lunes, 9 de noviembre de 2015

Olor calmante.


Enjuago mis tripas como si fueran
los paños sucios de la cocina,
todo va bien desde que estoy aquí
aunque no pueda parar.
Me despierta con una sonrisa,
sigo sin poder parar.
La cadena alimenticia en los túneles,
la velocidad,
los intestinos de una ciudad,
el olor de las personas que no son ella,
me da la mano,
he encontrado un calmante en su olor.
Dejo que me diga lo que quiera,
no me voy a enfadar si soy feliz.
No sé que haría sin ella
en estos cincuenta años que nos quedan
todavía
y
menos mal.
Quería escribir sobre mi fobia social
pero no me deja.
Para todo lo que estoy haciendo
y se sienta sobre mí.
Estoy cansada de repetir,
cansada de subir y bajar escaleras
que no me dejan respirar,
hay un imán detrás de cada acción.

No le gusta los animales,
y todo se andará: conseguí lo imposible.

Dijo que debía salir más de casa,
nos duelen los huesos,
hace música al crujir,
la amo tanto en cada ausencia,
que no tengo miedo.
Veo su cerebro dentro de sus ojos,
entiendo lo que me dice
por todo aquello del lenguaje que inventamos.
Y eso que yo no tenía ni puta idea,
la de cosas que he tenido que cambiar
sin darme cuenta,
sacrifico esto porque ya no puedo hablar
de lo mal que me siento dentro de colas interminables,
dentro de metros y trenes que huelen mal,
es capaz de compensar cualquier tragedia diaria,
me he quemado cien veces cocinando,
hace frío pero estoy sudando,
el silencio y la incertidumbre me siguen taladrando,
pero
oigo la puerta abrirse
y comienzo a salivar.

Me ha salvado,
aunque yo siga queriendo ahogarme.

Vivo el sueño.
Ahora todo va bien
y no puedo parar.
Tampoco quiero saber cuál será
la próxima parada.

Me entretengo en sus piernas.
No concibo mundo más allá.
No puedo hacerlo
pero sé que ella sí que lo hará.

viernes, 16 de octubre de 2015

Los jóvenes de hoy en día.


Mataría a todos aquellos que hacen ruido
después de las doce de la noche
en la calle,
menos cuando ellos soy yo.
Por eso me niego a salir y gritarles
o tirarles cubos de agua sucia,
o llamar a la policía.
Porque tengo casi 26 años
y YOCUANDOERAJOVEN
también hacía esas cosas.

Luego está lo del remanso de paz
babando las sábanas nuevas de mi cama.
El saco de huesos disperso,
la piel suave como un tobogán enjabonado.
Es imposible irse a la cama enfadada
porque somos como bebés
y nuestro propio olor nos tranquiliza.

Estoy en una época de mi vida
en la que no voy en contra de lo que me apetece,
en la que me siento en mitad de todo lo bueno
y a veces todo lo malo,
de sentirme tan vieja para algunas cosas
y tan niña para otras muchas.
Tan mujer para absolutamente todo lo reprochable.

He tenido que mudarme
a más de dos mil kilómetros
de casa
para darme la razón cuando pensaba
que tampoco éramos tan distintas mi madre y yo.
Que nos saca de quicio los platos sin fregar,
las cosas por hacer,
y nos encanta el, por qué hacerlo luego
si lo puedo terminar ya.
Pero no con todo.

En absoluto.
También he descubierto que
no puedo dejar de prologar las cosas.
En psicología lo llamamos procrastinar,
que es una palabra con la que todo el mundo se lía,
y viene a significar lo mismo que
ser-una-puta-vaga-de-cojones.

Lo único que debo admitir
es que quiero dejar de serlo.
Quiero salir más de casa,
descubrir nuevos lugares,
hablar con gente diferente cada día,
ayudar a viejecitas adorables
en el super
siempre que pueda.
No sé.
Esas cosas sencillas
que hacen que me sienta en paz
conmigo misma
cuando llego a casa,
y los JÓVENESDEHOYENDÍA
se emborrachan debajo de mi casa
y gritan
y dan patadas a cosas
y yo quisiera matarlos
pero encuentro que es desagradable
que a uno le prohiban cosas
solo por no andar en la misma onda,
aunque joda.

jueves, 17 de septiembre de 2015

Ciclogénesis explosiva.


Los truenos aquí son gente moviendo
sillones en el piso de arriba.
El basurero arrastrando los contenedores
de la comunidad a las tres de la madrugada.
No creo en los truenos de aquí
porque apenas se ven rayos,
y sin luz,
puede que todo sea mentira.
Los vecinos de arriba moviendo
muebles
o
quizás
las cuatro patas de nuestra cama
chillando de dolor
cada vez que decidimos
pasárnoslo bien.
Los truenos son todas las faltas de respeto
que la gente de esta ciudad
hace sin darse cuenta, ni permiso.
El tiempo que se asfixia
bajando escaleras mecánicas,
el tiempo que llegará al metro
de dentro de dos minutos,
pero nunca a este que debió coger
ahora mismo.
Los truenos son el frío que llega sin llegar,
la gente que se abriga por no mojarse
y luego pasa calor,
o ponerse el pijama veinte veces al día.

Necesito dejar claro de alguna manera
que todo aquí suele asustarme
porque todo aquí suele parecerse a una tormenta
que no llega.
Nunca llega, a decir verdad.
Me gusta mi madriguera,
por ahora es acogedora,
calentita y llena de nuevas recetas
inexploradas.
Cada día oigo entre cien y mil truenos
que no lo son
pero lo parecen.
A veces las voces de los niños del parque,
las conversaciones sobre la independencia catalana
a las cinco de la mañana bajo mi balcón,
o saber que hay alguien en casa,
conmigo,
llega a convertirse en esos rayos,
que tampoco existen y que también son de mentira
pero son capaces de iluminar
el pasillo de casa durante un instante,
como las luces de los coches
que dan vueltas en mi habitación
cada noche

como tú.

