domingo, 26 de marzo de 2017

Para Tía Lola


Le dije “sé que todo me va a salir bien, tengo esa seguridad innata, porque por alguna razón siento que ella está conmigo, protegiéndome, sea cual sea el camino que decida escoger”.

Sé que está conmigo porque aparece en sueños para conversar de tonterías, o tomar el sol, o abrazarme porque sabe que despertaré de un momento a otro, porque sabe que no pude hacerlo aquella vez. Hay personas que tienen tal cantidad de magia en sus entrañas, que consiguen quedarse aquí a pesar de la muerte y sus vicisitudes. No la puedo ver y no la puedo tocar y eso es algo que me consume y me entristece profundamente. Nunca más ella aquí y si le cuento algo sé que no obtendré respuesta. Pero de alguna manera sé que está dentro de mí, dando vueltas por cada circunvolución de mi cerebro y puedo sentirlo, en la manera que veo la vida, en la manera en la que enfoco mi vida. Que lo que me lleva a ser cada vez mejor, es sin ir más lejos, llegar a ser un poco como ella.
No me siento en disposición de describir cómo era, porque siento que cuando se fue yo era aun muy pequeña; siento que me quedaron muchas cosas que contarle, que me dijera, ¿qué pasaría si un día, tocase mi puerta y nos tomásemos un café (el de ella amargo), y charlásemos? ¿qué le diría? ¿qué me diría?. Siento que no tengo derecho a echarla de menos porque tampoco viví tantas cosas con ella como los demás, ni entendía muy bien el idioma de los adultos, ni ella me veía como tal. No tengo fotos, no tengo cartas, solo conservo un correo electrónico, lleno de faltas de ortografía por mi parte, donde no le decía nada importante. Si tuviera la oportunidad ahora mismo, daría cualquier cosa, lo juro, por poder enviarle otro correo electrónico; probablemente estaría tan nerviosa que acabaría diciéndole cosas igual de banales, regresaría a la edad en la que no tenía nada importante que decirle, excepto que estoy harta de las clases, que me aburren, que a ver cuándo vuelve y probablemente, siendo consciente de que ella lo leerá pero las circunstancias no habrán cambiado, que la quiero, que la echo de menos y que sé que no es justo hacerla sentir mal por no estar aquí conmigo.
¿Qué hubiera pasado, Tía, si hubieras estado conmigo cuando mi corazón naufragaba entre dudas y certezas? ¿Qué me hubieras dicho? Qué sería de mí si hubieras sido mi guía, la persona a la que acudir cuando necesitas que te digan que lo estás haciendo bien, que lo estás haciendo mal, que lo estás haciendo y eso es lo importante. Si te hubieras quedado serías “mi persona” y siento que me faltó un poquito nada más para que eso ocurriese.
¿Por qué después de tanto tiempo sigo pensando en ti? ¿Qué heridas no conseguí cerrar en su momento? ¿Y por qué era tan pequeña para despedirme de ti pero no para sentir tanta tristeza?.

Me imagino que entre el mundo en el que estás tú y en el que vivo yo debe haber un espacio intermedio, por el que puedes hacer trampa y colarte entre mis sueños. Lo sé porque son los sueños más reales de todos, y siento que me sujeto a ti cuando me abrazas y que hablamos de cosas importantes porque puedo oír tus palabras encapsuladas en esa voz tuya, de la que casi no me acuerdo, pero casi sí. Sé que haces trampa porque toco la cicatriz de tu pecho y es real, y veo tu sonrisa y las arrugas que aparecen en tus ojos y son tal cual tú eres. Porque en este mundo mío, donde nos encontramos a veces, tú nunca podrías escribirte en pasado.
Veo todo lo que creaste y es imposible no sentir admiración, de mayor quiero ser como tú y eso es algo que no le había dicho a nadie. Conozca la gente que conozca, no hay nadie que me recuerde a ti, nadie que se te parezca. Y eso es bueno y es malo. Bueno, porque no hay nadie como tú en este mundo lleno de tanta gente; y malo porque cada vez tus recuerdos se alejan más y más en mi memoria. Querría sentarme con mi madre y que me contase anécdotas. Que me hablasen de ti. Que te trajesen de vuelta, pero no tristemente como suele pasar. Siento que lo que tengo de ti son esbozos, dibujos de sitios, de historias, imágenes estáticas, pequeños segundos en movimiento, el color de la luz del sol mientras barrías las hojas del patio. Tus dientes. Tus manos.
La sensación es la de haberme quedado a medias. Quería conocerte mejor y que me conocieras hasta cuando yo no tenía ni idea de quién era. Que me dieras consejos, que me prestaras libros, que me enseñaras a ser como tú. Pero te fuiste. Te fuiste tan rápido, tan invisible e inconscientemente, que no quedó rastro; que todo esto lo tuve que aprender sola. Como la primera vez que te lloré, meses después de que te fueras, y entendí que cada uno tiene sus tiempos y que eso no es malo ni bueno, ¿qué me hubieras dicho tú?.
Te fuiste y siento que te llevaste el brillo en los ojos de todos nosotros. Todo empezó a derrumbarse, yo me hacía mayor, la gente hizo sus vidas, ¿y dónde estabas tú para juntarnos de nuevo? La calle entristeció. Apareciste en el primer sueño después de mucho tiempo intentando no olvidarte, cuando por fin fui capaz de ver tus fotos, de no tener miedo a sentirme triste, y me diste el mejor abrazo de mi vida. Me diste sin yo saberlo, el mejor regalo: la capacidad de transmitir todo en una abrazo, hacer sentir a la gente que nada iba a pasar, que todo estaba bien.
En el último sueño, hace menos de una semana, me hablaste de tonterías y me dijiste “hasta en eso te pareces a mí” y entendí que voy por buen camino.

Gracias por hacer trampas, Tía. Gracias por acordarte de mí, por venir de vez en cuando, por mecer a esta niña de doce años que te llora, por enseñarme aun después de irte, que hay tantas cosas que aprender, tantas que enseñar.

“Las clases bien, Madrid a veces me mata y otras me da la vida. Tengo ganas de que vuelvas, porque te echo de menos y porque te quiero. Te quiero mucho.”

(Tanto que duele).

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