viernes, 30 de enero de 2015

Aforo limitado

Compró las entradas tarde.
Temía quedarse fuera,
llegar tarde siempre estaba en sus planes.
Se había perdido de camino,
la gente parecía no saber dónde quedaba ese lugar,
ni de quién era el concierto.
Pagó caro dejar todo para el último momento.

Se quejaba en el colegio
de que nadie se preocupara
por su incapacidad para gestionar
el tiempo
y
sus consecuencias.

Un día despertó y tenía barba de diez días.
A la mañana siguiente se encontró una cana,
blanca,
solitaria,
en mitad de la nada.
No tardarían mucho en llegar las demás.

Se quejó también en el instituto
y en la universidad.
Se quejó el día de su boda,
el día que nació su primer hijo,
su segundo hijo,
su divorcio.

No pudo vivir nada de lo que había planeado
en su vida
porque no supo estar de otra manera
que cinco minutos tarde.
Veinte, treinta, días tarde.
Cuatro, seis, años tarde.

Pensaba de camino a casa
“esto lo tendría que haber hecho mucho antes”
volver a casa, por ejemplo,
abrazar a su madre,
dormir a horas razonables,
despedirse de su perro antes de irse a trabajar.

Temía llegar cuando ya no hubiese sitio suficiente.
Llegar y que otro ya ocupase su lugar.
Llegar cuando la fiesta hubiera acabado.

Para cuando dio con el concierto
habían pasado dos horas,
aun así no le dio vergüenza entrar.
De hecho, parecía que lo hubiesen
estado esperando de buena gana.
Justo entró, la música comenzó a sonar.

Estaba solo.
Nadie había ocupado su lugar.
Era extraño:
aforo limitado,
un buen grupo
y nadie en la sala. Solo él.

El tipo que llegaba siempre tarde
también vivía dentro de una metáfora.

No sabía cómo escapar.

Cuando terminó el concierto,
después de sentirse solo y ridículo,
de aplaudir a su grupo favorito
solo en aquella sala,
se fue a casa.

No abrazó a su madre,
no saludó a su perro.


miércoles, 14 de enero de 2015

Aprendizaje caduco

He recuperado un texto antiguo y lo he transformado en esto: 
Puede que nunca sepas qué era eso
del gusano dentro de la manzana,
(puede que la que nunca sepa si
alguna vez fue ese gusano soy yo).

Siempre he sido una persona de costumbres y rituales absurdos. Por alguna razón, arraigada de mi niñez, pasarme horas y horas en el baño de mi casa, se ha convertido en uno de mis más preciados rituales (casi) diarios. Quizás sea bueno aclarar que de pequeña pasaba tanto tiempo recluida en baños por algo tan simple como el estreñimiento (etapa más que superada, por cierto).
El hecho de pasar tantas horas en el baño de mis abuelos hizo, entre otras cosas, que me fijara en que uno de los azulejos que decoraba las paredes estaba del revés. Desde entonces, fui incapaz de fijarme en ningún otro azulejo. Dejé de ver a todos los demás. Los que sí estaban bien colocados, los obvié concentrando toda mi atención en ese único e insignificante azulejo puesto en el sentido contrario al resto. Ahora solo podía pensar en el momento exacto en el que alguien, en algún momento, lo puso ahí erróneamente sin darse cuenta de que para una persona, muchos años después, se convertiría en algo tan insignificantemente relevante. Alguien había construido en mi cerebro un recuerdo para siempre.
Pasa lo mismo cuando te encuentras un gusano dentro de una manzana, ya sea por un mordisco, o al cortarla con un cuchillo, esa sensación de descubrimiento, de sorpresa es difícil de reemplazar.

-Y cuando digo gusano en manzana quiero decir también, mosca en sopa, pelo en lengua, mosquitos en ensalada-.

La cuestión es que las próximas veces, las siguientes manzanas que te comas, serán miradas con precaución, con cautela, con detenimiento y aunque encontrarse un gusano en una manzana siempre es todo un descubrimiento, todos los demás no serán más que el reflejo, la repetición del primero.
Se trata igualmente de construcciones mnésicas, idénticas arquitectónicamente hablando, pero diferenciadas en su pomposidad, volumen, color y consistencia.
Lo que quiero decir es que, ya sea un gusano en una manzana o un azulejo mal puesto en un baño cualquiera, esto nos sorprenderá como la primera vez. Como si no hubiera habido primera vez, pero inevitablemente, nos llevará al ejercicio mental e involuntario de recordar el momento justo en el que el primer descubrimiento construyó en nuestro cerebro asco, sorpresa, miedo, o una sonrisa de hemisferio a hemisferio.
Por alguna extraña razón, el ser humano desaprende deliberadamente el significado y la funcionalidad de los errores y las experiencias. Solamente es capaz de detectar ciertos olores vagamente, fotogramas borrosos en tiempo y espacio, todo ese tipo de cosas que avalan que hemos vivido intensamente (o no), y difícilmente se privará de esa sensación: el descubrimiento, la sorpresa, lo maravilloso de poder asignar la exclusividad a un instante, que por desgracia ha sido repetido una y otra vez, no solo en nuestra propia existencia, sino también, en el conjunto infinito de existencias.

Es una forma de aprendizaje caduco, resistente a toda la mierda que viene después del descubrimiento, no sé si me explico.

Quiero decir, somos tontos adrede. Unos hedonistas empedernidos que intentan camuflarse y protegerse de sí mismos, pero que están deseando caer en la trampa. Llámalo manzana podrida, llámalo padecer de estreñimiento o llámalo amor. Cualquiera de las opciones posibles nos harán parecer (y ser) tontos del culo.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.