El problema es de todos estos ladrillos
y todas estas luces
y todos estos problemas.
La gente de otros países que habla alto,
altísimo
o
bajo,
bajísimo.
Las comidas, los ingredientes,
las culturas se comparan en los estómagos
de las personas.
La cultura es mi calle y todas las demás.
Vivo enfadada por gente que no deja paso,
gente que ocupa toda la acera o
gente que no respeta los pasos de peatones.
Pero soy feliz.
Bastante feliz, de hecho.
A pesar de los truenos,
los rayos,
la lluvia
y lo duro que es comer
viviendo la quincena
como si fuera siempre final de mes.

Lo cierto es que no sé si me acostumbraré
a una ciudad tan ruidosa;
muchas veces me lo pregunto,
otras, simplemente, me asusto.

¿Qué se puede esperar de un
animalucho como yo?

Suerte tenerte junto a mí
para explicarme las cosas que no entiendo
ni entenderé.
De tu pecho de tierra
donde siento que respirar
se convierte en la calma
después de cada tormenta.

Siento haberte escupido risa a la cara,
quiero decir,
muchos de los truenos diarios
suelen ser culpa tuya.
A veces me asustas a carcajadas
y luego tengo que arreglar el desastre
que supone
liberar semejante ciclogénesisexplosiva
en un cuarto tan pequeñito



como tú.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Me voy.


Sé que es una tontería, pero estoy nerviosa; bastante, de hecho. Esta vez no me voy de vacaciones, no viviré de prestado, ni habitaré en los sillones de los salones de mis amigos. No tengo billete de vuelta. Tampoco es un drama, es lo que he querido desde antes de acabar el colegio. Estoy justo donde quería estar y no sé qué o cómo me siento. Es raro. Mi mamá, mi papá, mis abuelos, mis hermanos, mis gatas, mi familia, mis amigos. Llevo una semana atrapando momentos y lugares porque me da la impresión de que al lugar al que voy, me harán mucha, mucha falta. Tengo la esperanza de que algunas cosas cambien. Yo, por ejemplo. Me gustaría volver a escribir. Ahora que seré pobre, espero adelgazar y con suerte pillar algún curro con el que poder pagarme esa comida que no debería comer si quiero adelgazar.
Adiós a las comodidades, a que mamá me lleve a todos sitios en coche, a tener la nevera y la mesa llena por arte de magia, a los sábados en casa de abuela, y los domingos sopa y lo que surja. Adiós a salir a la calle en pijama y de cualquier manera. Adiós a las relaciones a distancia, a contar los días, al tiempo muerto, improductivo, a ver la tele todas las noches con mami, a discutir en la mesa, adiós a estar a salvo.
Sigo sin saber muy bien cómo me siento. Es una mezcla de miedo, ganas, muchas ganas, alegría, tristeza, nostalgia y yo qué sé. Que espero que salga todo muy bien, o como tenga que salir pero que sobre todo me ayude a aprender todo lo que aun no sé.
No me tomo esta aventura como una despedida porque sé que volveré, pero no puedo evitar pensar que sin mi rutina diaria, la gente sigue haciendo sus vidas, las gatas siguen lamiéndose compulsivamente, el sol saldrá si le da la gana, la gente seguirá yendo a la playa, mientras, paradojas de la vida, yo echaré de menos eso que tanto detesto.
Ahora mismo, lo que realmente me preocupa es cómo pasar las maletas por el metro sin ponerme nerviosa ni armarla al meter el ticket, porque esas puertecitas son enanas y yo muy torpe. Y ya no hay mami que valga, I'm “alone”, but soooo happy.

En definitiva, que echaré de menos muchas cosas, incluso las que ahora detesto, pero tengo muchas ganas de comprobar mi nivel de utilidad o inutilidad.
Lo único que espero es que me vengan a visitar. Quiero devolver a mis amigos todas esas noches en las que me dejaron dormir en sus camas o sillones.
Y a mis compañeros de aventura, yo qué sé... que la fuerza nos acompañe, porque la vamos a necesitar. Que no me he hecho mayor de golpe por irme a estudiar fuera, pero sí por haber aprendido, por fin, a beber con moderación. Y que espero que este año que entra, le de mil vueltas a este que por fin se va.


Ala, me voy.

miércoles, 8 de julio de 2015

La vie en verte.


No me gusta decirle que es el amor de mi vida
porque no sería justo y tampoco lo merece,
aunque a menudo lo pienso.
Todo el rato, de hecho.
Voy en contra de mí misma por razones obvias:
ella es diferente.
Sabe que la amo,
pero prefiere hacerse la loca.
Me pide que le explique lo mucho que me gusta,
las razones y todo eso,
como si no las hubiera escuchado nunca.
Después de mantenerme a raya,
casi todo el tiempo,
me dice que huelo a bebé dormidito,
y que me quiere mucho,
y claro, yo no sé muy bien dónde meterme,
aunque siempre encuentro el lugar perfecto.
En su pecho tiene dibujado un triángulo
de lunares en el que creo que he acampado
millones de noches,
si me preguntaran qué veo desde ahí,
fácil: el firmamento de su boca.

Sé que cuando lea este poema
mirará a un lado y sonreirá
como una niña pequeña,
ella sabe de lo que le hablo,
por eso me gusta tanto.
Me alegro de haberla conocido.
Me pregunto qué hubiera sido de mí
si no lo hubiera intentado,
aunque ni siquiera recuerde cómo pasó,
ya estaba ahí y sabía que no me iba a ir
por mucho que me lo pidiera.
A su lado puedo sentirme un bebé pequeño,
una persona adulta,
y a veces, hasta una adolescente estúpida y repelente.

