martes, 24 de febrero de 2015

Historia Universal


La vieron derramarse por mis manos
y nadie la contuvo.
De veces poblaba su cuello
marcando bien el lugar
donde quería deletrear la palabra hogar.
La arrastré por las calles
como si nunca parase de llover
hasta que sus lunares escribieron en mi lengua
la palabra
felicidad.

Tuvimos la suerte de dejar que el tiempo
esperase sentado.
Vinimos de una ciudad
donde el frío se intuía desde agosto
pero justo me pilló viajando
por la curvatura de su espalda,
el sudor del mediodía,
mis manos escribían poesías invisibles
y todo eso.
Atrapé sus gemidos en mi almohada
para cuando estuviera lejos
poder volver a verla.

Menudo animal.
No hizo más que aparecer
y se fueron a la mierda todas
las razones por las que aun seguía
escribiendo a quien no sabía leer.
Encontré en sus líneas,
delicadas, estrechas y delgadas líneas
el silencio contenido en pupilas
de dos por dos,
como las sonrisas.

Empecé a desarrollar un lenguaje
inverso
en el que olvidé cómo entenderme
para captar toda su esencia
y reconocerla a kilómetros de oscuridad
cuando el teléfono sonaba
y todo parecía ir de mal en peor.
Fue cuando ya no hubo nada más que contener.
Mis manos estaban vacías
y de vez en cuando se humedecían
de pornografía e imaginación.

La mujer de la que hablo
se llevó alguna de las cosas que
más me gustaban de la vida.
No estoy triste porque sé que siempre
las traerá de vuelta.
Las cascadas por las que no hacía falta remar,
todo eso de la poesía,
que ya lo he dicho,
cosquillas.
El resto viene solo.

Ahora está en la música,
los colores,
se ha reproducido en cada rincón
de mi habitación.
La amo sencillamente,
como ella se merece.

He simplificado tanto nuestro lenguaje
que solo reconozco sus señas
cuando son espontáneas.
Es fácil entendernos porque
nos dejamos ser de manera automática,
y cuando yo digo gato
ella dice ni hablar
y cuando ella dice nos vamos
yo digo juntas
y así me he convertido en el ser
simple y parsimonioso pero feliz que
soy ahora.

En definitiva,
que es una expresión sin cabida en un poema,
hemos tenido tiempo para acomodarnos,
limarnos,
lastimarnos,
curarnos,
faltarnos y respetarnos
tanto, tanto, tanto
que ya no quiero nada que no sea esto.

Aunque eso signifique
sacrificar ciertas lenguas maternas.
He inventado un nuevo idioma
con el que quiero seguir deletreando
palabras invisibles en los lunares de su cuello
en el que todos los demás lean

P O E S Í A

menos ella.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.