domingo, 14 de diciembre de 2014

El verbo que no gusta.



Amo tu cintura
incapaz de desvarar expectativas ajenas
excepto las mías.
Amo tu sonrisa de escalera,
tu sonrisa túnel,
sonrisa impermeable a la tristeza.
Hazme prometer que no
la confundiré jamás con una opción
(solo tú sabes cómo acabar esta frase).

En las fiestas las parejas se abrazan y besan,
yo veo la vida desde un sillón negro.
Me imagino que si estuvieras aquí,
haría rato que nos hubiéramos marchado.
No hay por que dar envidia tan a la ligera.

Amo tu piel, tu cara, tus líneas y puntos.
Prométeme que solo nos haremos viejas
juntas,
que las arrugas serán travesías por las que
nos gustó adentrarnos
cuando no teníamos miedo a nada ni a nadie.

Dame la paz para volver a encontrarme,
dime que teclee vida sobre tus lunares,
que los chupe luego,
pero nunca hasta borrarlos.
Amo todo de ti,
tus piernas,
tus brazos,
tus manos de torpe incorregible.

Aunque considero que este no es lugar para un listado
sino para un esquema rápido
de razones por las que dudar está de más.

Y aparte de tu olor,
tu voz,
tu acento,
tu pelo,
la ducha, ay, la ducha.
Todo, todo, todo,
lo comestible.


Tenerte cerca es
(Solo tú sabes cómo acabar esta frase).

FIN

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.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.