Verla llorar es como observar una aurora boreal,
se deja ser completamente y
da la sensación de que entenderla
es mucho más fácil.
Sé que tiene un baúl custodiado por
perros de tres cabezas, bestias y monstruos
donde se guarda a sí misma con celo
y lealtad.
No es fácil, muchas veces,
tampoco pretendo que lo sea,
de hecho, adoro su complejidad,
que me obligue a esforzarme cada día,
que no se conforme con esto,
que lo quiera todo, porque lo merecemos.

No me gusta cuando hace amago de tirar la toalla,
es bastante tozuda y cuesta hacerla cambiar
de parecer,
pero si lo consigues
sabes que no dudará ni un segundo
de su decisión.
Siente pasión por lo que hace,
por cada cosa que hace,
y lo sé por esas pequeñas
inseguridades diarias que la persiguen.
La he visto crecer entre mis brazos
y eso me gusta,
creo que yo también he crecido,
pero por toda su piel.

Cuando la conocí
me preguntaba por las noches,
mientras ella dormía,
si aquello era real,
y cómo podía haberlo conseguido,
La Chica de Oro dormía todas las noches conmigo.
Después de todo,
de saberla en todas sus versiones,
aun sigo sin creérmelo.

No sé si es el amor de mi vida,
eso nunca se sabe,
pero me gustaría que lo fuera.
Que no tuviera que nombrarla nunca en pasado,
que fuera la más importante,
la única que ha batido récords conmigo.
No lo sé.
Da miedo plantearse esas cosas,
todo cambia en un segundo,
como cuando estamos tristes
y consigo hacerla sonreír.
La vida se vuelve verde de nuevo
y me empacho a tarta de queso con arándanos
el resto de la noche.
Ella sabe de lo que hablo,
por eso me gusta tanto.

viernes, 3 de julio de 2015

Porque puedo (y tú también)



Me acabas de quitar un peso de encima
con esa sonrisa de leona que tienes.
Nos hemos tenido que machacar los sesos
pero al final lo conseguimos:
Nosotras podemos.
Contra el paso lento del tiempo,
esa baba de caracol que no nos dejaba caminar.
Contra una costumbre que quiso agrietar nuestra felicidad
como si eso fuera tan fácil.
Contra una distancia a la que odiamos
como si no hubiera enemiga peor.

Nos cuesta ponernos de acuerdo,
pero joder, amor,
cuando lo conseguimos creo que no
hay mayor maravilla que esa.
Contemplar como si fuera una simple espectadora
la chispa que creíamos perdida
en nuestras pupilas de adolescentes enamoradas.
Somos como la mejor receta de espaguetis con nata
que hayamos probado jamás,
como pasar la resaca de San Juan
haciendo el tonto delante de toda mi familia,
somos el plan perfecto por el que
no apostábamos ni un duro,
y al final, mira.

Me haces sentirme orgullosa de la persona
que soy contigo,
y tenías razón muchas veces
pero sobre todo ahora que entiendo
que el amor hay que mantenerlo nuevo.
Como si no hubiera pasado el tiempo
y tú aun fueras un cuento para antes de dormir.
Nosotras podemos
por lo listas,
lo guapas,
y lo todo que somos.

Sabía que seguías ahí a pesar de la tristeza,
mi chica de oro brilla en mitad de una clase
borracha
y yo pienso dónde me he metido
y por qué no quiero salir jamás de ahí.

Eres el color y el sabor perfecto
y te quiero.

Sobre todo porque puedo
y tú


también.


Esta es mi sorpresa. Lo escribí después de demostrarme que no me equivocaba. Que podíamos ser las de siempre si conseguíamos dar con la solución perfecta. Bueno, ya lo dice el poema, te quiero, y julio se nos pasará volando, que es como estoy yo ahora mismo. Me has cambiado la vida, sé que tú piensas que es al revés, pero no tienes ni idea de lo que has hecho. Gracias por devolverme la mejor versión de ti. Lo necesitaba. 

martes, 30 de junio de 2015

El futuro existe pero yo digo que no.



Cuando llevas tiempo luchando contra el reloj
te das cuenta de que nunca ganarás ninguna batalla
así que te conformas con ir sacando segundos de ventaja,
por si en el día del juicio final
necesitaras un par de minutos de descuento,
ya no para arreglar nada,
sino por el placer de revolcarte en tus miserias
una última vez.
Si todo sale bien, este poema no hablará del futuro,
excepto ahora.
Es decir, el problema es ya, está sucediendo,
que el día tiene muchas horas,
cada una con una velocidad programada,
distintas unas de otras, en longitud, contenido y
gama tonal.
El problema es que en ninguna de ellas te siento mía,
como si fueras de todo el mundo, un escaparate
espectacular y yo solo pudiese mirarte por la televisión.
No puedo oler el aire que desechas,
ni evitar los remolinos invisibles de calor que se encienden
cuando caminas,
ni verte en toda tu plenitud sin que eso pudiera afectarme.
No sé qué quiero,
pero tu risa me quema si no va conmigo.
No quiero correr más, no quiero terminar este maratón
si vamos a acabar así.
Te regalo todo el futuro, si es lo que necesitas,
pero solo si me haces feliz justo en este instante
en el que siento que te pierdo
y que dejas de ser mía.
Haz con él lo que quieras.

Quiero entender que ha merecido la pena,
el tiempo que le gane al reloj
me gustaría compartirlo contigo.
Me gustaría pensar
que en el día del juicio final,
los minutos que haya acumulado
quieran cantar victoria,
signifiquen carcajadas y felicidad,
y haya siempre un instante en el que
recuerde esta época como la mejor y la peor,
porque valió la penan o no.
Pero recordarte como si no hubiera televisión,
ni escaparates, ni el mundo entero supiera qué es lo que pasa
cuando te miro y siento, sin lugar a dudas,
qué es lo que quiero.
Recordarte en nuestra mejor versión,
esa en la que no quieres que te regale el futuro,
porque nada podría ser mejor que el ahora.

