lunes, 9 de noviembre de 2015

Olor calmante.


Enjuago mis tripas como si fueran
los paños sucios de la cocina,
todo va bien desde que estoy aquí
aunque no pueda parar.
Me despierta con una sonrisa,
sigo sin poder parar.
La cadena alimenticia en los túneles,
la velocidad,
los intestinos de una ciudad,
el olor de las personas que no son ella,
me da la mano,
he encontrado un calmante en su olor.
Dejo que me diga lo que quiera,
no me voy a enfadar si soy feliz.
No sé que haría sin ella
en estos cincuenta años que nos quedan
todavía
y
menos mal.
Quería escribir sobre mi fobia social
pero no me deja.
Para todo lo que estoy haciendo
y se sienta sobre mí.
Estoy cansada de repetir,
cansada de subir y bajar escaleras
que no me dejan respirar,
hay un imán detrás de cada acción.

No le gusta los animales,
y todo se andará: conseguí lo imposible.

Dijo que debía salir más de casa,
nos duelen los huesos,
hace música al crujir,
la amo tanto en cada ausencia,
que no tengo miedo.
Veo su cerebro dentro de sus ojos,
entiendo lo que me dice
por todo aquello del lenguaje que inventamos.
Y eso que yo no tenía ni puta idea,
la de cosas que he tenido que cambiar
sin darme cuenta,
sacrifico esto porque ya no puedo hablar
de lo mal que me siento dentro de colas interminables,
dentro de metros y trenes que huelen mal,
es capaz de compensar cualquier tragedia diaria,
me he quemado cien veces cocinando,
hace frío pero estoy sudando,
el silencio y la incertidumbre me siguen taladrando,
pero
oigo la puerta abrirse
y comienzo a salivar.

Me ha salvado,
aunque yo siga queriendo ahogarme.

Vivo el sueño.
Ahora todo va bien
y no puedo parar.
Tampoco quiero saber cuál será
la próxima parada.

Me entretengo en sus piernas.
No concibo mundo más allá.
No puedo hacerlo
pero sé que ella sí que lo hará.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.