jueves, 17 de septiembre de 2015

Ciclogénesis explosiva.


Los truenos aquí son gente moviendo
sillones en el piso de arriba.
El basurero arrastrando los contenedores
de la comunidad a las tres de la madrugada.
No creo en los truenos de aquí
porque apenas se ven rayos,
y sin luz,
puede que todo sea mentira.
Los vecinos de arriba moviendo
muebles
o
quizás
las cuatro patas de nuestra cama
chillando de dolor
cada vez que decidimos
pasárnoslo bien.
Los truenos son todas las faltas de respeto
que la gente de esta ciudad
hace sin darse cuenta, ni permiso.
El tiempo que se asfixia
bajando escaleras mecánicas,
el tiempo que llegará al metro
de dentro de dos minutos,
pero nunca a este que debió coger
ahora mismo.
Los truenos son el frío que llega sin llegar,
la gente que se abriga por no mojarse
y luego pasa calor,
o ponerse el pijama veinte veces al día.

Necesito dejar claro de alguna manera
que todo aquí suele asustarme
porque todo aquí suele parecerse a una tormenta
que no llega.
Nunca llega, a decir verdad.
Me gusta mi madriguera,
por ahora es acogedora,
calentita y llena de nuevas recetas
inexploradas.
Cada día oigo entre cien y mil truenos
que no lo son
pero lo parecen.
A veces las voces de los niños del parque,
las conversaciones sobre la independencia catalana
a las cinco de la mañana bajo mi balcón,
o saber que hay alguien en casa,
conmigo,
llega a convertirse en esos rayos,
que tampoco existen y que también son de mentira
pero son capaces de iluminar
el pasillo de casa durante un instante,
como las luces de los coches
que dan vueltas en mi habitación
cada noche

como tú.

El problema es de todos estos ladrillos
y todas estas luces
y todos estos problemas.
La gente de otros países que habla alto,
altísimo
o
bajo,
bajísimo.
Las comidas, los ingredientes,
las culturas se comparan en los estómagos
de las personas.
La cultura es mi calle y todas las demás.
Vivo enfadada por gente que no deja paso,
gente que ocupa toda la acera o
gente que no respeta los pasos de peatones.
Pero soy feliz.
Bastante feliz, de hecho.
A pesar de los truenos,
los rayos,
la lluvia
y lo duro que es comer
viviendo la quincena
como si fuera siempre final de mes.

Lo cierto es que no sé si me acostumbraré
a una ciudad tan ruidosa;
muchas veces me lo pregunto,
otras, simplemente, me asusto.

¿Qué se puede esperar de un
animalucho como yo?

Suerte tenerte junto a mí
para explicarme las cosas que no entiendo
ni entenderé.
De tu pecho de tierra
donde siento que respirar
se convierte en la calma
después de cada tormenta.

Siento haberte escupido risa a la cara,
quiero decir,
muchos de los truenos diarios
suelen ser culpa tuya.
A veces me asustas a carcajadas
y luego tengo que arreglar el desastre
que supone
liberar semejante ciclogénesisexplosiva
en un cuarto tan pequeñito



como tú.

miércoles, 2 de septiembre de 2015

Me voy.


Sé que es una tontería, pero estoy nerviosa; bastante, de hecho. Esta vez no me voy de vacaciones, no viviré de prestado, ni habitaré en los sillones de los salones de mis amigos. No tengo billete de vuelta. Tampoco es un drama, es lo que he querido desde antes de acabar el colegio. Estoy justo donde quería estar y no sé qué o cómo me siento. Es raro. Mi mamá, mi papá, mis abuelos, mis hermanos, mis gatas, mi familia, mis amigos. Llevo una semana atrapando momentos y lugares porque me da la impresión de que al lugar al que voy, me harán mucha, mucha falta. Tengo la esperanza de que algunas cosas cambien. Yo, por ejemplo. Me gustaría volver a escribir. Ahora que seré pobre, espero adelgazar y con suerte pillar algún curro con el que poder pagarme esa comida que no debería comer si quiero adelgazar.
Adiós a las comodidades, a que mamá me lleve a todos sitios en coche, a tener la nevera y la mesa llena por arte de magia, a los sábados en casa de abuela, y los domingos sopa y lo que surja. Adiós a salir a la calle en pijama y de cualquier manera. Adiós a las relaciones a distancia, a contar los días, al tiempo muerto, improductivo, a ver la tele todas las noches con mami, a discutir en la mesa, adiós a estar a salvo.
Sigo sin saber muy bien cómo me siento. Es una mezcla de miedo, ganas, muchas ganas, alegría, tristeza, nostalgia y yo qué sé. Que espero que salga todo muy bien, o como tenga que salir pero que sobre todo me ayude a aprender todo lo que aun no sé.
No me tomo esta aventura como una despedida porque sé que volveré, pero no puedo evitar pensar que sin mi rutina diaria, la gente sigue haciendo sus vidas, las gatas siguen lamiéndose compulsivamente, el sol saldrá si le da la gana, la gente seguirá yendo a la playa, mientras, paradojas de la vida, yo echaré de menos eso que tanto detesto.
Ahora mismo, lo que realmente me preocupa es cómo pasar las maletas por el metro sin ponerme nerviosa ni armarla al meter el ticket, porque esas puertecitas son enanas y yo muy torpe. Y ya no hay mami que valga, I'm “alone”, but soooo happy.

En definitiva, que echaré de menos muchas cosas, incluso las que ahora detesto, pero tengo muchas ganas de comprobar mi nivel de utilidad o inutilidad.
Lo único que espero es que me vengan a visitar. Quiero devolver a mis amigos todas esas noches en las que me dejaron dormir en sus camas o sillones.
Y a mis compañeros de aventura, yo qué sé... que la fuerza nos acompañe, porque la vamos a necesitar. Que no me he hecho mayor de golpe por irme a estudiar fuera, pero sí por haber aprendido, por fin, a beber con moderación. Y que espero que este año que entra, le de mil vueltas a este que por fin se va.


Ala, me voy.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.