Y descansar.

Ya no quiero luchar contra nadie más.

miércoles, 10 de junio de 2015

Mi forma de querer es nuestra forma de querer.



Llevo todo el día en el despacho de mis padres acompañando a mi hermana que mañana tiene su primer examen de selectividad. Ella no me lo ha pedido, ni yo se lo he preguntado, pero de alguna manera siento que no quiero dejarla sola ahora. Quiero decir, he sido una hermana penosa para ella, y sé que esto no va a arreglar la mayoría de las cosas que nos hemos echado en cara, pero siento que estoy con ella, y siento su nerviosismo y estoy nerviosa yo también, como si mañana me fuera a examinar junto a miles de adolescentes insoportables. De vez en cuando aparecen las gatas a molestarla y a mí me sale decirle que deje de jugar con ellas y se ponga a estudiar pero sé que es imposible y que yo haría lo mismo en su situación. Incluso sería yo la que fuera a molestar a las gatas.
Sé que nunca valoro las cosas que hace, me he preocupado bastante poco en hacerle saber que en realidad estoy muy orgullosa de ella y de que sea mi hermana. Sé que es y será una gran mujer porque no hay más que verla. Con su edad yo no tenía ni idea de lo que hacía con mi vida, ni mis emociones, ni mis decisiones, etc. Creo que más o menos sigo en el mismo plan, pero un poco más vieja y más experimentada.
No me sale decirle, la vida es así, porque no creo en ese mensaje tan derrotista. Nacimos de una madre que es una bestia de lo fuerte que es. Ni una diosa, ni una reina, una bestia de mujer. Y así es mi hermana también. Lo digo porque ser hermana mía no es tarea fácil. Soy bastante desconsiderada y poco empática con ella aunque sea consciente de sus necesidades y deseos. Hablando mal y pronto, soy bastante hija de puta.
Pero para eso están estas cosas, yo vengo, hablo de lo que en realidad pienso de ella y no me siento ni un poquito mejor que antes. Para mí las demostraciones de amor fraternal son como algo de otro mundo. Nunca crecí con el sentimiento de amar a mis hermanos por encima de todas las cosas. Más bien me siento orgullosa de que sean parte de mí en muchas ocasiones, como si sus éxitos y sus logros también fueran mío y con sus desastres y sus fracasos lo mismo, pero sigo sin entender esas familias en las que los hermanos se llevan muy bien entre ellos y salen de copas juntos, son confidentes, y jamás se han pegado de hostias. No lo entiendo.
Yo entiendo las relaciones entre hermanos como personas a las que vas a querer incondicionalmente porque no te queda otra, habiendo espacio para el odio infinito, insultos, peleas en la mesa, burlas y competiciones de a ver a quien quiere más mamá, si a ti o a mí. Para mí los hermanos no se abrazan ni se dan cariño a no ser que sea estrictamente necesario, pero si hago la cena siempre voy a preguntar si hago para dos, y si compramos golosinas nos las dejamos encima de la mesa, aunque sean nuestras favoritas, con una notita que diga algo así como “para ti, por puta”. Yo no hablo con mis hermanos, simplemente nos dedicamos a mandarnos fotos de las gatas y vídeos de animales adorables, porque sabemos que eso es lo que nos hace completamente felices.
Y supongo que soy así con mi hermana pequeña porque mi hermano mayor es así conmigo. Nos vamos amoldando, tenemos todo el tiempo del mundo para tirarnos del pelo y arrepentirnos, para discutir por quién se come todos los cereales y deja la caja vacía en el armario y compartir pizza o espaguetis.
Es decir, quiero a mis hermanos pero no quiero que se den muy por aludidos, porque soy Ana, la hija toca pelotas y la hermana hija de puta. Y si mi hermano hubiera sido otro, probablemente yo no sería tan como soy, y si yo no fuera como soy, mi hermana, probablemente tendría a una hermana que le dice te quiero, buenas noches, y se va a dormir, pero no a esta que le acompaña durante toda la noche porque me da penita, y me pongo en su lugar y ya va siendo hora de ser la hermana que ella necesita que sea. Aunque me olvide de los te quiero y de desearle suerte. Esas cosas que no importan mucho cuando estás nerviosa por todo lo que se viene, pero ayudan.

Esto junto con la felicitación de su nomeacuerdodecuántoscumplía, hace muchos años ya, es lo más sentimental y cursi que le he dedicado nunca. Y me da vergüenza, pero es así.


Mucho ánimo puta del infierno :)

