miércoles, 8 de julio de 2015

La vie en verte.


No me gusta decirle que es el amor de mi vida
porque no sería justo y tampoco lo merece,
aunque a menudo lo pienso.
Todo el rato, de hecho.
Voy en contra de mí misma por razones obvias:
ella es diferente.
Sabe que la amo,
pero prefiere hacerse la loca.
Me pide que le explique lo mucho que me gusta,
las razones y todo eso,
como si no las hubiera escuchado nunca.
Después de mantenerme a raya,
casi todo el tiempo,
me dice que huelo a bebé dormidito,
y que me quiere mucho,
y claro, yo no sé muy bien dónde meterme,
aunque siempre encuentro el lugar perfecto.
En su pecho tiene dibujado un triángulo
de lunares en el que creo que he acampado
millones de noches,
si me preguntaran qué veo desde ahí,
fácil: el firmamento de su boca.

Sé que cuando lea este poema
mirará a un lado y sonreirá
como una niña pequeña,
ella sabe de lo que le hablo,
por eso me gusta tanto.
Me alegro de haberla conocido.
Me pregunto qué hubiera sido de mí
si no lo hubiera intentado,
aunque ni siquiera recuerde cómo pasó,
ya estaba ahí y sabía que no me iba a ir
por mucho que me lo pidiera.
A su lado puedo sentirme un bebé pequeño,
una persona adulta,
y a veces, hasta una adolescente estúpida y repelente.

Verla llorar es como observar una aurora boreal,
se deja ser completamente y
da la sensación de que entenderla
es mucho más fácil.
Sé que tiene un baúl custodiado por
perros de tres cabezas, bestias y monstruos
donde se guarda a sí misma con celo
y lealtad.
No es fácil, muchas veces,
tampoco pretendo que lo sea,
de hecho, adoro su complejidad,
que me obligue a esforzarme cada día,
que no se conforme con esto,
que lo quiera todo, porque lo merecemos.

No me gusta cuando hace amago de tirar la toalla,
es bastante tozuda y cuesta hacerla cambiar
de parecer,
pero si lo consigues
sabes que no dudará ni un segundo
de su decisión.
Siente pasión por lo que hace,
por cada cosa que hace,
y lo sé por esas pequeñas
inseguridades diarias que la persiguen.
La he visto crecer entre mis brazos
y eso me gusta,
creo que yo también he crecido,
pero por toda su piel.

Cuando la conocí
me preguntaba por las noches,
mientras ella dormía,
si aquello era real,
y cómo podía haberlo conseguido,
La Chica de Oro dormía todas las noches conmigo.
Después de todo,
de saberla en todas sus versiones,
aun sigo sin creérmelo.

No sé si es el amor de mi vida,
eso nunca se sabe,
pero me gustaría que lo fuera.
Que no tuviera que nombrarla nunca en pasado,
que fuera la más importante,
la única que ha batido récords conmigo.
No lo sé.
Da miedo plantearse esas cosas,
todo cambia en un segundo,
como cuando estamos tristes
y consigo hacerla sonreír.
La vida se vuelve verde de nuevo
y me empacho a tarta de queso con arándanos
el resto de la noche.
Ella sabe de lo que hablo,
por eso me gusta tanto.

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