domingo, 26 de abril de 2015

Hoy es el 19 de marzo de 2012

Mi abuelo murió hace tres años. Cada vez que fumo me acuerdo de él porque murió por culpa del tabaco. Un año después de que se le diagnosticara cáncer de pulmón, mi abuelo murió mientras dormía en el hospital. Murió mientras yo estaba totalmente convencida de que a la mañana siguiente iríamos a visitarlo. Murió mientras me fumaba un cigarro y pensaba en lo triste que me ponía saber que mi abuelo iba a pasar la noche solo en el hospital. Ninguna noche antes me lo había planteado. Tampoco le di el beneficio de la duda cuando a todo el mundo le molestaba su otra enfermedad. No se lo he contado a nadie pero me avergüenzo de haber sido la nieta que fui con él. Me avergüenzo de haber estudiado una carrera que no me sirvió para absolutamente nada cuando mi abuelo pasaba por sus etapas de manía. No lo entendí cuando preguntaba treinta veces lo mismo, ni cuando lo empezó a escribir todo sin sentido, ni coherencia en cualquier papel. No entendí cuando no paraba de hablar, cuando se enfadaba por cualquier cosa o se exaltaba con la misma facilidad que quizás ahora lo pueda hacer yo. Supongo que desde pequeña empecé a no entender por qué era así, me limité a temerle muchas veces cuando gritaba viendo el fútbol o se peleaba con mi madre, o le reñía a mi abuela.
No siempre era así. Cuando era pequeña, la mayoría de las tardes me las pasaba en casa de mi abuelo y mientras él veía la televisión yo sacaba un cepillo, un peine y la botella de colonia y empezaba a peinarlo. Él se dejaba como si fuera un animal manso y tranquilo. Es gracioso porque quién conoció a mi abuelo sabe que era bastante calvo. Era mi momento de paz con él. Mucho después, cuando comencé a entender a medias sus temblores, su tristeza, su obsesión por Dios y por el orden, era yo quien le cortaba el pelo y lo dejaba guapo. Él siempre me daba un poco de dinero y a mí me daba apuro pero lo aceptaba. Era mi momento de paz con él.
Nunca supe entenderlo y me arrepiento por ello. Me alejaba continuamente, de nuevo, porque no lo entendía. No era capaz de entender que cuando venía a casa a preguntarme por decimoctava vez cómo funcionaba el reproductor de mp3, no era él sino su enfermedad compulsiva. No entendía por qué escuchaba música a todo volumen y la gente empezaba a criticarlo. Es triste tener que defender a tu propio abuelo después de muerto, porque ninguno de los años en la facultad de psicología te sirvieron para comprender que tu abuelo no era él mismo, sino una terrible enfermedad que lo consumía y lo llenaba de tristeza, de miedos, y de una infinita infelicidad que aguantó más de lo que cualquier persona pudiera. A pesar de sufrir maniaco-depresión, o lo que actualmente se conoce como bipolar tipo II, mi abuelo nunca bebió alcohol, ni tomó drogas ni dejó de tomar su medicación. Él solo fumaba. Eso me hace pensar que quizás debajo de la multitud de comportamientos extraños y molestos, existía él mismo, siendo la persona responsable y correcta que creo que fue. A mi abuelo le gustaba aprender y cada vez que oía algo que no entendía, cogía su enciclopedia y lo buscaba. Tenía una caligrafía perfecta y por eso fue él quien escribió las invitaciones para mi comunión. Cuando era feliz, lo era muy fuerte, y sonreía de oreja a oreja. En realidad, y gracias al paso del tiempo, me he dado cuenta de que me parezco más a él de lo que la gente cree. Y que pasé mucho más ratos agradables con él de lo que pensé en su funeral. Sentía que no había pasado el tiempo suficiente con él. Que no lo quería tanto como debiera, pero ahora estoy segura de que me equivocaba.
Cuando era pequeña siempre cenábamos juntos. A él le gustaba comerse los aguacates con sal y a mí con azúcar, así que partía uno a la mitad y lo compartía conmigo.
Inevitablemente, pensar en mí es pensar en mi abuelo. Cada vez que fumo, lo recuerdo. “Tengo que dejarlo”, pero nunca lo hago, como tampoco lo quise entender cuando su enfermedad hacía que me alejara de él. Ahora me arrepiento de no haberlo abrazado lo suficiente. De veras que yo estaba totalmente convencida de que el 19 de marzo, por la mañana, lo abrazaría en su habitación del hospital.
A mi abuelo se le paró el corazón mientras dormía. El cáncer de pulmón se había extendido tanto que ya empezaba a tener problemas para respirar y el tumor hacía presión contra el corazón.
Fui tan desconsiderada con él, que ni siquiera fui capaz de controlar mi mal genio en la mesa mientras comíamos, y supongo que lo último que mi abuelo debió pensar de mí es que era una cría malcriada, irrespetuosa e intransigente. Pero es que en ese momento no solo no lo comprendía a él, sino que tampoco me encontraba a mí misma. Me hubiera gustado haberme despedido de él. Abrazarlo y sentir que volvía a ser la niña que lo peinaba por las tardes mientras él veía la televisión, o la que compartía aguacates en la cena. Mi abuelo se fue y yo no le dije ni una sola vez que lo quería.
Supongo que por esa misma razón ahora procuro hacérselo saber a mis otros abuelos. Cada día los achucho, mordisqueo, besuqueo y abrazo hasta que acaban hartos de mí. Les digo lo mucho que los quiero y todos los años que quiero que vivan (para siempre). Les abrazo porque de alguna manera siento que también abrazo a mi abuelo, que se murió y me partió el corazón. Por enseñarme todo lo que sé, ahora que no está. Con su sonrisa de oreja a oreja, sus estornudos que daban miedo porque hacía mover a toda la casa, su curiosidad por las cosas que no sabía y quería entender. Porque lo echo de menos y nadie lo sabe. Porque no lloré cuando todo el mundo lo hizo, y guardé cada trozo de tristeza como si fuera un tesoro. Porque soy igual de triste que él. Porque siento que no hay muchas personas que me entiendan como le pasaba a él.