jueves, 4 de junio de 2015

Parasiempremente


Quiero que sepas, por si no te lo había dicho ya, que eres la primera mujer a la que le llevo el desayuno a la cama. Comprendí que la batalla se ganaba desde el estómago y por eso aprendí a cocinar, para ganarme todos tus besos, tus paseos de aquí para allá robándome el queso y tus ojillos. ¡Esos ojillos!
Lucho todos los días para sacar de ti algún instinto primario que te lleve a amar a los animales como lo hago yo, pero los felinos suelen ser solitarios, dosificadores profesionales de amor y mimos y muy, muy territoriales. Y esto de aquí es tuyo, todo tuyo. Te lo aseguro.
Cuando me preguntas cómo te puedo querer tanto, me parece una cuestión absurda y compleja al mismo tiempo. Todo lo que me saca de quicio de ti es todo lo que por otro lado me encanta. Por ejemplo, odio que seas tan arisca muchas veces pero creo que si no lo fueras no tendría gracia esto. Ya sabes, ¿seguimos buscando el sentido o lo damos por perdido y nos vamos por ahí a matarnos y querernos?
Quiero que sepas que de no soportarte a quererte hasta doler solo hay una fina línea y en los dos casos suele ser la misma: la sonrisa. Te muerdo y te pellizco y esta vez no quiero llevarme nada de ti bajo las uñas. Te quiero vivita y coleando, entera, que pelees con todas las de ganar porque siempre terminas haciéndolo. En mi defensa diré que yo gané la pelea más importante, ya sabes a lo que me refiero, hilera de dientes, ojos de leona.
Quiero que sepas. Simplemente eso. Que seas capaz de entrar en mi cabeza de vez en cuando, y puedas comprenderme. Que compartimos dudas, deseos, inquietudes y pasiones. Queremos ser felices juntas aunque a veces no sepamos muy bien para dónde o cómo tirar. Nos vamos descubriendo de a poquito aunque nos conozcamos de memoria y eso es el amor. Que haya oído tu risa un millón de veces y aun así observarte como la primera vez, quiero decir, como la primera vez que te vi reír y fui consciente de ello, memorizándote y admirándote porque eres un puto espectáculo, quiero que lo sepas, en serio. La manera en la que cuentas las cosas cuando algo te preocupa o te interesa mucho, mi negrita. Escribí un poema entero hablando de la maravilla que es verte fumar aunque sea malo y nos mate. Cuando demuestras todo lo que me amas sin una sola palabra y tonta de mí solo me doy cuenta cuando ya es demasiado tarde. Incluso cuando te enfadas y lo noto al nanosegundo y tú dices que no pero luego me miras con cara de “tú sabrás y sé que lo sabes perfectamente”.
Dime, en serio, qué te hace pensar que no estamos diseñadas para compartir cada minuto de nuestras vidas. Cómicamente, dramáticamente, irónicamente, parasiempremente.


Piénsalo. Yo no he dejado de hacerlo desde que me topé contigo, Chica de Oro.  

miércoles, 13 de mayo de 2015

El amor no es ciego.

Estaba tendiendo la ropa,
sus diminutos calcetines junto a mis
pies de gigante,
en sus pantalones no me cabe ni media pierna,
mis camisetas son trajes de playa
para ella,
mis bragas paracaídas.
¿Qué hace una cosa tan pequeña y delicada
al lado de una bruta y desgarbada gigante como yo?
Parte de mi incredulidad
viene dada por ciertas diferencias en las dimensiones.
Ella dice que está gorda y yo me río
apoyando la cabeza en su vientre plano.
Miro mi gordura sin pena ni gloria,
siempre pensando que en algún momento
se dará el milagro
sin sufrimiento
de verme tan guapa como yo la veo a ella.
Sin embargo ella se ve fea y desearía otros brazos,
otra barriga,
otras tetas,
e incluso
otra piel.
Pienso que si cambiase todo eso
igual la sigo queriendo, pero no sería lo mismo.
Ese complejo, esa inseguridad
de no verse ni un cuarto de guapa de lo que la veo yo,
me sorprende.
Quizás sea porque la amo mucho,
o porque estoy profundamente enamorada de ella,
pero es que ya pensaba así antes de conocerla como lo hago ahora.
¿Me enamoré desde tan pronto o quizás tenga razón
cuando digo que es la mujer más guapa del mundo entero?
Y conozco sus defectos,
me los sé de memoria
y supongo que el que me encanten sí que tiene que ver con

estar locamente enamorada.

