Una constante en esta ciudad, últimamente, son los gatos.
No es un dato esclarecedor, pero es un dato interesante.
Soy una persona sumamente indecisa. Partiendo de esta base,
cuesta creer que pueda tener un color, un animal o una estación del año
favorita y lo cierto es que no me decanto por nada en especial, aunque a simple
vista pudiera parecer que sí.
Así pues, digamos que me llaman la atención unas cosas más
que otras, que tengo escalas de prioridad pero que nunca desecho nada que sea mínimamente
bonito o interesante.
Por eso mi color favorito no es el verde, ni mi animal
preferido los gatos, ni siquiera, el verano es mi estación del año predilecta. Es
solo una forma de elegir algo que me hace bien. El verde me transmite
tranquilidad, los gatos amor y el verano calor.
Me pasa algo parecido con las mujeres, solo que al revés. Es
curioso como la inestabilidad emocional y la falta de respuestas a ciertas
preguntas me llaman tanto la atención. La incertidumbre y la inestabilidad no
son cosas que le hagan bien a nadie y sin embargo es lo que busco. O lo que
encuentro. No sé.
Esta noche caminaba por donde siempre. Me despedí de un
amigo, sería la una y media de la madrugada y yo debería haber ido en dirección
al aparcamiento, donde estaba mi moto, pero no lo hice. Tenía música, tenía
ganas de caminar y un millón de cosas que no quería pensar. Así que en vez de
seguir bajando por el Ayuntamiento, me metí a la derecha, por la Carrera y
caminé escuchando la Intro de The xx.
Si de día es bonita, de noche es el doble. Esta ciudad está
llena de gatos y no es algo a lo que muchas personas pongan asunto. Hay una
calle, no sé como se llama, pero sé que es paralela a la calle Carrera (no la
Herradores, claro), que si subes desde la Catedral, en esa misma manzana, como
a la altura de la casa que hace esquina, en una especie de patio abandonado,
hay un millón de gatos callejeros.
Siempre que los veo están peleando y me recuerdan a mí.
El martes, por ejemplo, subiendo por la calle del “chola” me
encontré un gatito negro muy pequeño, pero huyó de mí. Se metió debajo de un
coche y ya no hubo nada que hacer.
Más tarde, siendo ya más miércoles que martes, en el parque
de la Constitución, vi otro, esta vez era un gato adulto, grande, blanco y
negro. Creo que era macho. No me imagino a ninguna gata por ahí viviendo
aventuras. Digamos que es un prejuicio, pero tengo la impresión de que las
gatas son más tranquilas. Más pesadas, más odiosas, más peleonas. Por eso me
gustan. Por eso tengo dos.
El caso es que esta noche he vuelto a ver un gato, esta vez
negro, metiéndose, a la altura de la Princesa, desde la Carrera a la
Herradores. Al caminar por ahí, porque lo vi de lejos, me lo volví a encontrar
pero desapareció rápidamente.
Y es eso.
Un gato nunca sabes cuando va a aparecer, pero algo en mí
cambia cuando lo hace.
Tienen una forma muy peculiar de correr. Lo hacen sin mover
el tronco. Solo sus patas, muy, muy rápido. Tanto que casi no se les
distinguen.
Son sigilosos y siempre están alerta. Cualquier ruido los
saca de la actividad que estén haciendo y parados, se quedan como a la espera. Algo
que extrañamente también me recuerda a mí.
Llevo muchos años paseando por esta ciudad. Nunca la he
sentido como mía pero porque no me siento parte de casi nada y de las pocas
cosas a las que pertenecía ya me quedan muy lejos o no me quedan de ninguna manera.
He de aclarar que el no sentirme parte de ella no significa que no me guste,
pero eso, que llevo muchos años en ella, y ella, de algún modo en mí y nunca me
había dado cuenta de la cantidad de gatos que esconde entre sus entrañas. Se me
ocurre pensar que no sé qué es lo que sentirá teniendo gatos entre las tripas,
pero debe ser algo así como saber que algo se te mueve por dentro y no saber
muy bien el qué. Como me pasa a mí de un tiempo a esta parte.
Siempre me ha desconcertado todo esto.
El no tener claras mis preferencias hacia ciertas cosas. Cosas
triviales. Las importantes ya ni me las cuestiono. Pero si me preguntasen cuál
es mi comida favorita, no podría quedarme con una en concreto, y si me dijesen
cuál ha sido la mejor película que he visto en mi vida, probablemente no sepa
qué decir. ¿Un libro?, esto sí, claro, pero es tan poco oído que ni siquiera tú
lo conocías.
Creo que me gustan muchas cosas y tengo épocas pero nunca
termino de profundizar en ellas. Esto es algo que me ha incomodado desde
siempre. Me siento una persona superficial y nimia. Como que lo que muestro es
lo que hay y listo, no busques más, el resto será palabrería barata. Por eso me
es muy fácil perderme en conversaciones que me quedan grandes.
O es eso, o soy un gato.
Siempre se me ocurre que cuando están quietos, mirando al
infinito, están pensando cosas muy importantes. O quizás sean como yo y solo
piensen en las tres mismas cosas de siempre.
Desde que tengo uso de razón, parte importante de mi
pensamiento lo dedico a pensar en mujeres. Muchas con nombre y gestos, otras
solo puras casualidades.
Y eso pasa con los gatos, creo.
Que cambian a la ciudad pero nadie se da cuenta.
Y quizás si cambiase muchas cosas en muchas personas, pero
nadie se dio cuenta.
Ni siquiera yo.
Lo que quería decir es que no tengo nada favorito en mi
vida, pero al mismo tiempo, sé que prefiero el verde al resto de colores, el
verano al resto de estaciones y los gatos al resto de animales. Es como una
especie de dejarme llevar por lo que las cosas me hagan sentir.
Y es eso.
Que cuando aparece un gato, por esta ciudad de la que no
formo parte, se paran todos mis estados emocionales y sonrío.
Aunque haya tecleado de más y el arrepentimiento me coma los
sesos.
Un gato.
Algo va a cambiar.