jueves, 8 de diciembre de 2016

Quiero volver.

El vaso que cae,
reguero de verde,
hoy quiero el agua por los tobillos,
me transporto de recuerdo en recuerdo
sobre las cabezas
y los cuerpos de la gente
con la que no comparto más
que la condición de ser humanos.

El vaso que cae
llena la mesa de lapsus.
Cuando no pienso en nada
estoy viajando con los ojos
hacia dentro
por encima de Anaga.
Sobrevolando la casa de mi abuela
y la universidad
y aterrizando entre la niebla y el abrazo
de mis padres.

De regreso a casa,
las curvas de la carretera,
siento no estar aquí,
vivo a medio camino
del olor a café y las fotografías de mi pared.
A la gente que nunca volveré a tener
conmigo,
a los que siempre estarán
pase
lo que
pase.

Cómo será el hueco vacío
en la mesa de mi casa,
cuánto piensa la gente,
cómo será echar de menos
a alguien que llena un vaso,
lo coloca al borde de la mesa,
lo tira

y se niega a recogerlo,
hasta que ese lapsus matutino
acabe, y se suba al avión de vuelta
a la realidad,
de estar lejos
y no poder tener un segundo de tristeza,
de vivir, vivir, vivir,
sabiendo que hay cosas,
momentos,
arrugas que no verá nacer nunca más.

El vaso que cae
está vacío.
Lloro por la sangre de mi sangre,
por un olor que compartimos
y que nadie más reconoce,
por el clan de lobos
indestructibles
que somos.
En mitad del bosque.

En mitad del sueño.

En mitad del planeta,
aunque tampoco estemos tan lejos,
siento que esa isla atrapa,
sigue siendo mi cárcel
para bien o para mal.
La historia del reo que llevaba tanto
tiempo
tantas historias,
dentro
que no sabe continuar fuera,
otro tiempo y otras historias.

Quizás solo fue el refugio,
la madriguera.
Campamento base de tantos indios
desorientados.

Me quedo en ese instante de paz,
en mitad de esta ciudad,
en la que mis ojos se dan vuelta,
imagino la sensación del sol en la piel,
pasear por la calle,
el vaso comienza a caer,
no hay vuelta atrás.

Sigo aquí.
Y quiero volver.

Siempre volver.

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