domingo, 26 de abril de 2015

Hoy es el 19 de marzo de 2012

Mi abuelo murió hace tres años. Cada vez que fumo me acuerdo de él porque murió por culpa del tabaco. Un año después de que se le diagnosticara cáncer de pulmón, mi abuelo murió mientras dormía en el hospital. Murió mientras yo estaba totalmente convencida de que a la mañana siguiente iríamos a visitarlo. Murió mientras me fumaba un cigarro y pensaba en lo triste que me ponía saber que mi abuelo iba a pasar la noche solo en el hospital. Ninguna noche antes me lo había planteado. Tampoco le di el beneficio de la duda cuando a todo el mundo le molestaba su otra enfermedad. No se lo he contado a nadie pero me avergüenzo de haber sido la nieta que fui con él. Me avergüenzo de haber estudiado una carrera que no me sirvió para absolutamente nada cuando mi abuelo pasaba por sus etapas de manía. No lo entendí cuando preguntaba treinta veces lo mismo, ni cuando lo empezó a escribir todo sin sentido, ni coherencia en cualquier papel. No entendí cuando no paraba de hablar, cuando se enfadaba por cualquier cosa o se exaltaba con la misma facilidad que quizás ahora lo pueda hacer yo. Supongo que desde pequeña empecé a no entender por qué era así, me limité a temerle muchas veces cuando gritaba viendo el fútbol o se peleaba con mi madre, o le reñía a mi abuela.
No siempre era así. Cuando era pequeña, la mayoría de las tardes me las pasaba en casa de mi abuelo y mientras él veía la televisión yo sacaba un cepillo, un peine y la botella de colonia y empezaba a peinarlo. Él se dejaba como si fuera un animal manso y tranquilo. Es gracioso porque quién conoció a mi abuelo sabe que era bastante calvo. Era mi momento de paz con él. Mucho después, cuando comencé a entender a medias sus temblores, su tristeza, su obsesión por Dios y por el orden, era yo quien le cortaba el pelo y lo dejaba guapo. Él siempre me daba un poco de dinero y a mí me daba apuro pero lo aceptaba. Era mi momento de paz con él.
Nunca supe entenderlo y me arrepiento por ello. Me alejaba continuamente, de nuevo, porque no lo entendía. No era capaz de entender que cuando venía a casa a preguntarme por decimoctava vez cómo funcionaba el reproductor de mp3, no era él sino su enfermedad compulsiva. No entendía por qué escuchaba música a todo volumen y la gente empezaba a criticarlo. Es triste tener que defender a tu propio abuelo después de muerto, porque ninguno de los años en la facultad de psicología te sirvieron para comprender que tu abuelo no era él mismo, sino una terrible enfermedad que lo consumía y lo llenaba de tristeza, de miedos, y de una infinita infelicidad que aguantó más de lo que cualquier persona pudiera. A pesar de sufrir maniaco-depresión, o lo que actualmente se conoce como bipolar tipo II, mi abuelo nunca bebió alcohol, ni tomó drogas ni dejó de tomar su medicación. Él solo fumaba. Eso me hace pensar que quizás debajo de la multitud de comportamientos extraños y molestos, existía él mismo, siendo la persona responsable y correcta que creo que fue. A mi abuelo le gustaba aprender y cada vez que oía algo que no entendía, cogía su enciclopedia y lo buscaba. Tenía una caligrafía perfecta y por eso fue él quien escribió las invitaciones para mi comunión. Cuando era feliz, lo era muy fuerte, y sonreía de oreja a oreja. En realidad, y gracias al paso del tiempo, me he dado cuenta de que me parezco más a él de lo que la gente cree. Y que pasé mucho más ratos agradables con él de lo que pensé en su funeral. Sentía que no había pasado el tiempo suficiente con él. Que no lo quería tanto como debiera, pero ahora estoy segura de que me equivocaba.
Cuando era pequeña siempre cenábamos juntos. A él le gustaba comerse los aguacates con sal y a mí con azúcar, así que partía uno a la mitad y lo compartía conmigo.
Inevitablemente, pensar en mí es pensar en mi abuelo. Cada vez que fumo, lo recuerdo. “Tengo que dejarlo”, pero nunca lo hago, como tampoco lo quise entender cuando su enfermedad hacía que me alejara de él. Ahora me arrepiento de no haberlo abrazado lo suficiente. De veras que yo estaba totalmente convencida de que el 19 de marzo, por la mañana, lo abrazaría en su habitación del hospital.
A mi abuelo se le paró el corazón mientras dormía. El cáncer de pulmón se había extendido tanto que ya empezaba a tener problemas para respirar y el tumor hacía presión contra el corazón.
Fui tan desconsiderada con él, que ni siquiera fui capaz de controlar mi mal genio en la mesa mientras comíamos, y supongo que lo último que mi abuelo debió pensar de mí es que era una cría malcriada, irrespetuosa e intransigente. Pero es que en ese momento no solo no lo comprendía a él, sino que tampoco me encontraba a mí misma. Me hubiera gustado haberme despedido de él. Abrazarlo y sentir que volvía a ser la niña que lo peinaba por las tardes mientras él veía la televisión, o la que compartía aguacates en la cena. Mi abuelo se fue y yo no le dije ni una sola vez que lo quería.
Supongo que por esa misma razón ahora procuro hacérselo saber a mis otros abuelos. Cada día los achucho, mordisqueo, besuqueo y abrazo hasta que acaban hartos de mí. Les digo lo mucho que los quiero y todos los años que quiero que vivan (para siempre). Les abrazo porque de alguna manera siento que también abrazo a mi abuelo, que se murió y me partió el corazón. Por enseñarme todo lo que sé, ahora que no está. Con su sonrisa de oreja a oreja, sus estornudos que daban miedo porque hacía mover a toda la casa, su curiosidad por las cosas que no sabía y quería entender. Porque lo echo de menos y nadie lo sabe. Porque no lloré cuando todo el mundo lo hizo, y guardé cada trozo de tristeza como si fuera un tesoro. Porque soy igual de triste que él. Porque siento que no hay muchas personas que me entiendan como le pasaba a él.

Me alejé de la persona a la que más me parezco y ahora me siento tan, tan cerca, que sé que no murió del todo. Por eso sigue siendo 19 de marzo, y yo me estoy preparando para bajar al hospital a abrazarlo tan fuerte que la muerte no va a poder llevárselo todavía.

jueves, 23 de abril de 2015

Montaña 13/4.


A esta montaña de palabras
la puedes llamar
salvaje,
sumisa,
o
revolución.

Puedes masticarla, tragarla,
escupirla, observarla, saborearla
o abandonarla.

A esta montaña que soy yo,
llena de ruido y tormentas de viento.
Donde habitan por igual osos e indios.
Esta que no reconoce los mares
que ha surcado,
que recompuso sus extremidades
perdidas en abordajes,
y guerras.
Esta que nunca fue soldado,
que jamás encontró una causa justa
por la que luchar codo con codo.
Esta montaña egoísta que
quisiera estar sola,
parar el bombardeo de voces,
ver más allá
del más allá.
Reconquistar las aristas brillantes
de magia
y deslumbrar.

A esta montaña triste
de palabras que no significan
nada.
A la que le absorbe el nihilismo
y tiene miedo de ella misma.
Qué nuevos pensamientos traerá hoy
la ansiedad que la perturba.

La montaña que construyó
con sudor y lágrimas,
por la que escaló para después
reconocer el precipicio por el que
siempre estuvo dispuesta a saltar.
La que repite que no fue la piel,
ni el amor.
La que sabe que detrás de tantos kilómetros,
la gente, las calles,
y las otras montañas también,
existe y puede crecer,
convertirse en volcán,
dar miedo, crear vida,
hacer respirar un bosque entero,
desmenuzarse en el tiempo,
ser tierra, arena, desierto.
Esta que amontona palabras
ahora,
de vez en cuando.
La que tiene miedo a terminarse,
quedarse muda
y no dejar nunca más que el viento silbe
en ella.

La de los osos y los indios.
No muere. Sigue siento materia.


El resto te lo puedes imaginar.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Este título no está al revés.