Me alejé de la persona a la que más me parezco y ahora me siento tan, tan cerca, que sé que no murió del todo. Por eso sigue siendo 19 de marzo, y yo me estoy preparando para bajar al hospital a abrazarlo tan fuerte que la muerte no va a poder llevárselo todavía.

jueves, 23 de abril de 2015

Montaña 13/4.


A esta montaña de palabras
la puedes llamar
salvaje,
sumisa,
o
revolución.

Puedes masticarla, tragarla,
escupirla, observarla, saborearla
o abandonarla.

A esta montaña que soy yo,
llena de ruido y tormentas de viento.
Donde habitan por igual osos e indios.
Esta que no reconoce los mares
que ha surcado,
que recompuso sus extremidades
perdidas en abordajes,
y guerras.
Esta que nunca fue soldado,
que jamás encontró una causa justa
por la que luchar codo con codo.
Esta montaña egoísta que
quisiera estar sola,
parar el bombardeo de voces,
ver más allá
del más allá.
Reconquistar las aristas brillantes
de magia
y deslumbrar.

A esta montaña triste
de palabras que no significan
nada.
A la que le absorbe el nihilismo
y tiene miedo de ella misma.
Qué nuevos pensamientos traerá hoy
la ansiedad que la perturba.

La montaña que construyó
con sudor y lágrimas,
por la que escaló para después
reconocer el precipicio por el que
siempre estuvo dispuesta a saltar.
La que repite que no fue la piel,
ni el amor.
La que sabe que detrás de tantos kilómetros,
la gente, las calles,
y las otras montañas también,
existe y puede crecer,
convertirse en volcán,
dar miedo, crear vida,
hacer respirar un bosque entero,
desmenuzarse en el tiempo,
ser tierra, arena, desierto.
Esta que amontona palabras
ahora,
de vez en cuando.
La que tiene miedo a terminarse,
quedarse muda
y no dejar nunca más que el viento silbe
en ella.

La de los osos y los indios.
No muere. Sigue siento materia.


El resto te lo puedes imaginar.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.