martes, 31 de enero de 2017

Desastres naturales.


Tú y yo que hemos luchado contra titanes. Que derribamos murallas y construimos muchos más muros infranqueables de los que hubiéramos deseado. Tú que has conocido el infierno como yo pero te quedaste a saborear el dulce placer del azufre en tus heridas, el fuego lento fraguando desastres. Esos que solo tú has visto, esos que solo yo atisbé como tierra a lo lejos en mi barco pirata. Que los años que pasamos recluidos, alejándonos, matándonos como semidioses ¿pero qué coño nos creíamos?. Tú y yo que salimos del mismo lugar, que habitamos las mismas tripas, que hemos sido protegidos por el ala divina de todo eso que nos compone y complementa.
Tú que siempre fuiste mi fin último, que fuiste mi decepción y mi orgullo al mismo tiempo, y a ver cómo te comes eso. Tú que me has querido a tu manera distante, fría y dolorosa, yo que solo quise la aprobación de aquel a quien admiraba. El único hombre capaz de romper mi corazón en pedazos. El niño tierno y lloroso, el cabroncete insoportable, el medio genio medio artista, el único con derecho a decirme lo que los demás niños del patio no.
Admito que durante mucho tiempo solo tuve guardado para ti odio al que fuiste más que indiferente. Ahora me parece todo muy lejano pero igual de doloroso. Sangre de mi sangre, tenemos que salir de esta sí o sí. Permíteme que abra esta primera puerta, entra y dime si recuerdas el hueco entre estas dos piedras gigantes, el sonido y el olor del mar, la arena blanca, mamá y papá. Hay otra puerta, pasa y siéntate en el jardín de los abuelos, juguemos un rato con la tierra, no dejes que los años borren lo mucho que nos quisimos, porque a ti no te quedaba más remedio, y porque tú eras todo mi puto mundo. Abre la puerta de los gritos, las peleas, los puñetazos, las patadas y hazme el favor de cerrarla tan fuerte que consigas romper cada astilla maldita, haz añicos el pomo, la cerradura, no dejes a nadie entrar en la parte oscura de nuestros corazones. Me da vergüenza.
Abre una puerta al azar e intenta cambiar las cosas, ven a verme, cuéntame. Yo te diré que la culpa no siempre fue tuya. Cuánto me costó deshacerme de la tonta idea de ser como tú. Cuánta envidia albergaba mi corazón. Cuánta culpa te hice arrastrar de más. Reconocer esto me ha llevado tantos años que siento que nos hemos perdido en la vida.
Ahora solo quiero abrazarte. La idea que tengo de ti se acurruca lejos de iras y odios, rabias e indiferencias. Se acurruca como el niño sensible al que puteé más de una vez, al niño sensible que pasó tanto tiempo dentro de sí que ha sido engullido por todos sus demonios.
Pero es que es difícil esto. Habría sido una hermana de puta madre si lo hubiera sabido. Si lo hubiéramos sabido. Pero el niño que lloraba desconsolado por ver animales abandonados se esfumó antes del primer parpadeo. Cerramos todas las puertas de golpe. Cómo iban a coexistir dos desastres naturales de nuestra calaña en armonía y plenitud.
A imagen y semejanza, tan diferentes que parece mentira, tan iguales que da miedo. Cuando quiero encontrarte me río y esa sensación extraña de no estar conectados, pero tener los mismos interruptores encendidos al mismo tiempo que asusta.
Qué ha pasado con nosotros, ahora que nunca es tarde, ahora que es mejor ver solo la parte buena de las cosas. Qué pasó con nosotros. 
Qué nos pasó.
Cómo pudieron nuestros egos ganar la batalla al amor y la alegría. Cuánta amargura y oscuridad entre una pared y otra y no hicimos absolutamente nada. La de secretos que ambos guardamos, porque es difícil explicar cómo llegamos hasta el punto de conocer tan profundamente la mierda del uno y del otro. Cómo llegamos buceando hasta ahí. Cuántas cosas nos quedan por saber y aun así pensar que de otra manera no iba a ser. Sangre de mi sangre. Abre la puerta que acabamos de construir, te dejo un juego de llaves, entra cuando quieras. O mejor, no la cierres nunca.



Ruvia querrá quedarse esta noche contigo. Qué remedio.

.Tienes el mundo en la palma de la mano y la poesía en los pulmones.