Yo también creía que no había más de lo que hablar,
un día tras otro me acostumbré a que la respuesta
fuera nada. Silencio.
Formé parte del complejo entramado de construcción
de una distancia ínfima.
Acallé todos mis sueños,
mis ratos de soledad,
mis no-lágrimas por llevar a cabo este proyecto
que solo tú fuiste capaz de crear.
Algo tan enrevesado,
tan bello y orgulloso erguido entre todas las partes
de mi vida.
Quizás cambiamos tanto sin darnos cuenta
que no supimos cómo pararlo,
reconozco que se me acabaron los poemas
con títulos del revés.
Los mensajes secretos.
Ser pirata.
Saltar de tejado en tejado.
Reconozco que la mujer que se mira en el espejo
cada noche
no es ni la sombra de lo que fue
o
pudo ser.
Cargo en mis espaldas el peso de mil errores
de los que soy incapaz de encontrar disculpas suficientes.
Ni siquiera cuando murió mi abuelo
entendí que es mucho peor el otro tipo de muerte.
Las sentencias en vida.
He alimentado a un rencor que en realidad no existe.
Sueño a menudo que volvemos a sonreír
juntas.
Que no te has ido, aunque sigues aquí.
Que nunca te sentí tan cerca como cuando nos distanciaron
miles de kilómetros
y tú aprendías a emborracharte en otra lengua
mientras yo lo hacía a convivir con
nuestros recuerdos.
Si te soy sincera
ahora soy incapaz de mirar al pasado
y ver siquiera una mínima imperfección.
Me doy cuenta de que es posible
que yo solo fuera uno de esos prólogos
que dejan buen sabor de boca
pero nada que ver con el resto.
El resto del libro de todas las personas
que desaparecieron sin más
solo espero que sea muchísimo mejor
que yo. Se lo merecen.

Por las dudas,
porque me atrapan en bucles de veinticuatro horas
y no tengo forma,
no creo que la haya,
de escapar.
Porque se me olvidó recordarle
a la tinta de aquel post-it azul
que el tiempo también es capaz de destruir
a las personas sanas.

No quiero seguir teniendo esta sensación
de más y más pérdidas en mi camino.
¿Se me acabarán los dedos de las manos?
¿Habrá sido culpa mía todo esto?

Pero ya estás aquí,
te he engendrado
dentro de una canción que va
a cámara lenta.
Esto era todo lo que tenía que decirle
a un pasado que vino demasiado pronto,
sin avisar.

Seguiré soñando
que apareces para darme una explicación
y cuando despierte,
algún día, no sé cuándo,
ya me dará igual.
No seré la misma.
Tampoco nosotras dos.

Y por fin no será extraño,
ni dolerá.
Podré leer mi prólogo sin quedarme a medias.
No tendré ganas de llorar
ni habrá momentos de soledad
en los que lo ocupes todo.

Seré yo sin ti.
Una persona distinta a esta que ahora te escribe,
y ya nada importará
tanto como lo que seremos.

De eso se trata.
Contemplar la majestuosidad de lo finito
con respeto y admiración
sin creernos por un momento
el trascender.

Rompiste tu teoría sobre
una vida cíclica.
Deberías estar orgullosa.
Aquí tienes tu premio.

martes, 24 de febrero de 2015

Historia Universal


La vieron derramarse por mis manos
y nadie la contuvo.
De veces poblaba su cuello
marcando bien el lugar
donde quería deletrear la palabra hogar.
La arrastré por las calles
como si nunca parase de llover
hasta que sus lunares escribieron en mi lengua
la palabra
felicidad.

Tuvimos la suerte de dejar que el tiempo
esperase sentado.
Vinimos de una ciudad
donde el frío se intuía desde agosto
pero justo me pilló viajando
por la curvatura de su espalda,
el sudor del mediodía,
mis manos escribían poesías invisibles
y todo eso.
Atrapé sus gemidos en mi almohada
para cuando estuviera lejos
poder volver a verla.

Menudo animal.
No hizo más que aparecer
y se fueron a la mierda todas
las razones por las que aun seguía
escribiendo a quien no sabía leer.
Encontré en sus líneas,
delicadas, estrechas y delgadas líneas
el silencio contenido en pupilas
de dos por dos,
como las sonrisas.

Empecé a desarrollar un lenguaje
inverso
en el que olvidé cómo entenderme
para captar toda su esencia
y reconocerla a kilómetros de oscuridad
cuando el teléfono sonaba
y todo parecía ir de mal en peor.
Fue cuando ya no hubo nada más que contener.
Mis manos estaban vacías
y de vez en cuando se humedecían
de pornografía e imaginación.

La mujer de la que hablo
se llevó alguna de las cosas que
más me gustaban de la vida.
No estoy triste porque sé que siempre
las traerá de vuelta.
Las cascadas por las que no hacía falta remar,
todo eso de la poesía,
que ya lo he dicho,
cosquillas.
El resto viene solo.

Ahora está en la música,
los colores,
se ha reproducido en cada rincón
de mi habitación.
La amo sencillamente,
como ella se merece.

He simplificado tanto nuestro lenguaje
que solo reconozco sus señas
cuando son espontáneas.
Es fácil entendernos porque
nos dejamos ser de manera automática,
y cuando yo digo gato
ella dice ni hablar
y cuando ella dice nos vamos
yo digo juntas
y así me he convertido en el ser
simple y parsimonioso pero feliz que
soy ahora.

En definitiva,
que es una expresión sin cabida en un poema,
hemos tenido tiempo para acomodarnos,
limarnos,
lastimarnos,
curarnos,
faltarnos y respetarnos
tanto, tanto, tanto
que ya no quiero nada que no sea esto.

