeza
de no encontrarte jamás ahí.

He visto el futuro.
Sé que no era el nuestro.

La forma en la que tenemos
tú y yo de ensuciarnos
salpica más sonrisas que lágrimas.
Me he obligado a acabar bien este poema
porque sé que ese no era nuestro futuro.


Y te lo voy a demostrar.

martes, 7 de octubre de 2014

Mi Chica de Oro

Siempre le digo que con ella se me han acabado las palabras. Primero pensé que debía ser un efecto secundario de la felicidad. Luego imaginé que había perdido la costumbre. Por último tuve miedo porque nunca más volvería a escribir, a pesar de las mil razones que tengo para hacerlo.
Ahora su amor está amontonado en su lado de la cama, a mi pecho le falta su cabeza oyendo mis latidos y los cigarros vuelven a ser de uno en uno
y no de
dos en dos.
Mentiría si no dijera que estoy triste. La veteranía en estos casos no te hace más insensible. Todo lo contrario. Deberíamos estar acostumbradas a los besos kilométricos, los abrazos cruzaocéanos, las ganas invencibles. No te engañes, sigo sin poder escribir, esto solo son lágrimas.
Pero seamos justos, mentiría también si no dijera que desde que me empeñé en tenerla en mi vida soy una mujer completamente feliz.
De las cosas que nunca sé explicarle, a veces por estar demasiado cerca, otras por estar demasiado adentro, vernos crecer es el mayor espectáculo (después de verla fumar) que he visto en mi vida.
El primer beso de la mañana. El capicúa del capicúa. No me importaría vivir haciéndole señas.
Nunca sabré acostumbrarme a esta lejanía, aunque la sienta conmigo desde que la hice reír por primera vez. Desde entonces mi única ambición es que me devore a sonrisas.
Por esta y una larga lista de cursilerías he dejado de escribir. Describir cómo me hace creer que no puede haber nada mejor que esto, o hablar de las cosas que nos hacen ser nosotras, especiales, sonrientes, valientes y llenas por igual tanto de ganas como de dudas. Nada de eso se asemeja, se compara, llega a ser, la explosión de fuegos artificiales en mis labios, en mi pecho, en mis dedos. Mi chica de oro bebe cerveza y así fue como pasó todo. La culpa sigue siendo del alcohol, lo reconozco. Mi chica de oro apareció ayer mientras dormía. Como cuando me imaginé que las cosas iban a suceder así. Aun hoy, cuando olfateo toda su piel, cuando la miro y me relamo, después de tanto tiempo, sigo sorprendiéndome.
Sigo sin poder cuantificar, explicar, argumentar. Ninguna palabra será capaz de plasmar lo que pasa cuando ella dice “porque puedo y tú no” o cuando sus pupilas son incapaces de empequeñecer.
Así que supongo que mis “te quiero” o mis “guapa” siguen sin significar nada. Por suerte mi chica de oro aprendió rápido el lenguaje de los animales salvajes. Eso es algo que le cambia la vida a cualquiera, eh.

Y encima, para siempre.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.