miércoles, 13 de mayo de 2015

El amor no es ciego.

Estaba tendiendo la ropa,
sus diminutos calcetines junto a mis
pies de gigante,
en sus pantalones no me cabe ni media pierna,
mis camisetas son trajes de playa
para ella,
mis bragas paracaídas.
¿Qué hace una cosa tan pequeña y delicada
al lado de una bruta y desgarbada gigante como yo?
Parte de mi incredulidad
viene dada por ciertas diferencias en las dimensiones.
Ella dice que está gorda y yo me río
apoyando la cabeza en su vientre plano.
Miro mi gordura sin pena ni gloria,
siempre pensando que en algún momento
se dará el milagro
sin sufrimiento
de verme tan guapa como yo la veo a ella.
Sin embargo ella se ve fea y desearía otros brazos,
otra barriga,
otras tetas,
e incluso
otra piel.
Pienso que si cambiase todo eso
igual la sigo queriendo, pero no sería lo mismo.
Ese complejo, esa inseguridad
de no verse ni un cuarto de guapa de lo que la veo yo,
me sorprende.
Quizás sea porque la amo mucho,
o porque estoy profundamente enamorada de ella,
pero es que ya pensaba así antes de conocerla como lo hago ahora.
¿Me enamoré desde tan pronto o quizás tenga razón
cuando digo que es la mujer más guapa del mundo entero?
Y conozco sus defectos,
me los sé de memoria
y supongo que el que me encanten sí que tiene que ver con

estar locamente enamorada.

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