Aunque eso signifique
sacrificar ciertas lenguas maternas.
He inventado un nuevo idioma
con el que quiero seguir deletreando
palabras invisibles en los lunares de su cuello
en el que todos los demás lean

P O E S Í A

menos ella.

viernes, 30 de enero de 2015

Aforo limitado

Compró las entradas tarde.
Temía quedarse fuera,
llegar tarde siempre estaba en sus planes.
Se había perdido de camino,
la gente parecía no saber dónde quedaba ese lugar,
ni de quién era el concierto.
Pagó caro dejar todo para el último momento.

Se quejaba en el colegio
de que nadie se preocupara
por su incapacidad para gestionar
el tiempo
y
sus consecuencias.

Un día despertó y tenía barba de diez días.
A la mañana siguiente se encontró una cana,
blanca,
solitaria,
en mitad de la nada.
No tardarían mucho en llegar las demás.

Se quejó también en el instituto
y en la universidad.
Se quejó el día de su boda,
el día que nació su primer hijo,
su segundo hijo,
su divorcio.

No pudo vivir nada de lo que había planeado
en su vida
porque no supo estar de otra manera
que cinco minutos tarde.
Veinte, treinta, días tarde.
Cuatro, seis, años tarde.

Pensaba de camino a casa
“esto lo tendría que haber hecho mucho antes”
volver a casa, por ejemplo,
abrazar a su madre,
dormir a horas razonables,
despedirse de su perro antes de irse a trabajar.

Temía llegar cuando ya no hubiese sitio suficiente.
Llegar y que otro ya ocupase su lugar.
Llegar cuando la fiesta hubiera acabado.

Para cuando dio con el concierto
habían pasado dos horas,
aun así no le dio vergüenza entrar.
De hecho, parecía que lo hubiesen
estado esperando de buena gana.
Justo entró, la música comenzó a sonar.

Estaba solo.
Nadie había ocupado su lugar.
Era extraño:
aforo limitado,
un buen grupo
y nadie en la sala. Solo él.

El tipo que llegaba siempre tarde
también vivía dentro de una metáfora.

No sabía cómo escapar.

Cuando terminó el concierto,
después de sentirse solo y ridículo,
de aplaudir a su grupo favorito
solo en aquella sala,
se fue a casa.

No abrazó a su madre,
no saludó a su perro.


miércoles, 14 de enero de 2015

Aprendizaje caduco

He recuperado un texto antiguo y lo he transformado en esto: 
Puede que nunca sepas qué era eso
del gusano dentro de la manzana,
(puede que la que nunca sepa si
alguna vez fue ese gusano soy yo).

Siempre he sido una persona de costumbres y rituales absurdos. Por alguna razón, arraigada de mi niñez, pasarme horas y horas en el baño de mi casa, se ha convertido en uno de mis más preciados rituales (casi) diarios. Quizás sea bueno aclarar que de pequeña pasaba tanto tiempo recluida en baños por algo tan simple como el estreñimiento (etapa más que superada, por cierto).
El hecho de pasar tantas horas en el baño de mis abuelos hizo, entre otras cosas, que me fijara en que uno de los azulejos que decoraba las paredes estaba del revés. Desde entonces, fui incapaz de fijarme en ningún otro azulejo. Dejé de ver a todos los demás. Los que sí estaban bien colocados, los obvié concentrando toda mi atención en ese único e insignificante azulejo puesto en el sentido contrario al resto. Ahora solo podía pensar en el momento exacto en el que alguien, en algún momento, lo puso ahí erróneamente sin darse cuenta de que para una persona, muchos años después, se convertiría en algo tan insignificantemente relevante. Alguien había construido en mi cerebro un recuerdo para siempre.
Pasa lo mismo cuando te encuentras un gusano dentro de una manzana, ya sea por un mordisco, o al cortarla con un cuchillo, esa sensación de descubrimiento, de sorpresa es difícil de reemplazar.

-Y cuando digo gusano en manzana quiero decir también, mosca en sopa, pelo en lengua, mosquitos en ensalada-.

La cuestión es que las próximas veces, las siguientes manzanas que te comas, serán miradas con precaución, con cautela, con detenimiento y aunque encontrarse un gusano en una manzana siempre es todo un descubrimiento, todos los demás no serán más que el reflejo, la repetición del primero.
Se trata igualmente de construcciones mnésicas, idénticas arquitectónicamente hablando, pero diferenciadas en su pomposidad, volumen, color y consistencia.
Lo que quiero decir es que, ya sea un gusano en una manzana o un azulejo mal puesto en un baño cualquiera, esto nos sorprenderá como la primera vez. Como si no hubiera habido primera vez, pero inevitablemente, nos llevará al ejercicio mental e involuntario de recordar el momento justo en el que el primer descubrimiento construyó en nuestro cerebro asco, sorpresa, miedo, o una sonrisa de hemisferio a hemisferio.
Por alguna extraña razón, el ser humano desaprende deliberadamente el significado y la funcionalidad de los errores y las experiencias. Solamente es capaz de detectar ciertos olores vagamente, fotogramas borrosos en tiempo y espacio, todo ese tipo de cosas que avalan que hemos vivido intensamente (o no), y difícilmente se privará de esa sensación: el descubrimiento, la sorpresa, lo maravilloso de poder asignar la exclusividad a un instante, que por desgracia ha sido repetido una y otra vez, no solo en nuestra propia existencia, sino también, en el conjunto infinito de existencias.

Es una forma de aprendizaje caduco, resistente a toda la mierda que viene después del descubrimiento, no sé si me explico.

Quiero decir, somos tontos adrede. Unos hedonistas empedernidos que intentan camuflarse y protegerse de sí mismos, pero que están deseando caer en la trampa. Llámalo manzana podrida, llámalo padecer de estreñimiento o llámalo amor. Cualquiera de las opciones posibles nos harán parecer (y ser) tontos del culo.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.